marzo 25, 2009

Destilación simple

Pregunta el profesor de química durante el examen oral: ¿Cuál es el proceso de destilación simple? Un voluntario se ofrece a contestar:
―Ah, es muy sencillo. Traza usted una raya en el suelo. La atraviesa, y entonces estará usted de aquel lado. Basta con que la vuelva a atravesar para que esté usted “destilado”.

Coplas

A un coplero jarocho le pusieron el siguiente reto: Hacer una copla de cuatro versos, en la que utilizara la palabra “fonógrafo”. Después de unos segundos, el ingenioso músico y poeta espetó:
―El gran general Rivera,
para celebrar su triunfo,
mandó comprarse un fo...
nógrafo de primera.

Cambio de hábito

Una monja estaba inconforme con su nombre y quería cambiárselo, para lo cual pidió una audiencia con el papa. El representante del papa le explicó que era imposible cambiarse el nombre porque era el nombre era el título bautismal con el cual ella había sido designada hija de Dios.
―Por curiosidad, ¿cuál es si nombre? ―inquirió el representante.
―Rita. Pero en la orden de las Carmelitas soy conocida como sor Rita. Y ya estoy cansada de que me digan “sor Rita”.
Considerando la gravedad del asunto, el representante le informó que daría noticia del caso personalmente al papa, para que decida sobre la situación. No pasa una semana cuando sor Rita reciba una carta en la cual se le informa que el papa ha accedido a hacer la ceremonia del cambio del nombre, pero como ella no eligió su primer nombre, tampoco podrá elegir el nuevo, de modo que en una tómbola se pondrán todos los nombres femeninos del mundo y el papa en persona extraerá estocásticamente su nuevo nombre. Llega el día esperado, y toda la congregación está presente. Se resuelven los asuntos de la orden del día, y el último era el cambio de nombre de sor Rita. El papa inicia la ceremonia, revuelve la tómbola, saca un papel y dice:―Desde ahora usted dejará de ser sor Rita y será conocida por todo el mundo como ―el papa desdobla el papel sorteado, y exclama―: ¡Sor Raimunda!

El tercer deseo

Un ranchero sale a dar un paseo, cabalgando por sus tierras, cuando de pronto se tropieza con la lámpara de Aladino. La frota y sale liberado el genio, quien proclama lo siguiente:
―Por haberme liberado de la maldición de la lámpara, te concederé tres deseos.
―Bueno... caray... quiero que mi hacienda sea toda de oro.
―¡Concedido! Cuando regreses a tu hacienda, la encontrarás hecha de oro.
―Quiero también tener la pinta de Robert Redford en sus mejores tiempos.
―¡Concedido! Cuando vuelvas a tu hacienda y te veas al espejo, reconocerás a Robert Redford.
―Y quiero que mi órgano sexual sea como el de mi corcel.
―¡Concedido! Cuando vuelvas a tu hacienda y te quites los pantalones, verás la transformación.
Regresa entonces el hacendado a todo galope a sus propiedades, y todavía no llega cuando ve que algo refulge en el horizonte: es su hacienda de oro. Entra a su hacienda, corre al baño y al verse en el espejo, se ve idéntico a Robert Redford. Entonces se baja los pantalones y, sorprendido, exclama:―¡Puta madre! ¡Me llevé a la yegua!

Roman Polanksi

Una pareja de edad madura quiere reavivar su relación y decide entrar a un cine para adultos. Como no quieren ser vistos por nadie, llegan veinte minutos antes de la función, entran a la sala completamente vacía y se sientan en una de las primeras filas. Pasa el tiempo, comienza la proyección de la película y todo avanza sin mayores contratiempos, pero en la escena en que el galán desviste a la seductora joven, la pareja de la primera fila comienza a escuchar unos gemidos y jadeos provenientes, no de la pantalla, sino de la sala. Voltean discretamente y ven que los gemidos los emite un hombre retorcido en una de las butacas, varias filas detrás de ellos.
―Sergio ―dice la mujer―, haz algo para que se calle ese degenerado.
―Pero, ¿qué quieres que yo haga, Marta?
―No sé... tú eres hombre, haz algo.
El hombre se levanta y denuncia el hecho con la taquillera, quien se asoma a la sala y ve al sujeto retorcido en la butaca, y gimiendo sin parar.
―Ah, comprendo ―dice la joven―. Le avisaré al gerente.
Transcurre menos de un minuto y el gerente baja.
―Una pareja ―le informa la taquillera― se queja de que un sujeto está emitiendo unos gemidos impropios durante la proyección.
El gerente se asoma a la sala de cine y ve al sujeto.
―Ah... comprendo.
Se acerca cautelosamente al tipo, por detrás, sin ser visto, hasta ubicarse a su lado. El hombre no deja de gemir. El gerente le dice:
―Caballero, ¿podría mostrarme su boleto, por favor?
Sin dejar de gemir un solo instante, el hombre hace una contorsión, libera una de sus manos, la mete en su saco, saca el boleto y se lo muestra al gerente. El gerente examina el boleto, y dice:
―Caballero, pero éste es un boleto de palco.
Sin dejar de gemir, el hombre dice:―Sí... Me caí...

Cherry

Una cereza va por la calle y al doblar la esquina ve unos espejos. Admirada ante la imagen que éstos reproducen, se pregunta:
―¿Cereza yo?

Picasso

Pablo Picasso tenía un discípulo al que no le gustaba el cubismo. Interrogado por el maestro al respecto, el aprendiz argumenta:
―Pues verá, maestro, es que yo creo que el arte debe retratar las cosas como son. En ello consiste la destreza, el desarrollo de la técnica. En imitar la realidad, la naturaleza. Y lo que usted pinta está muy lejos de asemejarse a la realidad. La fotografía, por ejemplo, retrata a la realidad tal cual es. Por ejemplo, mire ―dice el discípulo al tiempo que saca de su cartera una foto de su novia―: ésta es una foto de mi novia, y así es ella, exactamente.
Picasso toma la foto y la examina. Entonces pregunta:
―¿Exactamente así es tu novia?
―Sí. Exactamente así.
―Ah. Pues que chiquita y qué plana...

Vacas locas

El hatajo de vacas bebía al pie de un arroyo en el condado de Essex, cuando una le pregunta a su compañera:
―Oye, ¿y tú no tienes miedo de la enfermedad de las vacas locas?
Aquélla contesta:
―¿Y yo por qué... si soy cocodrilo?

febrero 23, 2009

Atila

Estaban en una fiesta los godos, los visigodos, los otomanos, los celtas y otras tribus, bebiendo cerveza y tajando las carnes a espadazos... dos miembros del ejército mongol degüellan un chivo y brindan con su sangre, cuando de repente se abre la puerta de un manotazo, y se hace el silencio. Por la puerta entra la luz del Sol, que está detrás del intruso, y su sombra se proyecta al interior de la taberna... Es Atila, el azote de Dios. Se hace el silencio. Atila da dos pasos al frente, la luz permite ver su rostro, y echa una mirada al lugar. Todos han dejado de beber y de comer. Atila ve de reojo a los comensales, da unos pasos, y se levanta de la mesa ocho un general tracio.
―¡Atila! Qué bueno que vienes a la fiesta.
―Sí, hombre... No podía faltar si recibí tu invitación.
El general tracio hace una seña a los comensales y éstos siguen comiendo y bebiendo
―Qué bien, qué bien ―le dice el general a Atila―. Pasa, ponte cómodo.
―Muchas gracias, Godofredo.
―¿Te sirvo algo?
―Por el momento no, gracias. Estoy bien.
―Oye, ¿y trajiste amigos?
―Bueno... pues… traje hunos...

Borrachito

Sale de la cantina un borrachito, tambaleándose, y canturreando Paloma querida de José Alfredo Jiménez. Así va, zigzagueando por varias calles, hasta que un policía se cruza en su camino, y se dirige a él de la siguiente manera:
―Caballero, está usted detenido.
A lo que el borrachito responde.
―Muchas gracias, oficial... ya me iba yo a caer...

Raza superior

Se sube una señora al avión y es conducida por la aeromoza hasta su asiento. La azafata la deja y la señora, al sentarse, se percata de que el hombre que está a su lado lee una revista pornográfica, pero de ésas pasadas, para cuya lectura hay que tener estómago... a las chaves se les ven hasta las tripas... Ofendida, la señora lo impreca:
―¡Pero señor! ¡Cómo es posible que usted, en pleno día, en un vuelo en el que hay niños, esté viendo esas porquerías! Qué barbaridad... ¡Azafata! ¡Azafata!
Llega en eso la azafata:
―Diga usted, señora.
―Quisiera que me cambien de lugar ¡inmediatamente! No quiero estar al lado de este pervertido...
―En seguida buscaremos otro sitio para usted.
Y se va la azafata.
―Qué vergüenza... ―termina la mujer su perorata.
El hombre reacciona, cierra su revista y la guarda.
―Oh, señora, le ruego me disculpe. No me di cuenta de su presencia... Es que estaba yo abstraído en la lectura.
―¿Qué? ¿Pero qué dice usted? ¿Acaso a esas porquerías infamantes les llama usted lectura?
―Por supuesto, señora. Verá... Ocurre que yo soy sexólogo.
―¿Sexólogo? ―pregunta la mujer sintiendo que el hombre se burla de ella― ¿Pero acaso existe una profesión semejante?
―Por supuesto, señora, permítame decirle. Y es, dentro de la medicina, una de los campos más interesantes y respetados, la sexología. Claro que sí.
―Bueno... y me quiere usted decir, ¿qué estudia la sexología?
―Sí... claro... estudia muchas cosas. Estudiamos, por ejemplo, las enfermedades de transmisión sexual, los métodos para prevenirlas y tratarlas, las relaciones de pareja, las zonas erógenas del cuerpo, el comportamiento humano a partir de su instinto sexual... en fin... muchas cosas.
En ese momento regresa la azafata:
―Señora, ya tenemos otro lugar que puede usted ocupar.
―No... gracias... ya no es necesario... todo fue un malentendido. Muchas gracias ―y se retira la aeromoza.
―Por ejemplo ―continúa el hombre―, ¿se ha preguntado usted qué raza es la que tiene el pene más largo?
Llena de curiosidad, la mujer pregunta:
―No... no... nunca me lo había planteado de esa manera.
―Ah. Pues son los árabes.
―¿Los árabes? Oh, pero qué interesante.
―Y se ha preguntado usted, por ejemplo, ¿cuál es la raza que tiene el pene más ancho?
―No... no... nunca me lo había preguntado. Es muy interesante... Y, ¿cuál sería esa raza?
―Ah. Pues son los suecos.
―Los suecos... Oh, pues me ha dejado usted pasmada, señor...
―Doctor... doctor, por favor.
―Oh, disculpe, doctor... doctor...―Doctor Mohammed Johansen... para lo que se le ofrezca.

