Un gringo, un negro y un colombiano caminan por las calles de California, separadamente; sus distintos tránsitos los llevan por azar a la misma esquina, esquina en la que los tres ven la lámpara de Aladino, sobre la cual se lanzan. Con la disputa por la lámpara y el manoseo, ésta se activa y el genio que vive en ella emerge de la boquilla.
-¿Son ustedes los que me han liberado?
-Sí -contestan al unísono.
-Bueno, pues por haberme liberado, les concederé tres deseos: uno a cada uno.
El negro toma la palabra y dice:
-Yo quiero que todo mi pueblo volviera a su continente de origen, y allí vivan en paz, en la bonanza y en la felicidad.
-¡Concedido! -dice el genio.
Al instante desaparece el negro, y todos los negros de Estados Unidos vuelven a África, donde llevan una vida de reyes, en paz y con abundancia.
Entonces el colombiano dice:
-Yo quiero que todo mi pueblo volviera a sus países de origen, y allí vivan en paz, en la bonanza y en la felicidad.
-¡Concedido! -dice el genio.
Al instante desaparece el colombiano, y todos los latinoamericanos de Estados Unidos vuelven a sus países, a Colombia, a Venezuela, a Perú, a México, a Nicaragua..., donde llevan una vida de reyes, en paz y con abundancia.
Entonces el gringo dice:
-¿Eso quiere decir que en Estados Unidos ya no hay negros ni latinos?
-Así es -contesta el genio con voz profunda.
-Ah -dice el gringo-. Pues entonces quiero una coca-cola.
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mayo 18, 2011
marzo 25, 2009
El tercer deseo
Un ranchero sale a dar un paseo, cabalgando por sus tierras, cuando de pronto se tropieza con la lámpara de Aladino. La frota y sale liberado el genio, quien proclama lo siguiente:
―Por haberme liberado de la maldición de la lámpara, te concederé tres deseos.
―Bueno... caray... quiero que mi hacienda sea toda de oro.
―¡Concedido! Cuando regreses a tu hacienda, la encontrarás hecha de oro.
―Quiero también tener la pinta de Robert Redford en sus mejores tiempos.
―¡Concedido! Cuando vuelvas a tu hacienda y te veas al espejo, reconocerás a Robert Redford.
―Y quiero que mi órgano sexual sea como el de mi corcel.
―¡Concedido! Cuando vuelvas a tu hacienda y te quites los pantalones, verás la transformación.
Regresa entonces el hacendado a todo galope a sus propiedades, y todavía no llega cuando ve que algo refulge en el horizonte: es su hacienda de oro. Entra a su hacienda, corre al baño y al verse en el espejo, se ve idéntico a Robert Redford. Entonces se baja los pantalones y, sorprendido, exclama:―¡Puta madre! ¡Me llevé a la yegua!
―Por haberme liberado de la maldición de la lámpara, te concederé tres deseos.
―Bueno... caray... quiero que mi hacienda sea toda de oro.
―¡Concedido! Cuando regreses a tu hacienda, la encontrarás hecha de oro.
―Quiero también tener la pinta de Robert Redford en sus mejores tiempos.
―¡Concedido! Cuando vuelvas a tu hacienda y te veas al espejo, reconocerás a Robert Redford.
―Y quiero que mi órgano sexual sea como el de mi corcel.
―¡Concedido! Cuando vuelvas a tu hacienda y te quites los pantalones, verás la transformación.
Regresa entonces el hacendado a todo galope a sus propiedades, y todavía no llega cuando ve que algo refulge en el horizonte: es su hacienda de oro. Entra a su hacienda, corre al baño y al verse en el espejo, se ve idéntico a Robert Redford. Entonces se baja los pantalones y, sorprendido, exclama:―¡Puta madre! ¡Me llevé a la yegua!
febrero 04, 2009
Vodka
Los mujics estaban felices porque la cosecha de papa se les había dado bien. Hicieron entonces una fiesta para toda la comunidad, celebrando la bondad de la temporada para con ellos. En la casa del más viejo de los labradores rusos se celebró el festín con manjares, bebida y todo tipo de diversiones desde muy temprano, y con miras a que se prolongara hasta la noche. Finalmente, se lo merecían. Los primeros invitados empezaron a irse cuando empezó a oscurecer, y otros se quedaron hasta pasada la media noche. Los más resistentes, incluso amanecieron al día siguiente en la casa del viejo labrador, con una botella de vodka medio vacía en la mano.
