Los once mil chistes
Si en vez de comentarios pueden dejar chistes... ¡mejor!
enero 20, 2012
Lewis Carroll meets Edgar Allan Poe
En que Edgar Allan Poe escribió sobre ambos...
What do a raven and a desk have in common?
Edgar Allan Poe wrote on both of them...
noviembre 21, 2011
La perspectiva
—Oye, Mike, ¿ya viste a esa niña que va saliendo?
—¡No inventes, Frank! ¿Qué te pasa? Por favor... debe tener unos doce años.
—Sí... pero se ve como de diez.
octubre 07, 2011
Chiste vietnamita
Kin'-Kon' con quinqué'n Cancún.
El niño
—¡Pues como mi papá!
—Ah. ¿Y cómo se llama tu papá?
—¡Pues como mi abuelito!
—Ah, muy bien. ¿Y cómo se llama tu abuelito?
—¡Pues como yo...!
El gato de Schrödinger
—Mira, Günther, te encargo mucho mi casa, mi gato y mi santa señora madre, eh. Me los cuidas mucho, Günther.
—Tú no te preocupes, Schrödinger, disfruta tus vacaciones que yo me hago cargo de todo.
—Bueno, lo dejo todo en tus manos, Günther. Sólo mantenme informado de las novedades. Mira, te dejo la dirección donde puedes localizarme, por cualquier cosa que se ofrezca. Me mandas una carta, un telegrama, lo que sea.
—Está bien, Franz, está bien, pero todo va a estar bien, ya lo verás.
Se va Franz de vacaciones y cuando llega al hotel, se encuentra en la recepción con que tiene ya una carta de Günther. Presuroso corre a su habitación, se instala, abre la carta... y la lee:
"¡Schrödinger, amigo mío! ¡Sucedió una tragedia! ¡Se murió tu gato! Sí, tu gato... ¡caput! Se subió a la azotea y no pude detenerlo; luego quise evitar que se acercara al borde, y no lo alcancé; después quise evitar que se arrojara desde el techo, pero fracasé en mi intento. Finalmente, cuando bajé al patio para rescatarlo, ya no respiraba. ¡Estaba ahí todo... despanzurrado! ¡Qué horrible trageida, Schrödinger! ¡Nunca me perdonaré por esto...!"
Schrödinger, al borde de la convulsión, se desespera, se pone triste, la cabeza le da vueltas, llora, grita, se lamenta, no sabe qué sucede... hasta que, con dificultad, asimila la noticia. Entonces le contesta la carta a Günther en los siguientes términos:
"Günther, es muy triste la noticia que me das y causó en mí un gran impacto. Te pido por favor que seas más cauto en tu forma de darme las noticias, para que me vaya yo previniendo. Por ejemplo, en un telegrma dime: 'Franz, tu gato subióse azotea'; en otro me dices: 'Franz, tu gato acercósa orilla'; en el siguiente, 'Franz, tu gato quiere saltar'; en otro: 'Franz, tu gato saltó azotea'; en otro 'Franz, tu cayó suelo'. Y en el último: 'Franz, imposible salvar vida gato. Condolencias'. Así, poco a poco, para que me vaya yo preparando. ¡Pero no me des tan bruscamente esas noticias tan tremendas".
Al cabo de un par de días, Franz recibe un telegrama de Günther, que dice: "Franz, tu madre subióse azotea"...
septiembre 04, 2011
mayo 18, 2011
Chiste gringo
-¿Son ustedes los que me han liberado?
-Sí -contestan al unísono.
-Bueno, pues por haberme liberado, les concederé tres deseos: uno a cada uno.
El negro toma la palabra y dice:
-Yo quiero que todo mi pueblo volviera a su continente de origen, y allí vivan en paz, en la bonanza y en la felicidad.
-¡Concedido! -dice el genio.
Al instante desaparece el negro, y todos los negros de Estados Unidos vuelven a África, donde llevan una vida de reyes, en paz y con abundancia.
Entonces el colombiano dice:
-Yo quiero que todo mi pueblo volviera a sus países de origen, y allí vivan en paz, en la bonanza y en la felicidad.
-¡Concedido! -dice el genio.
Al instante desaparece el colombiano, y todos los latinoamericanos de Estados Unidos vuelven a sus países, a Colombia, a Venezuela, a Perú, a México, a Nicaragua..., donde llevan una vida de reyes, en paz y con abundancia.
Entonces el gringo dice:
-¿Eso quiere decir que en Estados Unidos ya no hay negros ni latinos?
-Así es -contesta el genio con voz profunda.
-Ah -dice el gringo-. Pues entonces quiero una coca-cola.
febrero 06, 2011
"I see dead people..."
-Mamá, mamá... veo gente muerta...
-Sí, hijo, ya sé... pero a ver, dícelo a tu presidente...
enero 25, 2011
David Livingstone
-La ruleta senegales -le explica el líder de la tribu- consiste en poner a seis exploradores en fila, y seis mujeres negras de nuestra tribu, seis de las más buenas y voluptuosas de Senegal, se les arrodillan enfrente y les empiezan a mamar la verga.
-¿Y en qué consiste el juego y la adrenalina y el riesgo? -pregunta Livingston- Yo lo veo a toda madre.
-El juego consiste en que una de ellas es caníbal.
diciembre 08, 2010
El trato
―Didididididiscucucuculpe... ¿Cucucucucuánto me cococobra popopopor hacer una cacacacacama mamamamatrimonial...?
―Pues, le sale en unos tres mil pesos, señorita ―contesta el carpintero.
―¿Y si yo popopopopongo la mamamamamadera?
―¡No, pues entonces le sale gratis, mi reina!
diciembre 06, 2010
diciembre 01, 2010
Crawl
―¡¿Me quiere usted decir qué es esto?!
El mesero se asoma a la taza y responde:
―Es estilo mariposa.
noviembre 29, 2010
Location, location, location...
―Señora, pues... tengo los resultados de los análisis de su hija y... bueno... pues me temo que está embarazada.
―Ay, doctor, ¿está usted seguro?
―Señora, los análisis no mienten.
―Ay, doctor... pero... ¿cómo...?
―Pues, ¿qué quiére que yo le diga?
―Ay, Dios mío... pero... Oiga, doctor, ¿y no pudo haber ocurrido en un sanitario público?
―Pues sí, señora... sí... pudo haber sido ahí. Pero le aseguro que es muy incómodo.
octubre 27, 2010
octubre 01, 2010
La guerra de los pasteles
—Uta... ¡qué calor hace aquí!, ¿no?
Y el otro dice:
—¡Ah, no mames! ¡Un pastel que habla...!
Mala suerte con las mujeres
—No, pues la verdad es que nosotros los químicos, en particular, y los científicos, en general, tenemos mala suerte con las mujeres. Nuestro trabajo es muy absorbente, nos exige mucho, le dedicamos mucho tiempo... nuestras mujeres se sienten abandonadas y terminan yéndose con otros. De modo que nosotros los científicos tenemos muy mala suerte con las mujeres.