Ética

El médico se arrepiente:
―Por Dios... ¿qué hice? Hice el amor con mi paciente... ¡Qué cosa tan baja, tan detestable! ¿Dónde quedó mi ética profesional? ¿Mi seriedad? ¿La honra de mi trabajo? Oh, por Dios... Pero, después de todo... ¿quién no lo hace?...
Así cavilaba cuando en su hombro izquierdo aparece un diablito, quien le dice:
―Tú no te preocupes, hombre. Es algo que todos los médicos hacen. Además, te proporcionó placer, ¿no? Y a tu paciente igual. ¿Qué más da? Es más, en cuanto tengas otra oportunidad, hazlo otra vez.
Y en su hombro derecho aparece un angelito, que le dice:
―Recuerda que eres veterinario...

Plural

El maestro costarricense enseña a los alumnos la diferencia entre singular y plural.
―Miren, muchacho’. Lo que hoy vamo’ a ve’ e’ muy importante para la formación de u’tede’. Le vey a enseñá’ la diferencia entre singulá’ y plural. Miren bien. Cuando u’tede’ dicen en singulá, e’ La calaca; pero cuando u’tede’ hablan en plural, e La’ calaca’. ¿Quedó claro?

Zapatero

Llega Teodomiro Agúndez con el zapatero, y le explica la situación.
―Disculpe, ¿se acordará usted de mí?
―No ―responde el zapatero―, ¿debería?
―Bueno, mire... Lo que sucede es que hace veinte años dejé aquí unos zapatos para que los reparara, y se me pasó el tiempo y no pude recogerlos. Mire, aquí tengo la factura... pagué un adelanto por el trabajo.
El zapatero revisa la factura y entra a su almacén. Al cabo de unos minutos, regresa con una caja de zapatos.
―A ver caballero, los zapatos de los que usted habla, ¿son unas botas cafés, del número siete, a las cuales había que arreglarles las suelas?
―¡Sí, sí! ¡Ésas exactamente!
―Bien... Pase por ellas el jueves.

febrero 14, 2009

Suspenso

En la firma de autógrafos de un conocido escritor, una mujer hace fila. Cuando toca su turno, presenta su ejemplar ante su autor favorito, a quien elogia de la siguiente manera:
―¡Señor Enrigue, es un placer leerlo y conocerlo! Yo soy su más grande admiradora... Me fascina su estilo, tu narrativa, sus recursos literarios... Me parece fascinante ese estilo que tiene usted de primero crear una atmósfera de suspenso... y luego dejar tres páginas en blanco...

Bouquet

El experto en vinos llega al restaurante, y ordena:
―Por favor, un chateau saignant.
―Excelente decisión señor. Y, ¿para acompañar?
―Tráigame por favor un vino, tinto, por supuesto, un beaujolais, de la región de Lorena, cosecha 1979, del viñedo 14.
―Al instante, caballero.
Regresa al poco tiempo el mesero y le hace a su cliente la siguiente observación:
―Señor, nos ha de disculpar, pero no tenemos exactamente el vino que pide; pero tenemos, en cambio, uno de la misma cosecha, del mismo tipo, de la misma región, pero es del viñedo 15. ¿Lo apetece?
―¿Qué? Ah, no... no, gracias. Tráigame un vaso de agua.
―Pero, caballero ―se sorprende el mesero―, pero si el vino que le ofrecemos tiene el mismo cuerpo, el mismo tiempo de conservación... al momento de la cosecha las uvas las recogieron las mismas manos, los mismos pies de doncellas vírgenes pisaron las uvas, el sol golpeó igualmente a los viñedos, las lluvias les cayeron por igual... son acaso cien metros los que separaban al viñedo 14 del 15...
―Cien metros... ¿Cien metros le parece poco? Mire, le voy a decir algo. Una mujer tiene dos orificios de placer, dos orificios prodigadotes de los mayores placeres jamás conocidos por el hombre. ¿Usted me habla de cien metros de distancia? Yo le hablo de cuatro centímetros de distancia. ¡Cuatro centímetros! Y, sin embargo, el bouquet es muy distinto.

Lupe

El chef, por hacerle la vida imposible a la competencia, va a comer siempre al restaurante que está enfrente de aquél en donde él mismo trabaja. Una tarde se presenta y ordena.
―¿Qué va a querer, señor?
―Ah, un filete mignon, por favor.
Le traen el plateillo, el chef lo huele apenas, y deduce:
―La carne está un poco seca, la salsa que la baña más agria de lo necesario, le falta sal y tiene demasiado tomillo.
El camarero va con el chef que preparó el platillo y le dice:
―Disculpe, un cliente le hizo estas observaciones a su platillo.
Enfurecido, este segundo chef se plantea hacer para la próxima visita de aquel cliente un preparado irreconocible.
Al día siguiente, el primer chef se presenta en el restaurante.
―¿Qué va a ordenar el señor? ―le pregunta el camarero.
―Un fetuccini, por favor.
―¿Con alguna salsa en especial?
―La tradicional, bolognesa.
Le traen el platillo, apenas lo huele y dice:
―Bien... la pasta está un poco seca, no está al dente, debió hervir un minuto y medio más, tiene exceso de cebolla, y la salsa la prepararon con demasiado laurel, además de que para ella usaron dos botellas de vino abiertas con por lo menos doce horas de diferencia, lo cual afecta la consistencia del preparado.
Nuevamente, el camarero le hace notar al chef que preparó el platillo la observaciones del cliente; este chef, la próxima vez, hará un platillo imposible de reconocer.
Al día siguiente, el primer chef vuelve en plan de comensal.
―¿Desea algo el caballero? ―le pregunta el camarero.
―Probaré el pato a la naranja, por favor.
―En seguida.
Le traen el platillo, apenas lo huele, y concluye:
―Las naranjas del preparado están agrias, la carne reseca y el vino que le inyectaron para contrarrestar ese efecto es de poca calidad. El ave no se marinó lo suficiente y su uso de la albahaca es inadecuado e insuficiente.
Harto de las exigencias del cliente, el chef decide jugarle una treta. Al día siguiente, el primer chef vuelve al restaurante en plan de comensal.
―¿Qué va a ordenar el señor?
―Deseo un sirlón, por favor.
En la cocina, el chef del restaurante prepara el platillo, y se vuelve hacia la trabajadora de limpieza.
―¡Lupe! Necesito pedirte un favor.
―Diga usted.
―Mira, llegó con nosotros un cliente muy exigente y nos ha pedido una peculiaridad para su platillo. Mira... nos ha pedido que, por favor, pues... necesitamos que te pases este corte de carne por todo el cuerpo.
―¡Pero, señor...!
―Bueno, es la exigencia del cliente, uno de nuestros mejores clientes, y tú sabes que el cliente es primero.
Luego de amplias discusiones, la Lupe accede y se pasa el sirlón por todo el cuerpo, hecho lo cual el chef lo pone en el plato para que se lo lleven al comensal. Éste, cuando recibe en su mesa su orden, apenas la huele, y dice:―Le falta tomillo y... y... y... ¿Aquí trabaja Lupe?

febrero 09, 2009

La boda del Calacas

Ya en la luna de miel, en la noche de bodas, el Calacas, un sádico de primera línea, está con su esposa. Ella, que es masoquiste, le impora:
─¡Pégame!
Y el Calacas contesta:
─No...

Fe

Bajo una carpa en Memphis, un charlatán predica ante cientos de seguidores que todo es posible a través de la fe.
―¡Tenemos fe! ¡Tenemos fe! ―grita eufórico el charlatán, e insta a su público a que repita su lema. El público grita al unísono:
―¡Tenemos fe! ¡Tenemos fe!
El charlatán continúa con su monólogo:
―¡Y yo aquí, gracias al poder que me confiere el Señor, les voy a demostrar que con la sola fuerza de la fe es posible curar los peores males de la humanidad! ¡Usted, señor... el de las muletas! Repita conmigo: ¡Tengo fe!
―¡Tengo fe! ―repite el otro.
―Ahora, ¡tire una muleta! ―Y el hombre tira una muleta― ¡Tire la otra! ―Y el hombre tira la otra! ―¡Tenemos fe! ¡Tenemos fe! A ver, y usted, el gangoso, ¡diga algo!
Y observa el gangoso:
―¡Ya je caió ej de as mu’etas!

Dumbo

¿Cuál es el colmo de los elefantes?
No tienen colmos. Tienen colmillos.

My kingdom for a horse!

Entra un caballo a la cantina, y le pregunta el cantinero:
―¿Qué pasó, amigo? ¿Por qué esa cara tan larga?

El Calacas & friends

Están en un cuarto el Calacas, limpiándose las uñas con su faca, y sus amigos, aburridos. Los cuates del Calacas: Un pirómano, un zoofílico y un masoquista. De pronto, por una rendija mal reparada, entra un gato, y se hace el silencio. Se ven unos a otros.
Dice el zoofílico.
―¡Ya sé! Nos cogemos al gato.
Dice el pirómano:
―Y luego le prendemos fuego.
Dice el Calacas:
―Y luego lo torturamos.
Dice el masoquista:
―Miau...

Visconti

El matrimonio de la alta sociedad se encuentra en la sala de su residencia. La mujer, de unos cuarenta años de edad pero con una figura envidiable, está recostada en el sofá, fumando; el marido, con su camisa Lacoste con dos botones abiertos, está en la mesa de centro, revisando las cuentas del mes, bebiendo coñac. Le dice de pronto a su mujer.
―Querida, pues la crisis ha empezado a afectarnos. Nos podríamos ahorrar lo del chef si aprendieras a cocinar.
La mujer, sin inmutarse, suelta una bocanada de humo y le contesta a su marido, con toda displicencia:
―Sí. Es verdad. Y nos podríamos ahorrar lo del chofer y lo del mayordomo si tú aprendieras a hacer el amor.

De familia

Un gallego que leía un libro le dice a otro:
―Oye, Venancio, lo que le leído en este libro.
―Hombre, ¿pues qué has leído?
―Bueno, ¿y tú sabes quién ha inventado el automóvil?
―No, hombre. ¿Quién ha sido?
―Nada menos que Henry Ford...
―Mira nada más lo que son las cosas. Y su hermano Roque inventó el queso.

Zoo

Primer acto: Aparece en escena un hipopótamo de tres meses de edad.
Segundo acto: Aparece en escena el mismo hipopótamo con ocho meses de edad.
Tercer acto: Aparece el mismo hipopótamo con dos años de edad.
¿Cómo se llamó la obra?
Hipocresía.