Uno de éstos, de nombre Iván Denísovich, se ha despertado a las seis de la mañana con la cruda de su vida, mientras el sol se asomaba entre los montes. Sale de la casa dispuesto a ir a la suya propia, con un dolor de cabeza apenas soportable, cuando de pronto, tropieza. En el suelo, se medio incorpora y ve la piedra que lo hizo caer. Al acercarse, descubre que esa piedra es en realidad la lámpara de Aladino. Como Iván Denísovich era aficionado a la literatura árabe antigua, conocía la historia, y decide frotar la lámpara. De ella emerge, como es previsible, un genio.
─Iván Denísovich ─clama el ente nebuloso─, por haberme liberado del encierro de la lámpara, te concederé tres deseos.
El campesino ruso, incrédulo aún, voltea a su alrededor en busca de ideas que puedan sugerirle su primer deseo, cuando de pronto, en la lejanía, ve correr al caudaloso río Volga, ondulado, vigoroso, bañando los prados y los montes. Y le dice al genio:
─Genio, quiero que el río Volga sea todo de vodka.
─¡Concedido!
El genio desaparece y nada parece haber cambiado. El campesino se acerca entonces a la orilla del Volga, mete la mano para sacar líquido y se lo lleva a la boca. ¡Vodka! Dichoso, se sumerge en el río, bebe tanto vodka como le place, como nunca antes ha bebido, nada a contracorriente para que el vodka le llene la boca y así se pasa todo el día, hasta que en la noche lo vence el sueño y la embriaguez y se recuesta a un lado del río.
Al despertar, ve a su alrededor: La cosecha se ha malogrado y los mujics maldicen su suerte. Lo han perdido todo. Las vacas, famélicas y muertas de sed, apenas pueden incorporarse. Las plantas y los árboles alrededor del río se han quemado. Los peces han muerto y convulsionan en las márgenes del cuerpo de agua. Arrepentido, el campesino se lamenta.
─¡Por Dios! ¿Qué he hecho? Por mi placer personal, por mi egoísmo, he pedido que el río Volga sea de vodka sin pensar en las consecuencias. Pensé sólo en mí, y ello ha llevado a la perdición de mi comunidad, que tanto prosperaba. Las cosechas, los animales, los peces, los prados... todo, todo, todo... se ha arruinado...
Frota entonces la lámpara y aparece el genio nuevamente.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu segundo deseo?
─Sí, genio. He visto que mi egoísmo le ha costado a mi comunidad su prosperidad. Estoy arrepentido. Mira la desgracia que hay a mi alrededor. Quiero que el río Volga vuelva a ser de agua.
─¡Concedido!
Nada parece cambiar, de modo que el campesino se acerca a la orilla del Volga; mete la mano, saca un poco de líquido y lo prueba. ¡Agua! En ese instante las cosechas comienzan a reverdecer, los árboles vuelven a dar frutos, las vacas se ponen de pie y comienzan a beber agua del río, los peces que quedaban medio vivos regresan al cauce del río... La comunidad agradece que la maldición ha terminado y regresan a sus labores del campo, a rescatar la cosecha de papa.
El pobre Iván Denísovich, meditabundo, se va a lo más alto de un cerro. Y frota nuevamente la lámpara, de la que emerge, como de costumbre, el genio.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu tercer deseo?
─Sí, genio. Ay... con mi primer deseo, convirtiendo en vodka las aguas del Volga, casi acabo con el futuro de mi comunidad y la dejo en la miseria... ¡qué desperdicio de deseo! Con el segundo, con el que el caudaloso Volga volvió a llenarse de agua, regresé todo a la normalidad. ¡Qué desperdicio de deseo! No puede ser... ¡Dos deseos desperdiciados de la manera más absurda! ¡Genio! ...tráeme una botella de vodka...