—Eso no es nada —dice Silvio Rodríguez—: Para mala suerte con las mujeres, nosotros los cantautores. Muchas se enamoran de nosotros, sí, quedan seducidas con nuestro arte, nuestra música, pero a los dos días nos abandonan y nos olvidan. Muchas nos llegan a querer, pero todas nos terminan rompiendo el corazón, y no tenemos más remedio que convertirlas en canciones. De modo que somos nosotros los cantautores los que realmente tenemos mala suerte con las mujeres.
—Nada de eso —dice José Emilio Pacheco—. Los que sí tenemos mala suerte con las mujeres, y vaya que tenemos mala suerte con las mujeres, somos nosotos los escritores: Casi todos somos casados...
agosto 28, 2010
Los hijos de Supermán
Porque son Supermancitos...
junio 08, 2010
El Calacas conoce a Drácula
Iba el Calacas en su Caribe '86 color azul cielo condiciendo en Transilvania, cuando le cae la noche y se ve perdido en un bosque en las afueras de la ciudad. Sigue conduciendo, perdido, cuando se le poncha una llanta y se baja a revisarla. Luego de emitir el diagnóstico sobre el neumático, va por la refacción y la llave de cruz para cambiarla. Cambiándola está cuando sobre su espalda, iluminada por un claro de luna, se proyecta la sombra del conde Drácula. El Calacas advierte la presencia y de inmediato voltea. Su rostro se ha puesto pálido. El aparecido se presenta:
—Yo soy...Drácula...
Sin saber qué hacer, el Calacas voltea hacia todos lados instintiivamente, cuando se da cuenta de que en su mano derecha tiene la llave de cruz. En ese momento la alza y se la enseña a Drácula. Drácula suelta una risotada:
—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¿Y tú crees, ingenuo mortal, que yo, ¡el conde Drácula!, le tengo miedo a la cruz...?
—¿Ah, no? —pregunta irónico el Calacas... en ese momento se lanza sobre Drácula y lo agarra a chingadazos con la herramienta, diciendo: —¡Pues toma, y toma, y toma, y toma...! ¡A ver si le vas teniendo miedo!
La cuerda
—Oye, Teodomiro.
—Dime, Eufemio.
—¿Y tú estás casado?
—¿Yo? Sí... yo estoy casado.
—Ah... ¿con una loca?
—No: con una cuerda.
—Ah. ¿Y dónde vive?
—En una guitarra...
mayo 14, 2010
Sondeo
-¿Y usted que le pediría al próximo presidente?
A lo que la trabajadora nocturna le responde:
-Pues... lo mismo que a todos, ¿no? $500 y el cuarto.
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Memorias
-Dorotea... he tomado una decisión.
-Muy bien, Teodomiro. Te felicito. Y, ¿qué decisión es ésa? -le pregunta ella.
-He decidido que voy a escribir mis memorias... Te acuerdas de algo...
La diferencia
-Esto es por cincuenta años de mal sexo.
Los dos viejitos vuelven a su contemplación, cuando de repente el viejito se voltea y le mete dos cachetadas guajoloteras a su esposa. Y le explica:
-Eso es por saber la diferencia.
mayo 04, 2010
El robo
-Sí, es verdad. Pero no fue a Shostakóvich, sino a Stravinsky. Y no fue su auto, fue su bicicleta. Y no se la robaron, se la compró.
-Ah...
mayo 02, 2010
Las Olimpiadas de las Putas
-¡Méloný!
Los jueces dan por bueno el resultado y la afición checa, pletórica de júbilo, corea el nombre de Zdenka Vlátskova, ondea banderas y canta el himno nacional checo.
Toca su turno a la gringa, que es penetrada con un mango, y luego de unos segundos exclama:
-¡Mangoe!
El público gringo explota en júbilo, gritan "iu-es-ei" y agitan banderas gringas.
Toca el turno a la brasileña, que es penetrada con una guanábana. La carioca responde:
-¡Graviola! (Guanábana en portugués.)
El público explota en alegría, tocan la batucada, bailan samba y cantan el himno de Brasil.
Va la mexicana, que es penetrada con un... con un... ¿kawe? ¿kiwe? ¿kowi...?
(EL QUE LEE O ESCUCHA EL CHISTE DICE:) -¡Con un kiwi!
(EL QUE CUENTA EL CHISTE DICE:) -¡Bravo, puta!
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Tercera edad
-Viejito... hazme el amor...
-El abuelo extiende la mano con la palma hacia abajo, y comienza a mover hacia arriba y hacia abajo, alternadamente, los dedos meñique, anular, medio e índice, haciando una especie de ola.
-¿Qué? -Replica la abuela-, ¿acaso me vas a hipnotizar?
-No, pendeja: ¡Escoge!
El vendedor más grande del mundo
-¿Es usted judío?
El judío, orgulloso de su origen, contesta:
-Sí, lo soy.
El gerente de Wal-Mart, al oír esto, cierra el fólder y le dice al entrevistado:
-Caballero, está usted contratado. Puede empezar usted a trabajar inmediantamente.
El judío, sorprendido ante tal reacción, dice.
-Muchas gracias, en verdad me honra usted, pero, ¿puede decirme a qué se debe su decisión tan súbita?
-Bueno, sucede que ya tenemos en nuestro equipo a un judío y ha reusltado un empleado ideal. Venga usted: sígame por este pasillo; al final encontrará una puerta, y ahí adentro, en ese cuarto, verá a su colega.
El judío anda el pasillo, abre la puerta, y encuentra al otro judío con un cliente:
-...pero si se va usted a llevar esos anzuelos, deberá usted también adquirir ¡esta magnífica caña de pescar! Resistente, bella, cuidada, única en su género y muy fuerte, porque usted, se ve, es un hombre que no va a andar pescando charales, sino esturiones...
-No sé -dice el cliente-, no estoy muy seguro...
-¿Cómo no? Si se nota su experiencia en el arte de la pesca. Y se nota que usted pescará no sólo un esurión, sino todo un cardumen de esturiones, para lo cual necesitará ¡esta magnífica red!
-No creo que sea lo más sensato -dice el cliente.
-¡Pero por favor! Si se nota inmediatamente el tipo de hombre que es usted: ¡Un pescador nato! Y estoy seguro de que usted no se quedará a pescar en las márgenes del río, sino que se irá a adentrando cada vez más para enriquecer su botín... para eso tenemos ¡Esta espectacular lancha motorizada!
-Pues no sé...
-Y como usted no se va a quedar solamente una hora o dos pescando, sino dos o tres días, ¡esta tienda de campaña es la ideal! Térmica, impenetrable, fácil de montar...
-Pero, ¿y cómo voy a transportar todo esto?
-Ah, pues para eso tenemos para usted... ¡Esta Chevrolet último modelo, cuatro caminos, de dimensiones astronómicas, útil para el campo y la ciudad, con la cual usted podrá hacerle ver al mundo quién es el mejor pescador de todos!