George Bernard Shaw

El gran George Bernard Shaw fue invitado un día por Allen Ginsberg a un almuerzo nudista, que se verificaría en casa de William S. Burroughs, al cual asistiría como invitado de honor de los jóvenes beats. Luego de varias horas de insistencia de Ginsberg, Shaw accedió.
―También nos gustaría, maestro Shaw, que pronunciara usted el discurso de bienvenida del almuerzo.
―Sí, encantado. Sólo que me voy a tener que ver en la necesidad de pedirle un favor.
―Lo que usted disponga, maestro.
―Mire, ocurre que yo nunca he estado en una comida nudista. Así que le ruego que si yo llego a decir o a hacer algo impertinente, me lo haga notar al instante.
―Por supuesto, maestro Shaw. Aunque estamos seguros de que no habrá necesidad.
Llega el día del almuerzo y están todos los beats desnudos; llega George Bernard Shaw, cuyo asiento en la cabeza de la mesa está reservado, y se dirige así a su público, mientras Allen Ginsberg está a su lado:
―Queridos colegas. Es un verdadero placer... ―y en ese momento, Ginsberg le da un codazo―. Perdón. Es un placer... ―y recibe otro codazo de Ginsberg―. Oh, lo siento. Es un gran honor... ―otro codazo―. Disculpen, disculpen... Es en realidad un honor... ―un codazo más por parte de Ginsberg.
En ese momento, Shaw se vuelve hacia Ginsberg, y le pregunta.
―Bueno... por favor... ¿en dónde estoy metiendo la pata?
―Pues la pata, quién sabe. Pero el pito, en la sopa.

El Calacas

Está el Calacas en una construcción en obra negra, sentado sobre unos tabiques, limpiándose las uñas con una faca, cuando llegan dos tipos corpulentos arrastrando a un hombre tumefacto y semiinconsciente.
―Calacas ―le dice uno de ellos―, dice el jefe que a este cabrón te lo encules.
―Órale. Ahí déjamelo. Me encargo.
Se van los tipos, y el hombre tumefacto empieza a volver en sí, abre los ojos, intenta incorporarse, y le implora al Calacas:
―Señor Calacas... ¡por el amor de Dios! ¡Apiádese de mí! ¡No me haga eso, por favor, no me lo haga! ¡¿Qué va a ser de mí, de mi dignidad?! ¡¿Con qué cara voy a volver a ver a mi mujer y a mis hijos a los ojos?! Si es usted creyente, por favor, tenga compasión...
El Calacas levanta la mirada, lo ve de reojo, y sigue arreglándose las uñas. A los pocos minutos regresan los dos tipos que trajeron al primer hombre, arrastrando a otro pobre diablo que se encuentra en las mismas condiciones que el primero.
―Calacas, a éste, dice el jefe que le cortes la lengua y las manos, para que no ande de soplón.
―Órale. Ahí déjamelo.
Se van los tipos, y regresan al poco rato, arrastrando a otro sujeto.
―Calacas, a éste, que le saques los ojos y le cortes la verga, para que no se ande metiendo con nuestras mujeres.
―Órale. Ahí déjamelo. Yo me encargo al rato de él. Hay mucha chamba hoy, ¿no?
―Sí, pues es lunes.
―Ah, mira.
Se van los tipos, y regresan con otro hombre, igual que los anteriores.
―Calacas, a éste, dice el jefe que lo partas en cachitos y te manda esta lista de sus familiares, que a cada uno le mandes una parte del cuerpo.
El Calacas toma la lista y la revisa.
―Órale. Ahí déjamelo. Al ratito me encargo. ¿Los envíos los hago por DHL?
―Sí, como quieras. Presentas la factura y te la reembolsamos.
―Órale.
Y se van los tipos. En ese momento se levanta el primero de los sujetos, y se dirige así al Calacas:
―Señor Calacas... Disculpe... No quisiera interrumpirlo, ¿verdad? Nada más para recordarle... No se vaya usted a confundir: Yo soy al que tiene que encular.

febrero 04, 2009

Segundo acto

Primer acto: Se levanta el telón y aparece un ladrón.
Segundo acto: Ay... ¡ya no hay telón!

Vodka

Los mujics estaban felices porque la cosecha de papa se les había dado bien. Hicieron entonces una fiesta para toda la comunidad, celebrando la bondad de la temporada para con ellos. En la casa del más viejo de los labradores rusos se celebró el festín con manjares, bebida y todo tipo de diversiones desde muy temprano, y con miras a que se prolongara hasta la noche. Finalmente, se lo merecían. Los primeros invitados empezaron a irse cuando empezó a oscurecer, y otros se quedaron hasta pasada la media noche. Los más resistentes, incluso amanecieron al día siguiente en la casa del viejo labrador, con una botella de vodka medio vacía en la mano.
Uno de éstos, de nombre Iván Denísovich, se ha despertado a las seis de la mañana con la cruda de su vida, mientras el sol se asomaba entre los montes. Sale de la casa dispuesto a ir a la suya propia, con un dolor de cabeza apenas soportable, cuando de pronto, tropieza. En el suelo, se medio incorpora y ve la piedra que lo hizo caer. Al acercarse, descubre que esa piedra es en realidad la lámpara de Aladino. Como Iván Denísovich era aficionado a la literatura árabe antigua, conocía la historia, y decide frotar la lámpara. De ella emerge, como es previsible, un genio.
─Iván Denísovich ─clama el ente nebuloso─, por haberme liberado del encierro de la lámpara, te concederé tres deseos.
El campesino ruso, incrédulo aún, voltea a su alrededor en busca de ideas que puedan sugerirle su primer deseo, cuando de pronto, en la lejanía, ve correr al caudaloso río Volga, ondulado, vigoroso, bañando los prados y los montes. Y le dice al genio:
─Genio, quiero que el río Volga sea todo de vodka.
─¡Concedido!
El genio desaparece y nada parece haber cambiado. El campesino se acerca entonces a la orilla del Volga, mete la mano para sacar líquido y se lo lleva a la boca. ¡Vodka! Dichoso, se sumerge en el río, bebe tanto vodka como le place, como nunca antes ha bebido, nada a contracorriente para que el vodka le llene la boca y así se pasa todo el día, hasta que en la noche lo vence el sueño y la embriaguez y se recuesta a un lado del río.
Al despertar, ve a su alrededor: La cosecha se ha malogrado y los mujics maldicen su suerte. Lo han perdido todo. Las vacas, famélicas y muertas de sed, apenas pueden incorporarse. Las plantas y los árboles alrededor del río se han quemado. Los peces han muerto y convulsionan en las márgenes del cuerpo de agua. Arrepentido, el campesino se lamenta.
─¡Por Dios! ¿Qué he hecho? Por mi placer personal, por mi egoísmo, he pedido que el río Volga sea de vodka sin pensar en las consecuencias. Pensé sólo en mí, y ello ha llevado a la perdición de mi comunidad, que tanto prosperaba. Las cosechas, los animales, los peces, los prados... todo, todo, todo... se ha arruinado...
Frota entonces la lámpara y aparece el genio nuevamente.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu segundo deseo?
─Sí, genio. He visto que mi egoísmo le ha costado a mi comunidad su prosperidad. Estoy arrepentido. Mira la desgracia que hay a mi alrededor. Quiero que el río Volga vuelva a ser de agua.
─¡Concedido!
Nada parece cambiar, de modo que el campesino se acerca a la orilla del Volga; mete la mano, saca un poco de líquido y lo prueba. ¡Agua! En ese instante las cosechas comienzan a reverdecer, los árboles vuelven a dar frutos, las vacas se ponen de pie y comienzan a beber agua del río, los peces que quedaban medio vivos regresan al cauce del río... La comunidad agradece que la maldición ha terminado y regresan a sus labores del campo, a rescatar la cosecha de papa.
El pobre Iván Denísovich, meditabundo, se va a lo más alto de un cerro. Y frota nuevamente la lámpara, de la que emerge, como de costumbre, el genio.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu tercer deseo?
─Sí, genio. Ay... con mi primer deseo, convirtiendo en vodka las aguas del Volga, casi acabo con el futuro de mi comunidad y la dejo en la miseria... ¡qué desperdicio de deseo! Con el segundo, con el que el caudaloso Volga volvió a llenarse de agua, regresé todo a la normalidad. ¡Qué desperdicio de deseo! No puede ser... ¡Dos deseos desperdiciados de la manera más absurda! ¡Genio! ...tráeme una botella de vodka...

Homenaje a san Francisco de Asís

Llega un tipo a la tienda de abarrotes:
─Disculpe, ¿qué tiene bueno para las moscas?
─DDT.
─¡No sea bruto! ¡Eso las mata!

Una noche en la ópera

El primer contrabajista de la ópera se jubila a sus 86 años y le hacen la fiesta de despedida. El segundo contrabajista, de 81 años, pasa a ser el primero; el tercero, de 78 años, ocupa el sitio del segundo; el cuarto, de 72, pasa al escaño del tercero; y el quinto, un mozuelo de 68, pasa al lugar del cuarto. Y así se reacomodan.
Llega el domingo para el recién jubilado y no sabe qué hacer: Todos los domingos de su vida, desde que tenía 22 años, tocaba en la ópera. De pronto, tiene una idea:
─¡Voy a ir a la ópera! Pero voy como espectador. Por primera vez la veré desde los palcos.
Esa noche presentaban Carmen de Bizet, y el contrabajista invita a su esposa, y van juntos. Entran al teatro y el jubilado queda maravillado con la música que escucha, con la manera en que tocan sus excolegas contrabajistas. En el intermedio, decide ir a felicitarlos.
─¡Teodomiro! ¡Qué gusto verte por aquí!
─No, muchachos, el gusto es mío. Además, quiero felicitarlos. ¡Qué manera tan maravillosa de tocar!
─Muchas gracias, Teodomiro...
─No, es en serio. Ustedes se están llevando la noche... la gente les aplaude con desenfreno. Es más, ¿se acuerdan del acto II, el compás 128?
─¡Por supuesto! Lo sabemos de memoria...
─Bueno, pues ahí, donde nosotros hacemos: “Bom... bom... brrrrom... Bom... bom... brrrrom”, ¿saben cómo se oye desde el palco?
─No... no lo hemos oído nunca desde el palco. ¿Cómo se oye?
─Se oye: “Toréador, en garde! Toréador! Toréador!...”

Amén

Curiosa la costumbre de Teodomiro Agúndez de hacer ciertos movimientos, en la calle, después de haber estado con una prostituta. Muchas personas que lo veían salir frecuentemente del mismo hotel, habían llegado a asegurar de que se trataba de un hombre perteneciente a la Iglesia, pues lo habían visto persignarse. La noticia llegó a oídos de sus amigos, quienes no lo tenían por un hombre religioso. Uno de ellos se aventuró a preguntarle.
─Oye, Teodomiro... corre un rumor. ¿Por qué te persignas en la calle después de haber estado con una prostituta?
─¿Persignarme yo? ─Pregunta Agúndez, sorprendido─ No, hombre. Lo que pasa es que hago una revisión: Me acomodo los lentes, me acomodo la hebilla del cinturón, checo el marcapasos, me aseguro de que mi cartera esté en el saco y me acomodo la dentadura postiza.

Rorschach

Teodomiro Agúndez va al psicólogo a que le practiquen la prueba de personalidad de Rorschach. El psicólogo le presenta, una a una, varias manchas de tinta sobre superficies blancas.
─¿Qué ve usted aquí?
─Veo, doctor... ¡unos senos!
─Ah, muy bien. Y en esta otra, ¿qué ve?
─Veo, doctor... ¡unas nalgas!
─Ajá. Y en esta otra, ¿qué ve usted?
─¡Un pene erecto!
─Veo, veo... y... ¿aquí?
─¡Una vagina abierta!
─Ah... ¿y en esta otra?
─¡Un caballo echándose a un cerdo!
─Muy bien. Señor Agúndez, temo decirle que tiene usted una muy fuerte obsesión con el sexo.
─¿Yo, doctor? ¡Usted y sus dibujos obscenos!