Uno de éstos, de nombre Iván Denísovich, se ha despertado a las seis de la mañana con la cruda de su vida, mientras el sol se asomaba entre los montes. Sale de la casa dispuesto a ir a la suya propia, con un dolor de cabeza apenas soportable, cuando de pronto, tropieza. En el suelo, se medio incorpora y ve la piedra que lo hizo caer. Al acercarse, descubre que esa piedra es en realidad la lámpara de Aladino. Como Iván Denísovich era aficionado a la literatura árabe antigua, conocía la historia, y decide frotar la lámpara. De ella emerge, como es previsible, un genio.
─Iván Denísovich ─clama el ente nebuloso─, por haberme liberado del encierro de la lámpara, te concederé tres deseos.
El campesino ruso, incrédulo aún, voltea a su alrededor en busca de ideas que puedan sugerirle su primer deseo, cuando de pronto, en la lejanía, ve correr al caudaloso río Volga, ondulado, vigoroso, bañando los prados y los montes. Y le dice al genio:
─Genio, quiero que el río Volga sea todo de vodka.
─¡Concedido!
El genio desaparece y nada parece haber cambiado. El campesino se acerca entonces a la orilla del Volga, mete la mano para sacar líquido y se lo lleva a la boca. ¡Vodka! Dichoso, se sumerge en el río, bebe tanto vodka como le place, como nunca antes ha bebido, nada a contracorriente para que el vodka le llene la boca y así se pasa todo el día, hasta que en la noche lo vence el sueño y la embriaguez y se recuesta a un lado del río.
Al despertar, ve a su alrededor: La cosecha se ha malogrado y los mujics maldicen su suerte. Lo han perdido todo. Las vacas, famélicas y muertas de sed, apenas pueden incorporarse. Las plantas y los árboles alrededor del río se han quemado. Los peces han muerto y convulsionan en las márgenes del cuerpo de agua. Arrepentido, el campesino se lamenta.
─¡Por Dios! ¿Qué he hecho? Por mi placer personal, por mi egoísmo, he pedido que el río Volga sea de vodka sin pensar en las consecuencias. Pensé sólo en mí, y ello ha llevado a la perdición de mi comunidad, que tanto prosperaba. Las cosechas, los animales, los peces, los prados... todo, todo, todo... se ha arruinado...
Frota entonces la lámpara y aparece el genio nuevamente.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu segundo deseo?
─Sí, genio. He visto que mi egoísmo le ha costado a mi comunidad su prosperidad. Estoy arrepentido. Mira la desgracia que hay a mi alrededor. Quiero que el río Volga vuelva a ser de agua.
─¡Concedido!
Nada parece cambiar, de modo que el campesino se acerca a la orilla del Volga; mete la mano, saca un poco de líquido y lo prueba. ¡Agua! En ese instante las cosechas comienzan a reverdecer, los árboles vuelven a dar frutos, las vacas se ponen de pie y comienzan a beber agua del río, los peces que quedaban medio vivos regresan al cauce del río... La comunidad agradece que la maldición ha terminado y regresan a sus labores del campo, a rescatar la cosecha de papa.
El pobre Iván Denísovich, meditabundo, se va a lo más alto de un cerro. Y frota nuevamente la lámpara, de la que emerge, como de costumbre, el genio.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu tercer deseo?
─Sí, genio. Ay... con mi primer deseo, convirtiendo en vodka las aguas del Volga, casi acabo con el futuro de mi comunidad y la dejo en la miseria... ¡qué desperdicio de deseo! Con el segundo, con el que el caudaloso Volga volvió a llenarse de agua, regresé todo a la normalidad. ¡Qué desperdicio de deseo! No puede ser... ¡Dos deseos desperdiciados de la manera más absurda! ¡Genio! ...tráeme una botella de vodka...
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