-¡Sí! -Exclama el cliente-. Tiene usted razón. ¡Me lo llevo todo!
Se completa la transacción, y el nuevo empleado judío se acerca al experimentado para decirle:
-Colega, me sorprende su habilidad para vender. El hombre venía por unos anzuelos, y usted terminó vendiéndole una caña, una red, una lancha, una tienda de campaña y un automóvil.
-Sí, muchas gracias, pero aquel hombre no venía por unos anzuelos.
-¿Ah, no? ¿Entonces?
-Venía por unos Tampax para su esposa. Pero le dije que como se le chingó el fin de semana, mejor se fuera de pesca.
abril 22, 2010
Una tortuga en el cine
-Dos para "Bastardos sin gloria", por favor.
-Caballero, me disculpa, pero aquí no está permitido entrar con animales.
Contrariado, Agúndez se vuelve a su casa. Horas más tarde se le ocurre una idea genial: se esconderá la tortuga en el pantalón, y cuando haya logrado entrar al cine, se abrirá la bragueta para que el quelonio pueda ver la película.
Eso hace y se encuentra nuevamente en la taquilla.
-Uno para "Bastardos sin gloria", por favor -dice nervioso.
Le expenden el boleto y entra. La sala está llena y Agúndez sólo encuentra un lugar al lado de una pareja; a su derecha, la mujer. Cuando nadie lo ve, Agúndez se baja la bragueta y saca la tortuga. Inquieta, la mujer que está a su lado le habla a su novio:
-Amor, el tipo que está a mi lado se abrió la bragueta y se le sale el pito.
-Mi vida -trata de calmarla el hombre, que sabe que la sala está llena-, a cualquiera le puede pasar que se le abra la bragueta y no se dé cuenta, y que se le salga por accidente el pito. Solamente no le hagas caso, no lo veas, y ya.
-Bueno... el problema es que su pito se está comiendo mis palomitas...
abril 19, 2010
Pepito conoce a los Locos Adams
Homero abrió una consultoría.
Pericles se fue de mesero.
Morticia regentó un prostíbulo.
Merlina se fue de mesera.
El tío Lucas agarró chamba de electricista.
Dedos se fue de asistente de ginecólogo.
Y Largo decidió usar la plaza de maestro que había heredado.
Llega el primer día de clases para Largo, y le toca el salón de Pepito. Entra al salón y se presenta:
-Buenos días, niños. Mi nombre es Largo.
A lo que Pepito responde:
-No se preocupe, maestro... tenemos tiempo...
40cm
-No se preocupe, Eufrosina mía, que con tal de yo casarme con usté, la pido a el señor su padre de usted.
Ahí van los dos a la casa Agúndez, cuando don Teodomiro descubre, escandalizado, que el pretendiente de su pequeña es de raza negra. Sin querer decirle a su hija que ese matrimonio es cosa que él no permitirá, le dice, estando Nicómedes presente:
-Hija, yo no voy a consentir que te cases con un hombre que no te pueda mantener.
Al escuchar esto, Nicómedes Yoruba interviene:
-Señó Agúndez, sépase usté que yo tengo propiedades en todo el país y en varias regiones del Caribe y Europa, que mis ingresos superan por mucho el promedio nacional y que mis negocios prosperan venturosamente.
Contrariado Teodomiro Agúndez, vuelve a dirigirse a su hija:
-Hija, yo no voy a permitir que te cases con un hombre cuya educación no sea correspondiente a la que hemos podido darte.
Nicómedes nuevamente interviene:
-Señó Agúndez, sépase usté, que yo tengo estudios en Lenguas Inglesas y Francesas Conremporáneas, una maestría en Economía y otra en Derecho Penal, siete especialidades en distintas áreas de la biología y las humanidades y dos doctorados, uno en Sociología y otro en Física Cuántica.
Por tercera ocasión, Teodomiro Agúndez arguye:
-Hija, yo quiero que tu vivas en un hogar honorable...
Nicómdes replica:
-Debe saber, caballero, que mi familia ha sido creadora de numerosas fundaciones que buscan proteger los derechos humanos, tenemos dos candidatos al Nobel de la Paz, nuestro apellido lo portan los más respetados diplomáticos del mundo y nuestras relaciones con todos los mandatarios e intelectuales del mundo son, además de frecuentes, altamente cordiales.
Sin saber ya qué decir, Teodomiro Agúndez espeta:
-Bueno, hija, yo lo que quiero es que tú seas feliz. Así que si el señor Yoruba no tiene un miembro de cuarenta centímetros, no consentiré esta unión.
A lo que Nicómedes Yoruba responde:
-Entérese, caballero, que si ésa es la condición que usted pone, estoy dispuesto a cortarme el miembro a la mitad.
El deforme
-¡Adiós, deforme!
El peatón lo ve fijamente, levanta el brazo izquierdo y palmeándose la axila de ese lado con la mano derecha, responde a su agresor:
-¡Chúpame los huevos!
El ciempiés
marzo 03, 2010
La confesión
—Mi amor, somos ya un matrimonio, pero me parece prudente que cada quien conserve sus secretos, así que los míos los voy a poner en una cajita. ¿Te parece bien?
—Ah, muy bien —dice el hombre—. Yo pondré los míos en un cajón del buró.
Pasan cincuenta años, y la mujer le dice al hombre.
—Mi amor, luego de cincuenta años de casados, creo que ya no tenemos por qué guardarnos secretos. Así que, ¿qué te parece si los dos nos mostramos lo que hemos ocultado durante cincuenta años?
—Ah, muy bien —dice el hombre—. Pero tú primero, porque tú fuiste la de la idea.
La mujer abre su caja de secretos y el hombre encuentra cartas de pretendientes y fotos de exnovios, y cigarros, algunas joyas, libros erótico y algunas flores marchitas.
—Mi amor, ahora quiero ver los tuyos —dice la mujer.
El hombre abre su buró de la cómoda, y la mujer ve ahí ocho pelotas de golf y treinta y dos dólares.
—¿Ocho pelotas de golf y 32 dólares? —pregunta la mujer— ¿Y eso qué quiere decir?
—Ah, es que por cada vez que te he sido infiel, he metido en el cajón una pelota de golf.
—Ah, pero ¿me has sido infiel? Bueno, a ver... bueno... ocho veces en cincuenta años no ha sido tanto. Pero, ¿y los 32 dólares?
—Es que cada vez que juntaba dieciocho pelotas de golf, las vendía a dólar.
Perspectivas
—Papá, tengo algo que decirte: estoy embarazada.
—¡¿Qué?! Pero, ¿cómo es posible, con la educación que te he dado? ¡Pero, ¿quién es el canalla que te ha deshonrado de esta manera?! ¡Tiene que hacerse responsable de sus actos!