Brócoli

Llega el conejo a la tienda de abarrotes:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene brócoli?
─¿Brócoli? No, conejo; no tengo brócoli.
─Ah, bueno. Gracias, señor. Disculpe, señor. Buenas tardes, señor.
A los quince minutos vuelve el conejo:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene brócoli?
─Que no, conejo. No tengo brócoli. Ya se me acabó.
─Ah, bueno. Gracias, señor. Disculpe, señor. Buenas tardes, señor.
Pasan diez minutos y regresa el conejo:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene brócoli?
─¡Que no tengo brócoli! ¡Entiende! ¡Se me acabó!
─Ah, bueno. Gracias, señor. Disculpe, señor. Buenas tardes, señor.
Quince minutos después, vuelve el conejo:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene brócoli?
─¡Oh, pues! ¡No, no tengo brócoli! ¡Ya lo vendí todo! Ven mañana, mañana me surten.
─Ah, bueno. Gracias, señor. Disculpe, señor. Buenas tardes, señor.
A los diez minutos, regresa el conejo:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene brócoli?
─¡Me lleva la chingada contigo, conejo! ¡No, no tengo brócoli, ya te dije mil veces que no tengo brócoli! ¡Y si te vuelves a parar en mi tienda pidiendo brócoli, te agarro por las orejas, te clavo en la pared y te dejo como Santo Cristo!
─Ah, bueno. Gracias, señor. Disculpe, señor. Buenas tardes, señor.
Pasan veinte minutos y regresa el conejo a la tienda. Se asoma, y entra con cautela. Entonces le pregunta al encargado:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene clavos?
─¿Clavos? No, no tengo clavos.
─Ah. ¿Y brócoli?

Caperucita

Esa noche habían dejado a la Caperucita al cuidado del hada madrina, quien preparaba todo para el baile de la Cenicienta. Al ver todo el alboroto, a la Caperucita le entraron ganas de ir.
─¡Déjame ir, hada madrina!
─No, que estás muy chamaca todavía para esas cosas.
─¡Quiero ir al baile!
─¡Que no! ¡Que es el baile del príncipe y la Cenicienta tiene que ir, y ni modo que lleve chaperona!
Total, que se va la Cenicienta al baile, mientras la Caperucita le sigue insistiendo al hada madrina, hasta que le colma la paciencia.
─¡Ah, qué bien chingas! Está bien, te voy a dejar ir. Pero tienes que volver antes de la media noche, porque si no, ahí entre las piernas, aquello se te va a convertir en una mitad de melón.
─¡Gracias, hada madrina! ¡Te prometo regresar antes de la media noche!
Va la caperucita al baile y llega cerca de las 9:30, y ahí se encuentra a la Cenicienta.
─¡Caperucita, qué bueno qué viniste! Oye, ¿hasta qué hora vas a estar por acá?
─Pues yo creo que me voy temprano, porque si no, a las doce se me va a hacer una mitad de melón ahí donde tú sabes, y...
─Ah, no te preocupes, nos vamos juntas. Yo también tengo que volver antes de las doce.
Suenan las diez de la noche y aún no empieza el baile ni baja el príncipe, y la Caperucita empieza a desesperarse.
─No, yo creo que ya me voy, porque mira qué hora es y esto todavía no empieza.
─Espérate, esto es rápido.
En ese momento baja el príncipe, se hace la ceremonia de recepción y a las 10:30 empieza el baile.
─Ahora sí me voy, apenas van a bailar...
─No, que te esperes... nos vamos juntas.
Bailan las dos con el príncipe, cada cual en su oportunidad, y llaman para la cena a las 11:00.
─No, ora sí ya me voy, Cenicienta, mira la hora.
─Que no te preocupes, yo traigo carro, llegamos en diez minutos.
Sirven la cena, la Caperucita se apresura a comer, y cuando ve que han dado las 11:30, le anuncia a la Cenicienta:
─Ya me voy, ya me voy, ya es muy tarde...
─Espérate, que todavía falta el postre.
─El postre...
Sirven el postre, y para acabarla de joder, es melón.
─¡Melón! ¡Ay, Dios!
No ha empezado la Caperucita a comer su melón, cuando escucha unos ruidos como si un cerdo estuviera comiendo en su chiquero. Voltea, y encuentra que quien emite tales ruidos es el príncipe comiendo su melón. Ve al príncipe que le mete unos lengüetazos a su mitad de melón, mete la cara completa, la saca y se le ven los ojitos en blanco.
La Cenicienta, que ya había terminado su postre, le pregunta a la Caperucita.
─Oye, Caperucita, ¿Cómo a qué hora dices que te vas a ir?
─Pues... como a las dos o tres de la mañana, yo creo.

Luna de miel

Dos amigas conversan:
─Amiga, ¿cómo te fue en tu luna de miel?
─Ay, muy bien, amiga, fue un viaje maravilloso.
─Y, ¿adónde fuiste?
─Eh... no me acuerdo.
─¿Cómo que no te acuerdas? ¿Hacía calor, era un lugar templado...?
─No me acuerdo...
─Pero, pero... ¿era un lugar con playa, con costa?
─No me acuerdo.
─¿Alguna iglesia, algún monumento...?
─No me acuerdo...
─Bueno, ¿pues de qué te acuerdas?
─Hm... El techo de la habitación del hotel era rosa.

Sentido contrario

El sujeto va en su auto cuando escucha el siguiente reporte policial radiofónico:
─Un peligroso loco acaba de escapar del manicomio estatal, de modo que rogamos a todos los conductores que tengan mucho cuidado, pues este peligroso maniaco suele conducir en sentido contrario...
El radioescucha al volante ve hacia enfrente, y deduce:
─Ah, ¡pues todos están locos!

The Greatest

El hombre, mortificado por las dudas, entra al confesionario.
─Buenas tardes, padre.
─Buenas tardes, hijo. Cuéntame tus pecados y arrepiéntete.
─Bueno... es que... no vine precisamente por eso... es más bien que tengo una duda.
─Anda, hijo. Pregunta, entonces.
─Padre, ¿cómo es Dios?
─Ay, hijo... me pones en un predicamento... verás... Dios no es hombre... y tampoco es mujer. Dios no es blanco... y tampoco es negro. Dios no es bueno... y tampoco es malo...
─¡Padre! ¡Usted me está hablando de Michael Jackson!

Rayos catódicos

El niño llega de la escuela y le pide a su papá ayuda para su tarea.
─Oye, papá, ¿tú sabes cuáles son los rayos catódicos?
─Eh... ¿los rayos catódicos, hijo? Los rayos catódicos son... verás... Pues los rayos catódicos son Fernando de Aragón e Isabel de Castilla.
─Ah... Oye, papá, ¿y entonces cuáles son los reyes católicos?
─Los reyes católicos... Pues verás... Los reyes católicos son... Bueno, pues los reyes católicos son Melchor, Gaspar y Baltasar.
─Oye, papá, ¿y entonces quiénes son los reyes magos?
─Los reyes magos... Los reyes magos son... Ay, bueno, ya estás grandecito: Somos tu mamá y yo.

Búhos

El padre de familia está furioso porque en la oficina le encargaron hacer un trabajo que no le correspondía. Llega a la casa y le cuenta, colérico, lo sucedido a su esposa.
─¡Ah, pero esto no se va a quedar así! ¡De ninguna manera! ¡Si Agúndez es un irresponsable! ¡No sabe hacer nada! ¡Ah, pero me va a oír! ¡Esto no se va a quedar así! ¡Voy a hacer que se meta su reporte por el culo!
En ese momento, su pequeño hijo de cinco años, oportuno como todos los niños, entraba a la sala.
─¿Qué dijiste, papá?
─Ah... hijo... este... ¡búho! Dije “búho”. Es que en la oficina vamos a comprar un búho.
─¡¿Un búho, papá?! ¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y los búhos se casan, papá?
─Sí, hijo. Los búhos se casan.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman las esposas de los búhos?
─Se llaman búhas, hijo.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Las búhas, papá. Oye papá, ¿y los búhos tienen hijos, papá?
─Sí, hijo. Los búhos tienen hijos.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman los hijos de los búhos, papá?
─Ah. Se llaman buhítos.
─¡Buhítos papá! ¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! ¡Los buhítos, papá! Oye, papá, ¿y los buhítos se casan, papá?
─Sí, hijo. Los buhítos se casan.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman las esposas de los buhítos?
─Se llaman buhítas, hijo.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Las buhítas, papá. Oye papá, ¿y los buhítos tienen hijos, papá?
─Sí, hijo. Los buhítos tienen hijos.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman los hijos de los buhítos, papá?
─Ah. Se llaman buhititos.
─¡Buhititos papá! ¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! ¡Los buhititos, papá! Oye, papá, ¿y los buhititos se casan, papá?
─Sí, hijo. Los buhititos se casan.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman las esposas de los buhititos?
─Se llaman buhititas, hijo.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Las buhititas, papá. Oye papá, ¿y los buhititos tienen hijos, papá?
─Sí, hijo. Los buhititos tienen hijos.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman los hijos de los buhititos, papá?
─Ah. Se llaman buhitititos.
─¡Buhitititos papá! ¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! ¡Los buhitititos, papá! Oye, papá, ¿y los buhitititos se casan, papá?
─Sí, hijo. Los buhitititos se casan.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman las esposas de los buhitititos?
─Se llaman buhitititas, hijo.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Las buhitititas, papá. Oye papá, ¿y los buhitititos tienen hijos, papá?
─Sí, hijo. Los buhitititos tienen hijos.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman los hijos de los buhitititos, papá?
─Ah. Se llaman buhititititos.
─¡Buhititititos papá! ¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! ¡Los buhitititos, papá! Oye, papá, ¿y los buhitititititos...?
─¡Bueno, ya, chingá! ¡Dije “culo”!

Pulgar

Teodomiro Agúndez llega a un restaurante, se sienta en una mesa, y espera a que el mesero lo atienda. Éste llega presuroso.
─A sus órdenes.
─Bueno, mire, para empezar me gustaría una crema de calabaza.
─En seguida, caballero.
Luego de unos minutos, el mesero llega a la mesa de Agúndez, tomando el plato de tal forma que su pulgar está sumergido en la sopa. El hecho incomoda a Agúndez, quien, tolerante como es, lo pasa por alto. Cuando termina su sopa, el mesero regresa.
─¿Desea usted algo más?
─Sí. Quisiera un T-Bone término medio, por favor.
─En seguida, caballero.
Luego de unos minutos, el mesero regresa, tomando el plato de modo tal que su pulgar queda debajo del T-Bone. Agúndez se enfurece, pero no dice nada. Cuando hubo terminado su carne, vuelve el mesero.
─¿Desea usted algo más?
─Sí. Quisiera un café, por favor.
─En seguida, caballero.
Al cabo de unos minutos, vuelve el mesero, con el pulgar dentro del café. Teodomiro Agúndez ya no tiene paciencia, y se dirige así al mesero.
─Disculpe... me quiere usted decir, ¿por qué diablos mete usted su pulgar en mi comida?
─Verá usted, caballero ─responde el mesero─, sucede que tuve un accidente y me lesioné el pulgar, y el médico me recomendó que lo mantuviera siempre en un lugar caliente.
─Ah, muy bien. ¿Y por qué no va usted y se lo mete en el culo?
─Sí, caballero... Ahí lo tengo entre servicio y servicio.

Gatos fornicando

Benito Bodoque jugaba en la calle con una caja vacía de cerillos, cuando a su lado pasa un gato gordo y viejo.
─Oye, gatito. ¿Qué, no estás ya grandecito como para andar jugando con eso?
─Pero, es que es muy divertido señor ─responde Benito Bodoque haciendo una pirueta.
─No, hombre. Tú ya estás en edad de experimentar otro tipo de diversiones. Tú deberías estar fornicando.
Benito Bodoque no sabe qué decir, y sigue jugando con su caja de cerillos. Sorprendido, el gato gordo le pregunta.
─¿Qué? ¿Nunca has fornicado?
─No, señor gato ─contestó Benito Bodoque, y siguió jugando con su caja de cerillos vacía.
─Muy bien. Pues si quieres, yo puedo enseñarte a fornicar.
Ilusionado, el gatito inquiere:
─¿De verdad señor gato?
─Sí. Mira, te espero hoy a las siete de la noche en el techo de la lavandería.
─Muy bien señor gato. Ahí estaré.
Dan las siete de la noche, hora a la cual las gatas suelen empezar a pasearse por los techos las casas de la ciudad, pero esa noche... ¿cuáles gatas? Se suelta una tormenta espeluznante, con truenos y relámpagos, unos nubarrones negros y cerrados invaden el cielo y el agua cae a cántaros. Benito Bodoque asiste al encuentro con el gato gordo, que no dice palabra, en espera de que la lluvia cese. Pero la lluvia no cesa. Entonces, con su prudencia característica, Benito Bodoque le dice lo siguiente al gato gordo:
─Señor gato... yo creo que voy a fornicar unos quince minutos más, y luego ya me voy a mi casa.

Cruzadas

Corría el año 1202 de nuestra era y los reinos cristianos debían pelear en la Cuarta Cruzada. El rey de Westfalia debía dejar su reino y a su esposa, pero como era desconfiado de su propio ejército, mandó poner a su esposa un cinturón de castidad con un mecanismo tal que cercenara cualquier objeto oblongo que intentara penetrarlo.
En el año 1204 de nuestra era, el rey regresó triunfante, y su arribo fue anunciado con trompetas. Lo primero que hizo el rey, fue averiguar cuáles de sus vasallos de cuantos le habían jurado lealtad, habían cumplido su juramento. De modo que ordenó que uno a uno se bajaran los pantalones. Conforme el rey veía que tenían cercenado el miembro, los iba mandando a decapitar. Desilusionado, ordenó al último de sus caballeros que se bajase los pantalones. Grata fue la sorpresa del rey cuando descubrió que este hombre le había sido leal. Su majestad estalló en júbilo y esperanza, gritando:
─¡Leal caballero! ¡La fidelidad a vuestro rey será justa y hondamente recompensada! ¡Vos podéis gozar ahora de parte de mi fortuna, tenéis derecho a una porción de mis tierras y mis dominios, tendréis vuestro propio ejército, podréis casaros con mi hija! ¡Seréis el primero en mi lista de benefactores! Ahora, dime, ¿qué tenéis que decir?
Complacido, el caballero apenas atinó a balbucir:
─Busha gdacia, dzu bajestá.

(El pobre hombre tenía la lengua cercenada.)

Lo conozco...

Después de que lo corrieron de toda las cantinas, Teodomiro Agúndez entra a la de peor facha de toda la ciudad y se sienta en la barra. El cantinero se le acerca, y antes de que diga nada, solicita:
─Un tequila solo, for pavor.
─En seguida.
El cantinero le sirve el trago y Agúndez se queda viendo fijamente detrás del cantinero, a los espejos en los que están incrustadas las repisas sobre las que descansan las botellas. Y se dirige al cantinero de la siguiente manera:
─Cantinero, le voy a pedir un favor. Voltee cautelosamente, cautelosamente, porque hay un hombre detrás de usted al que yo conozco, pero no recuerdo dónde pude haberlo visto. Así que voltee despacito, despacito, y dígame de dónde lo conozco.
El mozo frunce el seño, voltea y ve los espejos. Reprende así al pobre Agúndez:
─Señor, está usted muy bebido. Por favor, déjeme trabajar; tengo otros clientes.
─¡Cantinero! ¡Cantinero!
Agúndez se queda viendo a aquel misterioso sujeto, y alza la mano. Deduce entonces que:
─Ah caray... lo saludé y él me saludó. Entonces él también me conoce... ¡Cantinero! ¡Cantinero! Un favor: A ese hombre que está detrás de usted, invítele de mi parte, otro trago de lo que esté tomando.
El cantinero voltea, intrigado, y ve nuevamente los espejos.
─Caballero, le ruego; no me haga perder mi tiempo. Bébase su tequila y váyase.
Agúndez se queda viendo una vez más al misterioso sujeto, y de pronto, recuerda:
─¡Cantinero! ¡Cantinero! Venga para acá inmediatamente. ¿Qué cree? ¡Ya sé de dónde conozco a ese sujeto!
El cantinero, intrigado, osa preguntarle a su cliente:
─Bueno, ¿y de dónde lo conoce?
─¡De la peluquería!

Gerundio vs. participio

Una mujer mayor está en el cine viendo una película, cuando de repente escucha unos ronquidos. Un señor frente a ella los emite, y la mujer lo alecciona de la siguiente manera, sacándolo de su ensueño.
─¡Señor! ¡Qué falta de respeto es ésa! Estar dormido en el cine...
─Discúlpeme, señora ─reclama el otro─, pero yo no estaba dormido.
─¿Ah no?
─Claro que no. Yo no estaba dormido. Yo estaba durmiendo.
Sin saber qué decir, la mujer pregunta:
─¿Qué, y no es lo mismo?
─De ninguna manera, señora. Del mismo modo en que tampoco es lo mismo estar bebido que estar bebiendo.

Materialismo dialéctico III

Tiene lugar, en el Instituto José Martí de La Habana Cuba, la clase de Materialismo Dialéctico III. En medio de la clase, el joven Teodomiro Agúndez levanta la mano:
─Señorita institutriz Buitráguez. Yo tengo una pregunta que hacerle.
─Adelante, compañero Agúndez, que para eso estamos los maestros, para despejar las dudas de los educandos. Pregunte usted.
─Yo quiero preguntarle... El marxismo, ¿es una ciencia o una ideología?
La señorita Buitráguez no supo qué responder ante tal pregunta, e increpó de la siguiente manera a su pupilo:
─¡Pero cómo es posible, compañero Agúndez, que me haga usted esa pregunta! ¡Esa pregunta es de Materialismo Dialéctico I, y nosotros estamos en Materialismo Dialéctico III! ¡Me niego enfáticamente a contestarle esa pregunta, cuando usted no ha estudiado lo que debería! ¡Y para que se enseñe a estudiar, hoy se queda usted sin recreo!
─Pero, señorit...
─Nada, nada de reclamos. Estudie usted, que es lo que debería de hacer.
Transcurre la clase hasta la hora del recreo, y suena la campana... ¿Hay campanas en Cuba? Bueno, llega un encargado y le avisa a la maestra:
─Es tiempo del recreo, compañera institutriz Buitráguez.
─Muchas gracias, compañero Borbolla.
Salen todos los niños al recreo, salvo el infortunado Antúnez. La señorita Buitráguez, entre tanto, corre a la dirección y le dice al director:
─Señor director, fíjese que un alumno me ha preguntado si el marxismo es una ciencia o una ideología. ¿Qué yo le digo?
─Espéreme tantito. Vamos a llamarle al Departamento de Educación de La Habana.
Llama el director al Departamento de Educación de La Habana, plantea la situación, y le responden lo siguiente:
─Espéreme tantito. Vamos a llamarle al Departamento Regional de Educación.
Llaman al Departamento Regional de Educación, le plantean la situación, y obtienen la siguiente respuesta:
─Espéreme tantito. Vamos a llamarle al Comité Nacional de Departamentos de Educación de Cuba.
Llaman al Comité Nacional de Departamentos de Educación de Cuba, plantean la situación y obtienen la siguiente respuesta:
─Espéreme tantito. Vamos a llamar al Comité Central de Asuntos Generales de la Nación.
Llaman al Comité Central de Asuntos Generales de la Nación, plantean la situación y obtienen la siguiente respuesta:
─Espéreme tantito. Vamos a llamarle al Órgano Superior de Gobierno.
Llaman al Órgano Superior de Gobierno, plantean la situación y obtienen la siguiente respuesta:
─Espéreme tantito. Vamos a llamarle al compañero Fidel.
Se integra una comisión de representantes para ver al compañero Fidel, y le plantean lo siguiente:
─Compañero Fidel, buenos días. Venimos a preguntarle por un asunto de suma importancia. Nos hacen una pregunta del Instituto José Martí de La Habana, donde un alumno pregunta si el marxismo es una ciencia o una ideología. ¿Qué nosotros les decimos?
─¡¿Pero cómo?! ─se indigna el compañero Fidel─ ¿Cómo me vienen a preguntar eso a mí? ¡Si eso está muy claramente establecido en los documentos que nos hacen una nación libre y socialista!
─Pues sí, sí... está muy claro, pero... ¿Qué es el marxismo? ¿Una ciencia o una ideología?
─Pues es una ideología, chico.
─Muchas gracias, compañero Fidel.
Y va la llamada de regreso con la respuesta: “Es una ideología... Es una ideología... Es una ideología... Es una ideología...”, hasta que llega al Instituto José Martí de La Habana.
─Ah, muchas gracias ─responde el director, quien en seguida se dirige a la institutriz Buitráguez─. Señorita Buitráguez, dígale usted a su alumno que el marxismo es una ideología.
─Muy bien, señor director.
En ese momento, acaba el recreo y suena la campana. Ah... no... llega el encargado:
─Es tiempo, compañera institutriz Buitráguez.
─Muchas gracias, compañero Borbolla.
Regresan los alumnos a clases y la institutriz Buitráguez se dirige a Teodomiro Agúndez.
─Compañero Teodomiro Agúndez. Usted me ha hecho una pregunta antes del recreo, ¿es verdad?
─Es verdad, señorita institutriz Buitráguez.
─Usted me ha preguntado si el marxismo es una ciencia o una ideología, ¿es verdad?
─Es verdad, señorita institutriz Buitráguez.
─Bien. Pues he decidido que le voy a dar una respuesta para su pregunta, porque nosotros los maestros estamos para instruirlos e iluminarlos a ustedes, no para negarles el conocimiento ni para que terminen siendo unos contrarrevolucionarios. De modo, compañero Agúndez, que el marxismo es una ideología.
─Una ideología... Sí, ya me imaginaba yo que era una ideología.
Incrédula, la institutriz Buitráguez exclama:
─¡¿Pero cómo, compañero Agúndez?! ¡¿Pero cómo es posible que usted me salga con que ya se imaginaba que el marxismo era una ideología?! ¡A ver! ¡Explíquese!
─Pues sí, señorita institutriz Buitráguez, porque si hubiera sido una ciencia, primero habrían experimentado con ratoncitos.