—Ah, no hay problema; en este momento me comunico con él —la hija marca un número telefónico, y dice: —Ricardo, pues mi papá ya sabe que estoy embarazada. ¿Vienes para acá? ¿En cuanto tiempo? Ah, muy bien: te esperamos —y cuelga la hija—. Ricardo está aquí en veinte minutos.
Pasados los veinte minutos se escucha que un automóvil se estaciona afuera de la casa, y a los pocos segundos tocan el timbre. La muchacha le abre la puerta, y es Ricardo. El papá lo ve que llega en un BMW último modelo, edición limitada, de lujo, el hombre recargado en cadenas, aretes y esclavas de oro, un reloj Cartier, y los billetes saliéndosele de las bolsas de que no le caben. Ricardo toma la palabra, y dice:
—Señor, muy buena tarde. En efecto, su hija está embarazada, y yo soy el padre. Una noche la llevé a un hotel, y fue ahí que sucedió todo. Lamentablemente soy un hombre casado y no puedo contraer matrimonio con su hermosa hija, pero me haré responsable del cuidado de nuestro hijo. Si es hombre, abriré un fideicomiso para asegurar su futuro, de un millón de dólares para empezar, cantidad que se irá incrementando hasta la mayoría de edad del muchacho; le organizaré asimismo una fábrica y empresas de publicidad para que él la maneje cuando tenga la edad y los estudios, que yo pagaré, pertinentes para ello, y así no le faltará nada. Si es niña, abriré el mismo fideicomiso y pagaré sus estudios, y la obsequiaré para cuando sea mayor de edad una cadena de hoteles o de restaurantes, según ella prefiera, para que los administre y no le falte nada. Si son gemelos o trillizos, cada uno se verá beneficiado según las condiciones que ya he especificado. Ahora que si lamentablemente el producto se pierde...
—Ah no... si el producto se pierde, usted se la lleva otra vez al hotel...
diciembre 15, 2009
Navideño
-¡Teófilo! Este año no quiero cenar pavo. Quiero cenar conejo con caracoles.
-¿Conejo con caracoles? -Replica el otro-. ¿Y de dónde quieres que saque a esta hora unos caracoles?
-Ah, no sé... Ése es muy tu problema. Tú eres el proveedor de la casa, ¿no? Anda, pues ve y provéeme de unos caracoles.
-Caracoles a esta hora... Y en Navidad...
-Ándate para el Mercado de San Juan... Ese nunca cierra. ¡Nunca!
La discusión siguió más o menos así durante un rato, hasta que el Agúndez va al mercado, encuentra los benditos caracoles, vivos, y los compra. De recreso a su casa pasa por la célebre cantina "Las quince letras", y unis amigos lo ven:
-¡Agúndez! -le gritan-, ¿adónde?
-A mi casa, mano. Mi mujer me mandó a comprar caracoles para la cena.
-Uy, y que vas de mandilón. Anda, échate unos chupes con nosotros.
-No, que tengo que llegar.
-Unos tragos y mira, contigo somos cuatro y nos echamos el dominó...
La discusión siguió más o menos así durante un rato, hasta que Agúndez cede y entra a la cantina. Horas después se dio cuenta de que se le hizo tarde, se excusó rápidamente, dejó pagado su consumo, agarró la bolsa de caracoles y corrió a su casa como desesperado. Cuando llegó a la puerta de su casa, se dijo lo siguiente:
-En la madre... mi mujer ora sí me va a matar... Ve nada más la hora, y yo apenas llego con los caracoles, pero...
En eso estaba Agúndez cuando una brillante idea lo deslumbró.
Sacó entonces los caracoles de la bolsa, los puso en el suelo, afuera de su casa y los dejó a que medio reaccionaran. Entre tanto, se quitó el cinturón, tocó el timbre de su casa y cuando los caracoles empezaron a sacar sus cabezas de sus caparazones, cuando su mujer abrió la puerta y vio aquello, él exclamaba, azotando su cinturón contra el suelo:
-¡Órale, cabrones! ¡Apúrenle! ¡Muévanse y rápidito! ¡¿Qué no ven que ya pasan de las once?! ¡Órale...! ¡Aprieten el paso...!
noviembre 14, 2009
Obviedad
—A ver, niños, ¿cómo quedamos que se llaman las partes pudendas del ser humano?
—Se llaman destinos —contesta Pepito.
—¿Cómo? No, Pepito, no se llaman así.
—¡Claro que se llaman destinos, maestra! —contesta Pepito, seguro de lo que sabe.
—No, Pepito. En el hombre se llaman pene y testítulos, y en la mujer vagina.
—Por supuesto que no, maestra. Se llaman destinos —insiste Pepito.
—A ver, Pepito, ¿por qué dices que se llaman destinos?
—Ah, porque en el periódico, siempre que alguien se casa, dice: "Fulano y fulana juntaron sus destinos".
Jane y Tarzán
—Oye, Tarzán, ¿y qué hacías antes de que yo llegara a tu vida?
—Ah, pues iba a una casa de chitas.
noviembre 12, 2009
La que es pera, espera
-¿Hace mucho que espera?
Y ella le contesta:
-Sí, desde que nací.
Ramona Cabrera
—¡Ramona Cabrera! ¡Ramona Cabrera! ¡Ramona Cabrera!
Y nadie le hace caso. Pero él sigue gritando:
—¡Ramona Cabrera! ¡Ramona Cabrera! ¡Ramona Cabrera!
Poco a poco las vecinas comienzan a despertarse y encienden sus luces, mientras el borrachito sigue gritando:
—¡Ramona Cabrera! ¡Ramona Cabrera! ¡Ramona Cabrera!
Hartas del escándalo, las vecinas llamas a la policía, y un oficial se acerca al borrachito:
—Caballero, ¿qué es lo que usted pretende, si aquí no vive ningna Ramona Cabrera?
—¿Y eso a mí qué? —Replica el ebrio.
—¿Cómo que a usted qué? ¡Usted lleva dos horas gritando a todo pulmón "¡Ramona Cabrera!"!
—Ah caray, ¿yo llevo dos horas gritando "¡Ramona Cabrera!"?
—Así es —responde el policía —, usted lleva dos horas gritando "¡Ramona Cabrera!"
—Ah perdón —dice el borrachito, y grita entonces—: ¡Cabrona ramera!
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octubre 24, 2009
Michael Jackson
-Doctor, doctor, buenas tardes... vengo a que me extraiga los dientes de leche.
-Pero, señor Jackson -contesta el ortodoncista-, pero a su edad no tiene dientes de leche, no es necesario que se los extraigan.
-No, doctor, usted no me entiende. Lo que yo quiero es que me los extraiga de los testículos.
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octubre 09, 2009
Vía alterna
—Oye, ¿y faltará mucho para llegar al óvulo?
—Pues imagínate: Vamos apenas por la tráquea.
Contrabando
—Mira, vieja, pos’ mételo en una maleta y ya estuvo.
—¿En una maleta? ¡Pero cómo se te ocurre! Va a dejar la ropa toda maloliente y además mordisqueada... No, no, no... ahí no...
—Bueno, pues en el maletín, entonces.
—¿Pero cómo que en el maletín? Se va a asfixiar el animal, si apenas cabe nada ahí, y además el viaje es muy largo, ¿qué crees que va a comer? No, ahí no.
—Bueno... pues entonces ahí entre las bolsas que llevamos sueltas.
—¡Menos! Ahí se va a asomar y va a dar una lata y una movedera que todos se van a dar cuenta... No, ¿cómo se te ocurre?
—Mira, vieja... pues entonces no va a quedar de otra, y te vas a tener que esconder al zorrillo entre tus faldas.
—Pero ahora sí que te volviste loco... ¿Cómo crees que lo voy a esconder ahí? ¡Si está muy cochino y muy apestoso!
—¡Ah, pues que se aguante el animal!
El burro que era carro
“Ah jijo... ¿qué tendrá el carro?”, dice el hombre, que se baja a revisarlo y le tantea los dientes. No, pues la defensa no es”, dice, y le tantea los ojos. “Los faros tampoco”, dice, y le revisa los cascos. “Las llantas están bien”, dice, y procede a chocarle el rabo. “El escape está bien”, dice, “y le puse gasolina hace rato”, añade, recordando que le dio de comer al burro.
De repente el hombre se agacha, mira por debajo del burro y exclama:
—¡Ah, ya sé lo que le pasa! Se le zafó la flecha...
Disney World II
—Ay, mana... ¿qué crees que soñé anoche?
—Ay no sé, ¿pues qué soñaste que te ves tan contenta?
—Pues fíjate que soñé que iba a Disneylandia.
—¿A Disneylandia? —reclama el otro muerto de envidia.
—¡Sí, ¿tú crees?! Y vi a Mickey... a Daisy... a Tribilín... a Mimí... a Pluto... ay, si vieras lo simpático que es Pluto... Lo bien que me cayó.
—Ah sí... —reclama el envidioso—, pues tú sí que no vas a creer qué es lo que yo soñé.
—Ay, pues ¿qué soñaste, mana?
—Pues soñé que estaba en mi recámara y de repente que se me aparece Luis Miguel.
—Ah, sí... ¿Luis Miguel? —preguntó el primero, ahora también corroído por la envidia.
—Sí... y se me acercaba y me hacía ojitos... cuando de repente ¿qué crees?
—¿Qué?
—Que se me aparece Ricky Martin...
—¡¿Ricky Martin?! —Exclama el otro, muerto de la envidia.
—Sí, mana... y ahí estaban los dos peleándose por mí, cuando de repente se aparece Chayanne también, caído del cielo.
—Ay, loca... ¿y qué hiciste con esos tres, pendeja?
—Ay pues yo ya no podía con los tres peleándose por mí, estaban a punto de llegar a los golpes, cuando...
—Mira si eres mala amiga, me hubieras hablado para que te ayudara siquiera con uno.
—Ay, pues sí te hablé, estúpida, pero me dijeron que andabas para Disneylandia...
septiembre 02, 2009
Cruel
—¡Mira: mis papás me compraron tenis nuevos! ¡Y mira, también me compraron un balón de futbol! ¡Y mira, también me compraron carritos! ¡Mira, mira: también me regalaron un videojuego!
—¿Y qué, y qué? Yo no tengo cáncer...
Puerto
—¡Suelten las anclas! —dice uno.
—What do you say? —le contestan desde el buque— I can’t understand you!
—¡Que suelten las anclas!
—I can’t undersand!
Pronto se dan cuenta de que en el barco no hablan español y buscan a un estibador que hable inglés. Dan con él, y éste se dirige a los botes:
—Hey, there, do you speak English?
—Yes, we do!
—Ah... ¡pues que suelten las anclas!
El robo a la granja
—¿Y ahoda qué hacemos, Dodbedto?
—Pued vabos a saltadnos da barda.
Uno se apoya sobre el otro, y alcanza lo más alto de la barda.
—Ahoda, dime qué ves.
—Pued hay patos y vadios costades de maízd.
—¡Bdíncate! ¡Y pádzame un costad!
El ladrón se brinca y cae sobre un pato. El pato exclama:
—¡Cuac!
El otro ladrón contesta:
—¡Ed que dsea!
La generación perdida
—¡He recibido mi primer salario de mi primer trabajo! ¡Soy feliz, mi primer sueldo, mi primera paga! —y corre presuroso a su casa
En la calle toma un taxi y antes de que le indique al chofer adónde ir, otro tipo se sube al taxi, con una máscara de Blue Demon y una pistola.
—Mucho dinero, ¿no? —inquiere el asaltante— ¡Dame todo lo que tienes!
—No, señor... tenga piedad... es mi primer salario...
—¡Nada, nada...! ¡Tu dinero o disparo!
—Señor, compréndame... es mi primer trabajo, por favor...
—¡Tu dinero, dije!
—Señor, comprenda... no sabe lo difícil que es conseguir trabajo siendo recién titulado de abogado.
—¿Abogado? —se sorprende el ladrón— ¿Abogado dice usted?
—Sí... abogado.
—Y... ¿no será... de la UNAM?
—Sí, en efecto... de la UNAM.
El ladrón se quita la máscara, y sonriendo ampliamente le dice al joven:
—¡¿De qué generación, hermano?!
Breves
En el puerto se escucha el grito:
—¡Suelten amarras!
Y Marras los mordió a todos.
2.
—¡No pasen por el tope!
Y el “Tope” no fue a la fiesta.
3.
—Señor, ¿me da un helado?
—Sí. ¿De coco?
—¡Ay, no, qué miedo!
4.
—¡Cómete la sopa de fideo!
Y Fideo se quedó sin sopa.
5.
—¡Mamá, no me gusta la sopa con carne!
—Ay, niña... tú y tu lepra...
agosto 10, 2009
Hábitos
—No, fíjese... No está el doctor Heredia, pero está la doctora Jiménez, que es muy buena.
—¿La doctora Jiménez? ¡No, pero cómo cree! No, ¡cómo me va a pasar a revisión con la doctora Jiménez!
—No se preocupe, es una profesional y es de toda la confianza del doctor Heredia.
Después de unos minutos de discusión, Agúndez finalmente accede.
—Puede usted pasar con la doctora Jiménez.
Ya en el consultorio, la doctora Jiménez le indica:
—Señor Agúndez, por favor quítese los pantalones y recuéstese bocabajo sobre la plancha.
Agúndez obedece, y la doctora Jiménez inicia la exploración. Al cabo de unos minutos, la doctora le dice a Agúndez:
—Señor Teodomiro Agúndez, va a tener que dejar de masturbarse.
—Pero, ¿por qué?
—Porque lo estoy revisando...
Happy birthday...?
—¡Papá, papá! ¡Adivina cuántos años tengo!
—Ay, no sé, hijo... has de tener nueve años.