Récord

Su récord Guiness: Era el hombre que más veces había intentado deshacerse de su boomerang... sin conseguirlo.

Conquista

Discuten un español y un mexicano:
─¿Cómo veis, americano, que nosotros los españoles hemos conquistado México?
─Pues sí, pero nuestra cultura sobrevivió.
─Y ustedes estuvieron trescientos años sometidos a la Corona Española.
─Pues sí, caray.
─Lo que prueba que México es un país fácil de dominar, dócil y dejado.
─¿Dócil y dejado? ¿México dócil y dejado?
─Hombre, pues sí...
─¿Dócil y dejado porque ustedes los españoles estuvieron trescientos? Para países dejados, nadie más que España.
─¡Hombre! ¿Pero cómo es que decís eso?
─Pues sí: ¿Qué? ¿O no estuvieron los árabes ochocientos años en España?
─Bueno, pues sí, hombre... ¡Pero al día siguiente: ala, pa’fuera!

Malentendido

Teodomiro Agúndez se ganó en una rifa un viaje en crucero por el Caribe. Feliz, fue a reclamar su premio y abordó al día siguiente. Según otro sorteo, Agúndez había de compartir la mesa con un francés durante el viaje. El primer día, en el desayuno, Agúndez llegó primero y empezó a comer, cuando el francés llega. Y antes de sentarse, le dice a su comensal:
Bon apetit!
Agúndez quiere devolver la cortesía y se pone de pie, diciendo:
─Teodomiro Agúndez.
Ambos se sientan y, como hablan distintos idiomas, se comunican con muecas. Se pasan el pan, la sal, los aderezos; hacen muecas con las que demuestran que la comida les gustó; se comunican que el crucero se inclina a uno u otro lado. Acaba la comida, y cada cual vuelve a su camarote.
Al día siguiente, de nuevo Agúndez llega primero a la mesa. El francés, al encontrarlo, le dice antes de tomar asiento:
Bon apetit!
─Teodomiro Agúndez ─replica Agúndez.
Al día siguiente tiene lugar la misma situación. El francés llega cuando Agúndez estaba ya comiendo y le dice:
Bon apetit!
─Teodomiro Agúndez ─repite Agúndez, con cierto fastidio.
Al cuarto día, de nuevo llega el francés en segundo lugar y, con una sonrisa en el rostro, dice:
Bon apetit!
─Teodomiro Agúndez ─repite Agúndez.
Harto de la situación, Agúndez pide hablar con el capitán de meseros, quien le atiende de buen grado.
─Diga usted.
─Mire, quisiera ver si es posible que me cambiaran de mesa.
─Por supuesto, señor; si ése es su deseo, lo haremos. ¿Hay algún problema?
─Sí, verá usted, ocurre que mi comensal es un obsesivo compulsivo, desesperante, que cada vez que nos sentamos a comer, se presenta a sí mismo. Y yo también, por cortesía, me presento. Pero ya es insostenible esta situación, capitán.
─Ah, muy bien. ¿Sabe usted cuál es el nombre de su comensal?
─¡Bah! ¡Claro que lo sé! ¿No le digo que no hace otra cosa que repetir su nombre? Es el señor Bon Apetit.
─¡No, caballero! ─exclama el capitán de meseros─ Para nada... Ocurre que bon apetit en francés significa buen provecho.
─¿En serio?
─Sí, en serio.
─Hombre, pero qué pena... De haberlo sabido... Aquel hombre tan gentil, tan cortés, tan amable deseándome buen provecho, y yo con mis majaderías... No es posible...
─Pero si gusta, lo cambiamos de...
─No, no, no... No es necesario. Olvídelo todo.
Al día siguiente, Teodomiro Agúndez se sienta a desayunar; ya se ha puesto la servilleta en el cuello cuando ve al francés acercarse a la mesa. Antes de que el francés diga nada, Agúndez se pone de pie, y le exclama al francés:
Bon apetit!
El francés sonríe todo lo que puede sonreír un ser humano, se le ilumina el rostro, y con eufórico desenfreno e incontenible emoción, contesta:
Théodomirò Agundesse!

enero 30, 2009

Matrimonio

Le hace una observación la mujer a su marido:
─Viejo, te pusiste los calzones al revés.
─¿Cómo, con las nalgas pa'l frente?
─No. Con la caca pa'juera.

Evil

¿Cuál es el chiste más malo de todos?
El que le pega a los chistes pequeños.

¡Bu!

¿Qué es negro por fuera, verde por dentro y atraviesa paredes?
El aguacate fantasma.

Donas

¿Qué le dijo una dona glaseada a una dona normal?
"¡Desglaseada!"

El pastor

Va el pastor con su rebaño rebosante de salud; nada entre miles de obejas lanudas, blancas, berreando alegremente, afelpadas, conduce su rebaño, el sol en pleno cenit ilumina los prados, verdes y pululantes de yerba para que puedan pastar las miles y miles de ovejas, que el pastor contempla a una distancia prudente, orgulloso de su rebaño. Pero en eso, canta el gallo y el pobre tipo despierta a las 4:30 a.m. en su pobre jacal, que no es más que tres tejas a medio caerse; voltea al suelo, donde está su jícara rota, y toma con la mano una cucharada de agua mezclada con tierra, con la cual se enjuga la boca y se ayuda a despertar. Se levanta por su rebaño... ¿cuál rebaño? Dos pobres ovejas flacas, ñangas, macilentas y enfermizas, con dos hilos colgándoles, que se supone era la lana. Sale el pastor con ellas para que coman en el campo... un terreno seco, sombrío, el día nublado, el paisaje desértico, yermo, haz de cuenta Luvina; al fondo, un cerro de rocas de donde brotan dos yerbas secas, por las cuales se pelean las pobres ovejas hambrientas. En la cima de ese cerro se sienta el pastor, y comienza a implorar a los cielos:
─¡¿Dónde están mis miles de ovejas blancas?! ¡¿Dónde está mi rebaño rebosante?! ¡¿Dónde quedaron los verdes prados?! ¡¿Dónde están mis tiernos y alegres animales?!
Y el eco... se encogió de hombros.

Gustos

Era el examen oral de química de la preparatoria. El profesor ve fijamente a Teodomiro Agúndez y le pide que se levante.
―A ver, Agúndez. Póngase de pie.
Temblando, el muchacho obedece.
―Díganos ―continúa el docente―, ¿qué puede decirnos acerca del amoniaco?
―Bien... sí... pues... el amoniaco es... una sustancia. Sí, es una sustancia...
―¿Qué más?
―Una sustancia... líquida... dúctil...
―Muy bien... ¿qué más?
―Eh... de un color blanco amarillento...
―Continúe, continúe...
―Y... eh... agradable al olfato.
―¿Agradable al olfato? ¿Está usted seguro?
Llena la frente de sudor, el muchacho responde:
―Completamente, profesor.
―Ah, bien. Godínez, tráigale por favor al compañero Agúndez el frasco de amoniaco.
Godínez obedece y pone el frasco en las manos de Agúndez.
―Por favor, Agúndez ―solicita el profesor―, háganos el favor de aspirar una bocanada de amoniaco.
Agúndez obedece, y palidece al instante, se marea, los ojos se le ponen en blanco y es necesario que dos compañeros lo sostengan para que pueda mantenerse de pie. Con la náusea a tope, Agúndez se recompone. El profesor lo interroga.
―Entonces, ¿es el amoniaco agradable al olfato?
El persistente muchacho le responde, con un hilo de voz:
―Pues a mí me gusta...

Delantera

Conversan dos judíos:
―¿Has tomado un baño?
―¡¿Cómo?! ¿Me ha faltado alguno?

Atentado

Las almas hacen fila para entrevistarse con San Pedro, y entre ellas va la de Barack Obama. Le toca su turno, y San Pedro le pregunta.
―¿Cuál es su nombre?
―Barack Hussein Obama.
―Y, ¿qué hizo usted en la tierra para merecer entrar al Reino de los Cielos?
―Ah, pues yo fui el primer presidente negro de Estados Unidos.
―Muy bien. Déjeme confirmar.
Va entonces San Pedro a consultar las enciclopedias y los libros de historia, y no encuentra ninguna referencia al hecho. Entonces cree que aquél sujeto le quiere tomar el pelo. Regresa con su entrevistado, y le dice:
―Su nombre es, entonces, Barack Hussein Obama.
―Así es.
―Ajá. Y dice usted haber sido el primer presidente negro de Estados Unidos.
―Así es.
―Bien. ¿Y me quiere usted decir cuándo fue eso?
―Hace media hora.

Fiaca

Dos compadres veracruzanos están tendidos en la playa, uno bocarriba y otro bocabajo. En eso, pasa una avioneta. El que está bocarriba le dice al que está bocabajo:
―Mire, compadre. Una avioneta sobrevuela la playa.
Y el que está bocabajo replica:
―Dichoso tú que la puedes ver...

Argentinos

Discuten Ástor Piazzolla y Jorge Luis Borges:
―Yo soy el hijo de Dios.
―No, pibe, si yo soy el hijo de Dios.
―¿Vos? ¡Qué bah, che! Si es bien sabido que el hijo de Dios soy yo.
―Para nada... yo soy el hijo de Dios.
―Mirá, Jorge, ¿te parece si resolvemos este dilema? Le preguntamos al primero que pase quién de nosotros dos es el hijo de Dios, y problema resuelto. ¿Te parece?
―Mirá que has tenido una buena idea, Ástor.
En eso, enfrente de los dos pasa Julio Cortázar.
―¡Che Julio! Vení un momento y sacanos de una duda de una vez por todas. ¿Quién de nosotros dos es el hijo de dios?
Julio Cortázar responde:
―Che, no me metás en líos. Yo no tengo hijos.

Ego

¿Cuántas divas se necesitan para cambiar un foco?
Una, para que sostenga el foco y espere a que el mundo gire a su alrededor.

Psicología

¿Cuántos psicólogos se necesitan para cambiar un foco?
Ninguno. El foco tiene que cambiar por sí mismo.

Rinoplastía

La Caperucita judía visita a su abuela.
―Oye, abuelita, ¿por qué tienes esas manos tan grandes?
―Para abrazarte mejor.
―Ah. Oye, abuelita, ¿y por qué tienes esos ojos tan grandes?
―Para verte mejor.
―Ah. Oye, abuelita, ¿y por qué tienes esas orejas tan grandes?
―Para oírte mejor.
―Ah. Oye, abuela, ¿y por qué tienes esa nariz tan grande?
―¿Qué? ¿No te has visto en un espejo, pendeja?

Confusión

Teodomiro Agúndez, que aún no volvía de su asombro, le cuenta a su amigo.
―Oye, ¿qué crees que acabo de ver en la calle?
―¿Qué viste que vienes tan maravillado?
―Vi a un tipo... no me lo vas a creer... como de diez centímetros de estatura.
―¡¿Diez centímetros?!
―Sí, sí... diez centímetros. Con un traje maravilloso de plumas, que le quedaba perfectamente. Tenía además una especie de cucurucho en la boca, no sé para qué, y caminaba dando saltitos. Y en una de ésas, de repente da un salto insólito, y va a dar a la rama de un árbol.
―Oye... ¿y no habrá sido más bien un pájaro lo que viste?
―Ah, pues a lo mejor sí, ¿verdad?

Aprovechando

¿Por qué los judíos tienen la nariz tan grande?
Porque el aire es gratis.

Surrealismo

Italia, 1945. Terminada la segunda guerra mundial, el tema del racismo era delicado.
Un tren viajaba de Milán a Turín, cuando a mitad del camino se descompone. El conductor hace el siguiente anuncio a los pasajeros:
―Estimados pasajeros, debido a una falla mecánica imprevista, nos vemos obligados a detener la travesía. Esperamos sepan comprender la situación y les ofrecemos una disculpa por los inconvenientes que esto representa para ustedes. Trataremos de subsanar la situación a la brevedad para partir mañana a las siete de la mañana desde la estación ferrocarrilera. Mientras, les sugerimos buscar hospedaje en alguno de los pueblos que hay por esta campiña.
Raudos, los pasajeros, sin perder tiempo, abandonan la locomotora en busca de un lugar donde pasar la noche, pero uno de ellos se quedó dormido y no se enteró de la situación. Este hombre despierta cuando el cielo está oscuro y, desconcertado, busca al maquinista, quien lo pone al tanto de lo ocurrido.
―De modo, caballero, que le sugiero que se apure a buscar hospedaje, porque es posible que ya no haya.
El viajero, entonces, va de pueblo en pueblo, sin encontrar lugar disponible, hasta que en la última casa del más lejano poblado, una gentil posadera lo atiende.
―Sí, caballero, tenemos una habitación... pero es doble.
―Ah, no se preocupe: Le pago los dos lugares. Me urge un lugar para quedarme.
―Sí, pero... es que uno de los dos lugares está ocupado.
―Ah, bueno... mire, si es por mí, no tengo problema en compartir la habitación. Ahora que, si es una señorita la que le renta, comprenderé que...
―No, señor... sucede que alojo a un negro.
―Ah, no se preocupe por eso. Yo no soy racista. No tengo ningún problema.
―Pase entonces, caballero.
La posadera le enseña la habitación, pero descubren que el negro ya se ha dormido y ha apagado la luz. Para no despertarlo, hablan en silencio.
―Un favor solamente, señora.
―Lo que usted diga.
―Mire, mi tren sale mañana a las siete. ¿Sería mucha molestia si le pido que me despierte a las seis?
―No se preocupe. Cuente usted con ello. Yo me levanto a las cinco para ordeñar a las vacas.
Cuidadoso de no hacer ruido, el nuevo huésped se quita los zapatos y camina de puntillas, se desviste a oscuras y va al baño, donde se lava a oscuras también, para no despertar a su compañero de cuarto. Y se duerme.
Al día siguiente, a las seis, oye la voz de la posadera.
―Señor, señor... ya han dado las seis de la mañana.
―Ah, muchas gracias.
El viajero descubre que aún está oscuro y que el negro sigue dormido. Con el mismo cuidado y sigilo que la noche anterior, se viste y va al baño, sin prender ninguna luz. Ahí, a oscuras, se lava la cara, pero confunde el jabón en crema con el betún negro para los zapatos, y se lo unta por toda la cara. Sale del baño. El negro sigue durmiendo. A oscuras siempre, prepara su equipaje y sale en el mayor de los silencios. Al salir, se encuentra con la posadera, quien lo ve asombrada.
―¿Cuánto le debo?
―6,000 liras, caballero ―dice boquiabierta.
―Aquí tiene. Muchas gracias y buen día.
―Buen día.
En su camino del pueblo a la estación de ferrocarriles, toda la gente a su paso le fija la mirada al viajero, sin que éste le dé importancia. Llega a la estación, en donde todos, igualmente, voltean a verlo. Entonces ve su reloj y se da cuenta de que ha llegado antes de lo previsto, y decide recorrer la estación. De pronto, en uno de los andenes, ve un espejo. Lo contempla desconcertado, y exclama:
―¡Posadera pendeja! ¡Despertó al negro!

Radio

Teodomiro Agúndez quería ir a Londres, pero no sabía inglés. Entonces se puso a pensar cuál sería el método más eficaz para aprender dicho idioma.
―Harmon Hall... no, es muy caro. Inglés sin barreras... no, voy a terminar hablando como pocho. ¡Ah, ya sé! Voy a sintonizar por radio la BBC de Londres.
Orgulloso de su brillante idea, Agúndez va a la tienda de electrónicos y se compra su radio de onda corta. Sintoniza entonces la BBC de Londres, y se pasa todo el día oyendo la radio, tomando apuntes, repitiendo lo que escucha, durante una semana, dos semanas, tres semanas, un mes, dos meses, tres meses... hasta que al cabo de medio año siente que ya domina perfectamente el idioma. Entonces va a la agencia de viajes y compra su boleto a Londres.
El avión aterriza entre la neblina, y Agúndez, con una maleta en cada, mano, desciende feliz. Pero antes de visitar el Big Ben o el Támesis, antes de conocer la Torre de Londres o el Palacio de Buckingham, quiere demostrarles a los británicos que sabe hablar inglés. Entonces camina unas cuadras hasta que da con una tabaquería abierta, entra y le dice a la encargada:
―iiiiiiiiiiiiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuiiiiiiiiiiooooooooooooooooooooooooouuuuuuuuuuueeeeeeergshshshshshshshshshshhhhhhshshgrrrrrrrrrrrrrrrrrrriiiiiiiiiuiiiiiiiiiiiiouuuuuuuuuuuuuuuuuu…

(Es decir, reproduce vocalmente la interferencia. Es un chiste difícil de contar por escrito.)

Educación superior

El kenyano llega a Estados Unidos para hacer su examen de ingreso a la universidad. La entrevista complació grandemente a los sinodales, del mismo modo que el examen de conocimientos generales realizado por el inmigrante. Para concluir la entrevista, la supervisora de intercambio le pregunta:
―Bueno, ¿y en qué rama le gustaría estudiar a usted?
A lo que el kenyano responde:
―¡No, señorita! ¡Yo ya no quiero nada de estudiar en ramas! ¡Yo quiero un pupitre, como los blancos!

Esperanza

Primer acto: Sale la mamá de Barack Obama con tres meses de embarazo.
Segundo acto: Sale la mamá de Barack Obama con seis meses de embarazo.
Tercer acto: Sale la mamá de Barack Obama con nueve meses de embarazo.
¿Cómo se llamó la obra?
Un negro porvenir.

Reconocimiento

Dice George Bush en su última conferencia de prensa como presidente de Estados Unidos:
―¿Qué tiene de histórico lo de Obama? Si mi gobierno fue totalmente negro...

La dolce far niente

El paceño está en la sala de su casa, mientras su mujer lava los trastes de la comida. De pronto, el hombre pega un grito estruendoso:
―¡Vieja! ¡Pásame el antídoto contra veneno de alacrán!
Alarmada, la mujer da de alaridos mientras corre apresurada a la sala.
―¡¿Qué pasó viejo?! ¿Te picó un alacrán?
―No... pero ahí viene uno... míralo.

Ahorro

Discuten un jarocho y un regiomontano. Dice el jarocho:
―Pues nosotros acá en Veracruz ahorramos todo el año, todo el año... y nos lo gastamos todo en el carnaval.
A lo que el regiomontano responde.
―Ah, pues fíjese que allá en Monterrey nosotros hacemos lo mismo. Nada más que allá no hay carnaval.

Diplomacia

¿Por qué Margaret Tatcher no usaba zapatos de charol cuando se ponía falda?
Porque se le reflejaban los huevos.

Palenque

Era su primera quincena, y Teodomiro Agúndez se ha puesto eufórico, de modo que va al banco, retira todo, y se va a una cantina; bebe cuanto puede y se pone más eufórico. Sale de la cantina tambaleándose y decide ir al palenque, a donde nunca antes había ido. Presencia así una pelea de gallos y ve que la gente apuesta, y le entran ganas de apostar en la siguiente pelea, entre el pinto y el colorado. En busca de consejero, voltea hacia todos lados hasta que su mirada cae sobre un tipo vestido como entre Tin-Tan y Pedro Navaja, con el sombrero inclinado, bigote recortado, unas cadenas colgándole del chaleco, la colilla de un cigarro en la comisura de los labios y pasándose dinero de una bolsa a otra. Se le acerca y le pregunta:
―Disculpe, caballero, ¿sabe usted de gallos?
El hombre del sombrero apenas levanta la vista, se sonríe, y dice:
―¡Que si sé de gallos! ¡Que si sé de gallos! ¡Ja! Mira, muchacho, si no fuera por tu cara de simpático y porque me caíste bien, ya te habría puesto en el suelo de un solo golpe. Que si sé de gallos... ¡Claro que sé de gallos! Si de algo sé, es de gallos. Si a los gallos los conozco desde que eran huevos. ¡Claro que sé de gallos!
―Ah, qué bien. Y entonces, en la siguiente pelea, ¿a qué gallo debo apostarle?
―Pues mira... el bueno es el pinto.
―El pinto...
―El pinto es el bueno.
―Ah, bien. Muchas gracias, señor.
―Ándale.
Teodomiro Agúndez apuesta entonces el resto de su quincena al gallo pinto. Salen a la arena los dos gallos, y apenas los sueltan el colorado se le va encima al pinto que ni mete las manos, lo agarra a picotazos, a alazos, lo araña todo... y a los treinta segundos el gallo pinto yace degollado en el terreno de combate, y su sangre se esparce sobre la arena. Enojadísimo, Agúndez le reclama a su consejero:
―¡Oiga, caballero! ¿Pues no me dijo usted que el pinto era el bueno?
―Pues sí... el pinto era el bueno... Lo que pasa es que el colorado es un desgraciado...

¡Olé!