—No, papá... tengo diez.
Poco tiempo después, pasa su tío:
—¡Tío, tío! ¡Adivina cuántos años tengo!
—No sé, niño... has de tener como once.
—No, tío... tengo diez.
En eso, pasa la abuelita:
—¡Abuelita, abuelita! ¡Adivina cuántos años tengo!
La abuelita responde:
—A ver, niño, bájate los pantalones.
El niño se los baja y la abuelita empieza a amasarle los testículos.
—Tienes... tienes... tienes diez años.
—¡Sí, abuelita, sí! ¡Tengo diez años! ¿Cómo supiste?
—Porque escuché que le dijiste a tu tío...
Next...
—Pío.
Y el otro le contesta:
—Pues píe.
Haceros hinoxidables
—¿Cómo ves, Manolo? ¿Nos hacemos inoxidables?
Sólo que por eso sea
—Dígame, señora, ¿qué le ocurre?
—Pues verá, doctor, no sé qué le pasa a la criaturita que está muy flaca, muy desnutrida.
—A ver, señora, permítame revisarla. Haga favor de quitarse la blusa.
La viejita obedece y el doctor comienza a hacerle una exploración mamaria. Al cabo de unos instantes, le dice:
—No, señora... pero si usted no tiene nada de leche, no tiene cómo alimentar al niño, ¿cómo quiere que no esté así de flaco?
—No, doctor... es que yo soy la abuelita...
julio 21, 2009
Heal the world
—Señorita Fawcett, mire, usted en vidafue un símbolo sexual, pero a pesar de ello, después en su vida llevo un comportamiento ejemplar y acató a cabalidad las leyes del Señor, así que hemos decidido perdonarle aquella vieja incorrección, y podrá pasar al cielo. De modo que, además, le concedemos una última voluntad que se verá cumplida en la Tierra.
Farrah Fawcett, luego de reflexionar un poco, dice:
—Bueno, siendo así, yo quisiera que hubiera paz para los niños del mundo.
Minutos más tarde murió Michael Jackson.
julio 16, 2009
El rey de reyes
Un hombre atribulado llega con agitación al confesionario, donde encentra al padre, quien intenta calmarlo.
—¡Padre, padre!
—Calme, hijo... ten calma y cuéntame qué te mortifica.
—Padre... necesito saber... tuve una visión... dígame... ¿cómo es Dios?
—Bueno, hijo... la pregunta que me haces es... bueno, no es sencilla. Verás... Dios... Dios no es bueno... Dios no es malo; Dios no es hombre... Dios no es mujer; Dios no es negro... Dios no es blanco; Dios no es joven... Dios no es viejo...
—¡No..., padre! ¡Usted me está hablando de Michael Jackson!
Handicap
Es diciembre de 2006 y los equipos de los presidentes de México, el saliente Vicente Fox y el entrante Felipe Calderón, hacen una fiesta para celebrar, junto con sus gabinetes, la transición de gobiernos. Empiezan a beber de más y las bromas pesadas afloran. Alguien del gabinete de Calderón grita:
—¡Que Fox hable de literatura! —Y todos sueltan la carcajada.
En respuesta, un integrante del equipo de Fox propone:
—¡Que Carlos Abascal hable de equidad! —Y todos sueltan la carcajada.
Siguen bebiendo y las bromas empiezan a ser más pesadas. Alguien del equipo de Fox grita:
—¡Que Agustín Carstens juegue unas carreritas!
La respuesta del equipo de Calderón no se hace esperar:
—¡Que Gilberto Rincón Gallardo juegue volibol!
Y así, empezaron a hacer bromas cada vez más pesadas. Pero cuando estas personas demostraron que sí se llevaban pesado y que cuando querían ser crueles y despiadados podían llegar a serlo a niveles inimaginables y casi intolerables, fue cuando le pidieron a Felipe Calderón que jugara ajedrez...
Navidad en Cuba
Dos cubanos están en la víspera de Navidad recostados bocarriba en la playa de Bahía de Cochinos. De pronto, una ráfaga luminosa atraviesa el cielo, encima de los cubanos. Entonces uno le dice al otro:
—¡Mira, chico! ¡Papá Noé’!
—Y mamá tampoco...
Philips
Entra Teodomiro Agúndez a la tienda de electrodomésticos y se queda contemplando a los televisores. Se acerca un vendedor y le increpa de la siguiente manera:
—Disculpe, caballero, ¿hay algo en que pueda ayudarle?
—Sí, claro. Me interesa ese televisor de 42 pulgadas, pantalla plana, marca Pilips.
El vendedor, extrañado, corrige:
—No, caballero... es Filips.
—Ah, muy bien. Y, ¿qué precio tiene?
—Ese televisor tiene un precio de 1,475 dólares.
—¡Futa, qué caro!
Antisemita
¿Cuál es la diferencia entre un judío y una pizza?
Que la pizza no se queja cuando la meten al horno.
junio 25, 2009
¡Un chiste de paraguayos!
—Sí, dígame, caballero.
—Mire, señora... Verá. Yo soy paraguayo y he venido a ver a su hija para hacerle el amor.
—¡¿Para qué?!
—Paraguayo...
El vagabundo
—¡Catalina, ¿pero qué es esto?! ¿Cómo te atreves a mancillar mi honor? ¡Te voy a...!—Momento, Teodomiro, momento... Te voy a explicar. Mira, resulta que llegó este pobre hombre, mugroso y en harapos a la casa, y me dijo en tono suplicante: “Señora, ¿no tendrá un pan que me regale para comer?”. Entonces yo, compadecida, le di la cena que anoche no te comiste. Luego me dijo: “Señora, tengo frío, ¿no tendrá de casualidad una prenda vieja que me cubra del frío?”. Entonces yo le di el suéter que te regaló mi madre hace dos años y que nunca te has puesto. Le vi los zapatos, todos rotos, y le di los zapatos Stanford que nunca usas. Luego le pregunté que si no quería bañarse, y me dijo que sí; entonces lo hice bañarse con los jabones que te di en nuestro aniversario y que ni siquiera has desenvuelto. Y al salir, lo vestí con el traje gris Oxford que trajiste de Italia y que tienes arrumbado en el armario. Fue entonces cuando el pobre hombre me preguntó: “Disculpe, señora, ¿y no habrá alguna otra cosa que su marido ya no use...?”.
Migración
—Madre, me voy de la casa.
—Hijo, pero ¿por qué?
—Me voy a trabajar a Santiago.
—¿De qué?
—De Compostela.
Empleos
—Oiga, compadre, necesito un favor. Mire, mi hijo no quiere seguir estudiando, está todo el día de vago, y necesito que le consiga usted un empleo para que aprenda que la vida es difícil.
—Pues bueno, vamos a ver qué se puede hacer.
A los dos días, le habla el compadre:
—¡Compadre, ya le conseguí un empleo a su hijo! Es de asistente de un diputado, 60,000 pesos al mes, tres días a la semana...