No era tiempo de elecciones y Consulta Mitofsky no tenía nada que hacer, de modo que se les ocurre hacer una encuesta acerca de quiénes creía la gente que eran los tres personajes más importantes de la historia universal. Un encuestador de pronto se encuentra con un gallego, y lo aborda de la siguiente manera:
―Disculpe, caballero, vengo representando a la empresa Consulta Mitofsky, y me gustaría saber si nos permite hacerle una sencilla pregunta.
―¡Claro, hombre! Si yo no tengo nada que ocultar. Usted pregunte.
―Muy bien. Nos gustaría saber, en su opinión, ¿cuáles son los tres personajes más importantes en la historia de la humanidad?
―Lo tre personaje má importante en la historia de la humanidá, me pregunta usté. Ya verá. Ponga atenció a lo que le vo a decir. Lo tre personaje má importante en la historia de la humanidá, son... Y ponga bien atenció, jovenzuelo. Son: Cagancho, el Manolete y Ervitti.
―¿Cómo dice usted?
―Sí, hombre. Que lo tre personaje má importante en la historia de la humanidá, son: Cagancho, el Manolete y Ervitti.
Desconcertado, el encuestador pregunta:
―Pero, caballero, ¿Y dónde deja usted a personajes como Napoleón, como Marx, como Einstein, como Pasteur?
Pensativo, el gallego cavila:
―¿Napoleó, dice usté? ¿Marr... Aistan... Paster...? No, hombre, fíjese que no los tengo presentes. Han de haber sido picadores.

*Otra versión del chiste, según la cual el encuestado es un economista, hace que éste afirme que los tres personajes más importantes de la historia de la humanidad sean Keynes, Blanchard y Stiglitz, en tanto que hace pasar a Napoleón, Marx, Einstein y Pasteur por contadores.

Hallazgo

Teodomiro Agúndez había bebido de más y deambulaba por las calles de la ciudad de México, tambaleándose, cuando de pronto se encuentra con un cadáver. En un arranque de prudencia, decide reportar el hallazgo a la policía, y hace uso de un teléfono público.
―Bueno... hic... ¿polecía...?
―Sí, la policía. Diga usted.
―Quiero reportar, hic, que me encontré a un hombre muerto.
―¿Cuál es su ubicación, caballero?
―Ah, pues estoy en la calle... Regggviggviggvigdillilledo...
―¿Cómo dice?
―Que estoy en la calle Virgirvirgirgirdilledo...
―Caballero, está usted ebrio, le ruego que no nos importune, tenemos trabajo que hacer.
Y la policía le cuelga al bienintencionado Agúndez, quien pronto vuelve a marcar.
―¡Polecía...!
―Diga usted...
―Hablo para reportar un muerto en la calle Regirvirgirllellilledo.
―¿Cómo dice?
―Que hay un muerto en la calle Girvirgirgirllilledo...
―Ah, es usted otra vez. Le ruego nos deje trabajar.
No pasan cinco minutos cuanto Agúndez llama de nuevo.
―¡Polecía! ¡Que hay un muerto en la calle... ay Dios... Revirgirgerdirgirlledo!
―Señor, está usted pasado de copas; le ruego que no nos distraiga, pues tenemos asuntos serios de los que ocuparnos.
Pasa media hora sin que suene el teléfono de la policía, cuando Agúndez vuelve a marcar.
―¡Polecía! Quiero reportar que hay un muerto, hic, en la calle, hic, Pino Suárez.
―Ah, muy bien caballero. ¿Ya ve cómo si nos habla en sobriedad sí le entendemos?
―Pues sí, hic... pero tuve que arrastrar al muertito por diez cuadras... hic...

*Nota: La calle en la que originalmente se encontraba el cadáver no era otra que Revillagigedo.

Robin Hood

Bosque se Sherwood, Inglaterra, siglo XIV.
Un pobre hombre va de regreso a casa, con la carreta vacía. Regresa de la feria, en donde vendió toda su mercancía. Con las ganancias dará de comer a sus hijos. De pronto, escucha un alboroto en los arbustos, al que no da importancia, y continúa su camino. Pocos metros más adelante, algo se mueve de nuevo entre los arbustos, y le brinca un tipo vestido de verde, con una pluma en el sombrero, el bigote incipiente, que saca el florete y coloca la punta de éste en el cuello del pobre aldeano, a quien increpa de aquesta manera.
―¡Deteneos, bellaco! ¡Yo soy Robin Hood, el azote de los ricos, la bendición de los pobres, los desamparados me besan la mano! ¡Así que dadme todo el dinero que tenéis, si no queréis que vuestros días terminen en la espesura de aqueste bosque!
―¡Pero Robin Hood! ―implora el aldeano― Si yo soy pobre, muy pobre. El dinero de lo que vendí en la feria es para darle de comer a mis hijos, para comprarle un vestido a mi esposa, para arreglar mi casa que se cae a pedazos...
―¡Nada, nada, granuja! ¡Que me deis el dinero que lleváis!
El pobre aldeano, temeroso de perder la vida, le da a Robin Hood su bolsa de dinero.
―Sabia decisión ―dice el héroe―-. Habéis salvado la vida, malandrín.
Y en diciendo esto, Robin Hood toma su liana, dispuesto a partir, cuando escucha el llanto del aldeano:
―¡Oh Dios, ¿qué haré ahora?! Soy pobre, estoy en la miseria... no tengo un solo doblón para dar de comer a mis niños... mi esposa anda en harapos, y mi casa no se sostendrá de pie en la temporada de lluvias. ¿Qué haré? ¡Qué pobre soy!
―Pero, ¿cómo? ―reacciona Robin Hood― ¿Acaso sois pobre?
―Sí, Robin Hood. Soy muy pobre.
―Ah, pues haberlo dicho antes. Tened aquí vuestra bolsa de dinero. Y es más, tened otra bolsa de dinero.
Eufórico, el aldeano exclama:
―¡De veras, Robin Hood!
―Por supuesto. Si yo soy Robin Hood, el azote de los ricos, la bendición de los pobres, los desamparados me besan la mano.
―Oh, muchas gracias. ¡Muchas gracias! ¡Soy rico! ¡Soy rico!
―¡Ah, con que sois rico! ¡Pues yo soy Robin Hood, el azote de los ricos, la bendición de los pobres...!

(El chiste continúa indefinidamente.)

Drama

Primer acto: El buen Teodomiro Agúndez ve el bóiler desde un lado.
Segundo acto: Teodomiro Agúndez ve el mismo bóiler, pero desde otro lado.
Tercer acto: Teodomiro Agúndez ve el mismo bóiler, pero ahora desde abajo.
¿Cómo se llamó la obra?
¿Y dónde está el piloto?

Bach

¿Cuál es el colmo de Johann Sebastian Bach?
Llamar a un plomero para que le arregle una fuga.

Fronteras

Concluida la segunda guerra mundial, la Unión Soviética delimita sus nuevas fronteras. Un comando del Ejército Rojo se encarga de estable los límites con Polonia. De pronto, un oficial increpa al teniente Korolenko:
―¡Teniente Korolenko!
―Dígame, oficial.
―Pues mire, ya trazamos en el mapa la línea divisoria. El problema es que la frontera pasa exactamente por aquella casa, en donde vive una viejita. ¿Qué hacemos, teniente? ¿Partimos la casa para trazar la frontera?
―¡No sea salvaje, oficial! ―le replica indignado el teniente Korolenko― ¡Nosotros no somos ningunos inhumanos! Vaya a la casa de aquella viejita y pregúntele dónde quiere vivir, si en Polonia, o en la gran Rusia, y depende de lo que le diga, mueva la frontera tantito para un lado, o tantito para otro.
Obediente, va el oficial con la viejita y le explica la situación:
―Mire señora, ocurre que estamos trazando la nueva frontera entre Rusia y Polonia; entre la Unión Soviética y Polonia. Pero la frontera pasa exactamente por su casa. Sin embargo, el teniente Korolenko, con la magnanimidad típica del carácter ruso, me ha mandado a preguntarle a usted dónde quiere vivir, si en Rusia o si en Polonia. Y en función de ello, trazaremos la frontera a uno u otro lado de su casa.
―Ay, joven ―dice la viejita―, ¿de verdad puedo elegir?
―Por supuesto, babushka. Ésa ha sido la instrucción. Que usted decida.
―Ay, joven, pues... no se vaya a ofender, pero... me gustaría vivir en Polonia.
―¿Perdón...? ¿En Polonia ha dicho usted?
―Sí, joven... en Polonia.
Desconcertado, el oficial vuelve con el teniente Korolenko y le da cuenta de lo sucedido.
―¿En Polonia dijo?
―Así es, teniente.
―Bueno, pues entonces muevan la frontera tantito para acá.
Desconcertado, el teniente Korolenko llama al oficial.
―Oficial, una cosa más. Vaya a la casa de la viejita e infórmele que ha quedado del lado polaco. Y pregúntele, ya que se va a entrevistar con ella, por qué prefirió estar del lado de Polonia.
―Como usted diga, teniente.
Va el oficial a la casa de la viejita, y le dice:
―Señora, sus deseos han sido cumplidos. Por instrucciones del teniente Korolenko hemos trazado la frontera de modo tal que su casa quedó del lado de Polonia.
―Ay, joven, pues muchas gracias.
―Sólo... si me permite una pregunta... ¿por qué eligió usted permanecer del lado de Polonia, y no en nuestra portentosa Rusia?
―Ay, joven... pues lo que sucede es que me han dicho que los inviernos en Rusia son muy crudos.

In Memoriam Juan Camilo Mouriño

En un avión viajan Felipe Calderón, Fernando Gómez Mont, Elba Esther Gordillo, Josefina Vázquez Mota, César Nava, Andrés Manuel López Obrador, Jesús Ortega, Mario Marín, Beatriz Paredes, Agustín Carstens, Manuel Bartlett, toda la Cámara de Diputados y toda la Cámara de Senadores. De pronto, choca ese avión. ¿Quién se salva?
¡El país!

Adivinanza

¿Qué tiene ojos y no ve, alas y no vuela, pico y no pica?
Un pájaro muerto.

Animales

¿Cuál es el animal que es dos animales a la vez?
El gato, porque es gato y araña.

Ciclismo

La prueba de ciclismo a contrarreloj en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92, por razones ajenas a la organización, tuvo que realizarse de noche. El entrenador del contingente gallego da las últimas instrucciones s sus pupilos:
―Miren, hombre... que cuando vean una luz frente a ustedes, seguramente es un vehículo, un coche... así que en cuanto la tengan frente a ustedes, háganse a un lado. ¿Entendido?
―¡Entendido, coach! ―exclaman los ciclistas. Y arranca la competencia.
Al día siguiente en la mañana va todo el contingente gallego a ver al Pacorro, que estaba en el hospital. Había chocado. Furioso, el entrenador le recrimina.
―¡Hombre! ¿Pero qué, no os dije que si veíais una luz en el camino, os hicierais a un lado?
―Sí, coach, eso me quedó muy claro... Lo que pasa es que vi dos, y me fui por en medio.

Cuba

El cronista de la primera carrera de lanchas de motor en veinte años en La Habana, Cuba, narra lo siguiente:
―¡La bandera a cuadros marca el inicio de la carrera! ¡La lancha número cuatro toma rápidamente la delantera, seguida de cerca por la lancha número siete, perseguidas por la número dos...! ¡La número cinco se acerca peligrosamente por la derecha mientras la lancha número ocho... la lancha número ocho...! ¿Qué le pasa a la lancha número ocho? ¡Epa! ¡Que se va pa’ Miami...!