—No, compadre, no... Yo quiero un empleo medio pinche, que se las vea negras mi hijo, que aprenda lo dura que está la cosa...
—Bueno, compadre, pues déjeme ver qué encuentro.
Dos días después le vuelve a hablar:
—A ver compadre, parea su hijo. Le encontré una chamba en la presidencia municipal, de asistente de un secretario, 35,000 pesos, de ocho a tres, su oficina...
—No, compadre... yo quiero que mi hijo aprenda, que vea que está cabrón... quiero que le consiga un empleo en donde lo exploten todo el día y gane como 6,000 pesos para que la vaya ahí medio llevando...—Íjole, compadre... ahora sí me la pone difícil... Es que para puestos como ésos necesita tener maestría o mínimo licenciatura...
Just married
—Mira, Gumaro... te lo voy a decir de una vez. Si llegas en la noche y me ves con el cabello agarrado, quiero que me hagas el amor dulcemente. Si me ves con el cabello suelto, es que quiero que me hagas el amor salvajemente. Y si estoy acostada, con los ojos cerrados, es que no quiero que me despiertes.
A lo cual Gumaro replica:
—Pues mira, si cuando llegas en la noche me ves en el sillón con una cerveza, te voy a hacer el amor dulcemente. Si me ves con seis cervezas, te voy a hacer el amor salvajemente. Y si me ves con más de seis cervezas y una botellas de tequila, no me va a importar cómo estés peinada.
Enanitos
—¿A quién mandamos ?¿A quién mandamos? —Se preguntan los enanitos.
—¡Pues a Tintín! —dice Perezoso, y todos están de acuerdo.
Pasa entonces Tontín con el papa, y los demás se quedan detrás de la puerta, escuchando. Tontín, ante el papa, le pregunta:
—Disculpe, Su Santidad... ¿hay monjas enanas?
—¿Monjas enanas? No, Tontín; no hay monjas enanas.
—Oh...
Entonces los otros seis enanitos se empiezan a morir de risa:
—¡Ja ja ja ja ja ja ja! ¡Tontín se cogió a un pingüino! ¡Ja ja ja ja ja ja!
In the jungle, the quiet jungle...
—¡Jirafa, deja esa mariguana y vente a correr conmigo!
La jirafa, convencida, deja el cigarro y corre detrás del conejo. Al poco tiempo se encuentran al chango inyectándose heroína. El conejo le dice:
—¡Chango, deja esa heroína y vente a correr con nosotros!
Convencido, el chango tira la jeringa y se pone a correr con el conejo y la jirafa. Al poco, se encuentran al tigre con unas tachas. El conejo le dice:
—¡Tigre, deja esas tachas y vente a correr con nosotros!
El tigre, convencido, los sigue. Al poco se encuentran al rinoceronte consumiendo LSD. El conejo le dice:
—¡Rinoceronte, deja ese ácido y vente a correr con nosotros!
El rinoceronte le hace caso y sigue al resto de los animales. Al poco se encuentran al jaguar consumiendo hongos. El conejo le dice:
—¡Jaguar, deja esos hongos y vente a correr con nosotros!
El jaguar se ve convencido y se va corriendo con toda la caravana de animales. Al poco tiempo se encuentran al cocodrilo aspirando cocaína. El conejo le dice:
—¡Cocodrilo, deja esa cocaína y vente a correr con nosotros!
El cocodrilo les hace caso y va detrás de ellos. Entonces se topan con el león, que está chemeándose. El conejo le dice:
—¡León, deja ese cemento y vente a correr con nosotros!
Entonces el león agarra al conejo con una de sus zarpas, lo araña, lo azota contre el suelo, lo golpea con un árbol, lo muerde... total que lo deja tumefacto y semi inconsciente. La jirafa, entonces, le reclama al león:
—¡León, ¿qué te pasa?! ¡No ves que el conejo se preocupa por nuestra salud!
—Pinche conejo —dice el león—, se mete éxtasis y nos pone a correr a todos...
My kingdom for a horse! II
—Cantinero, déme una cerveza por favor.
El cantinero, asombrado, se la sirve. El caballo se la bebe, y dice:
—Muchas gracias. ¿Me sirve otra, por favor?
El cantinero se la sirve. El caballo bebe, y dice.
—Muchas gracias —y se va.
Los parroquianos, que habían guardado absoluto silencio, comienzan a hablar. Uno le dice a otro:
—Oiga, compadre... ¿vio eso?
—¡Sí, compadre! ¡Se fue sin pagar!
junio 04, 2009
Capitalismo vs. Socialismo
En el capitalismo el hombre explota al hombre. Y en el socialismo es al revés.
Sana, sana...
-Caballero, ¿en qué puedo ayudarle?
Entonces, la rana contesta:
-¡No, doctor! ¡Si la del problema soy yo! ¿No ve que tengo almo-hombres?
junio 01, 2009
Preguntas y respuestas
—A ver, Pepito, dime: Si en un cable de luz hay diez pájaros, yo disparo un escopetazo y mato a tres, ¿cuántos quedan en el cable?
—Ninguno, maestra.
—Pero, ¿cómo que ninguno, Pepito? Si hay diez pájaros y de un disparo mato a tres, quedan siete. ¿Por qué dices que no queda ninguno?
—Porque los demás se espantan y salen volando.
—No, Pepito. Quedan siete. La respuesta es siete. Pero me gusta tu modo de pensar.
Termina la clase y al final del día Pepito se acerca a la maestra:
—Maestra, maestra... ¿puedo hacerle una pregunta?
—A ver, Pepito... dime.
—Si en la calle van tres mujeres, cada una con una paleta helada, una la va lamiendo, otra la va mordiendo y otra la va chupando, ¿cuál es la casada?
—Ay, Pepito... no sé... la que la va chupando.
—No, maestra. La casada es la que lleva el anillo. Pero me gusta su modo de pensar.
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Los hombres del maíz
—Veamos, señor Teodomiro Agúndez. ¿Qué es usted?
—Yo soy un hombre, doctor.
—¿No es usted un grano de maíz?
—No, doctor, para nada... No sé cómo llegué a creer eso.
—Ya ve. Los caminos de la locura son infinitos. Pero de cualquier modo, nos alegra que usted se haya recuperado gracias a nuestros tratamientos. Tenga usted su carta de liberación. Puede reincorporarse a la sociedad.
Agúndez va a su cuarto, hace sus maletas, le hacen una breve fiesta de despedida y sale a la calle. No pasa treinta segundos fuera del manicomio, cuando regresa.
—¡La puerta, la puerta! ¡Por favor, por el amor de Dioz, ábranme la puerta! ¡Una gallina, una gallina! ¡Allá afuera hay una gallina! ¡Ayúdenme... una gallina!
Alarmados los asistentes, le abren la puerta y Agúndez corre por los pasillos del manicomio hasta que entra de regreso a la oficina del director, gritando:
—¡Una gallina, una gallina!
—A ver, a ver... cálmese, Agúndez. ¿No habíamos quedado en que usted era un hombre y no un grano de maíz?
—Sí, doctor... Eso no es problema. Yo sé perfectamente que soy un hombre y no un grano de maíz. Pero... ¿lo sabrá la gallina?
Carnitas
—Dos de maciza, por favor.
—Cómo no, en seguida están. ¿Bien escogidita?
—Oh, te vale madre cómo venga, ¿no?
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Cuba
—Díceme, señor, ¿cómo ha sido su vida en la campo de Cuba bajo el nuevo régimen socialista?
—Mira, chico —contesta el campesino—, yo no me puedo quejar.
—¡Oh...! ¿Eso querer decir que usted llevar un modo de vida suficiente?
—No, chico, de ninguna manera. Eso quiere decir que si me quejo, me fusilan.
Pizzas
—Dos pizzas hawaiianas, por favor.
—En seguida, señor —dice el encargado, y pregunta—: ¿Familiares las dos?
A lo que el rapero contesta:
—No: son dos putas hambrientas.
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mayo 07, 2009
Un trato
—Hola, niñita... Mira... si me haces unos cariñitos acá abajo, te regalo un caramelo...
A lo que la mocosa replica:
—Hmmmm... ¿Y si me dejo coger me das toda la bolsa?
Preocupación
—Tengo sueño... pero todavía no se acaba, así que sosténmela con las dos manos, y cuando despierte le seguimos.
La prostituta obedece y le sostiene el miembro, que sigue estando erecto, siempre erecto, hasta que el viejo despierta. Y se echan la segunda sesión, al término de la cual Hipólito vuelve a tener sueño, y le hace la misma petición a su acompañante. Al cabo de media hora, Hipólito despierta y se echan una tercera sesión. A Hipólito lo vence nuevamente el sueño y le hace la misma petición a la prostituta. Tras la octava sesión, la prostituta, extrañada, le pregunta a Hipólito:
—Oye, Hipólito... una pregunta. ¿Me pides que te sostenga el miembro para no perder la erección?
—No, para nada... si me tomé un frasco entero de viagra. La erección me durará hasta que amanezca.
—Entonces, ¿por qué me pides que te sostenga el miembro con las dos manos mientras duermes y estás inactivo?
—Ah... para que no me robes la cartera...
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¡No me joda!
—¡Famidiades de don Dobedto Badeda! ¡Famidiades de don Dobedto Badeda!
Un hombre se levanta:
—Sí... aquí... familiar de Roberto Barrera.
—Puedz mide... Dobedto Badeda... ha muedto.
—¡No me joda!
—No... no mejoda, ni mejodadá...
¡Una boa!
—¡Mira, chico: una boa!
Y el otro dice:
—¡Pue’ que viva’ lo’ novio’!
Los premios
—Verá, señora... sí existe una solución... drástica, pero efectiva. Lo que tiene que hacer usted es atar al miembro del perro una correa, una cinta o un listón... de modo que cuando el perro ronque, usted lo jale, y apenas lo haga el perro se callará.
Atendiendo la mujer a las recomendaciones clínicas, va a la mercería y compra dos metros de listón... ¡y rojo!, para que no se le pierda. Esa misma noche, antes de dormir, ata un pedazo del listón rojo al miembro del perro. Su marido aún no ha llegado a casa. No pasa mucho tiempo cuando el perro comienza a dormirse, y ronca... la mujer entonces tira del listón y el perro, en automático, se calla y sigue durmiendo. Pocos minutos después llega el marido, que quién sabe dónde anduvo, y se duerme. Y empieza a roncar. La mujer, como es previsible, ata lo que le queda de listón al miembro de su marido, lo jala, y éste también se calla y sigue durmiendo. Y santo remedio. Pero a eso de las cuatro de la madrugada, al marido le dan ganas de ir al baño, y se levanta. El perro lo huele y, fiel, lo sigue hasta el baño. Ahí el hombre enciende la luz y cuando va a orinar descubre que tiene atado a su miembro un listón rojo. Extrañado, se dirige a su perro:
—Mira, Sultán, pero qué...
Y al dirigirse a él, descubre que su perro también tiene atado al miembro un listón rojo.
—Ah caray... pues quién sabe qué hicimos tú y yo esta noche, Sultán, pero nos llevamos el primer lugar...
Las ventajas del Alzheimer
—Oye, Tere... Pues es que tengo ganas de hacer el amor.
Pasa el Hipólito, hace lo que tiene que hacer, y se regresa a su cuarto. A los quince minutos, toca de nuevo en el cuarto de la Tere.
—Oye, Tere... pues es que tengo ganas de hacer cositas...
Sorprendida, Tere lo deja pasar, hacen lo que tienen que hacer, e Hipólito regresa a su habitación. Pero a los diez minutos vuelve a tocar en el cuarto de la Tere:
—Oye, Tere... Pues es que tengo ganas de... tú sabes...
Asombrada la mujer, lo deja pasar. El episodio se repita por cuarta, quinta, sexta... ¡octava vez!, hasta que la Tere le comenta al Hipólito:
—Mira, Hipólito, que de verdad me sorprendes... Fíjate que he conocido hombres que tienen la tercera parte de tu edad, y no aguantan tanto... y tú ya llevas ocho veces. ¿Cómo le haces?
A lo que el Hipólito replica:
—¿Qué, ya había venido?
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abril 23, 2009
Frutas
En que con ninguna de las dos se puede hacer jugo de toronja.
marzo 25, 2009
Destilación simple
―Ah, es muy sencillo. Traza usted una raya en el suelo. La atraviesa, y entonces estará usted de aquel lado. Basta con que la vuelva a atravesar para que esté usted “destilado”.
Coplas
―El gran general Rivera,
para celebrar su triunfo,
mandó comprarse un fo...
nógrafo de primera.
Cambio de hábito
―Por curiosidad, ¿cuál es si nombre? ―inquirió el representante.
―Rita. Pero en la orden de las Carmelitas soy conocida como sor Rita. Y ya estoy cansada de que me digan “sor Rita”.
Considerando la gravedad del asunto, el representante le informó que daría noticia del caso personalmente al papa, para que decida sobre la situación. No pasa una semana cuando sor Rita reciba una carta en la cual se le informa que el papa ha accedido a hacer la ceremonia del cambio del nombre, pero como ella no eligió su primer nombre, tampoco podrá elegir el nuevo, de modo que en una tómbola se pondrán todos los nombres femeninos del mundo y el papa en persona extraerá estocásticamente su nuevo nombre. Llega el día esperado, y toda la congregación está presente. Se resuelven los asuntos de la orden del día, y el último era el cambio de nombre de sor Rita. El papa inicia la ceremonia, revuelve la tómbola, saca un papel y dice:―Desde ahora usted dejará de ser sor Rita y será conocida por todo el mundo como ―el papa desdobla el papel sorteado, y exclama―: ¡Sor Raimunda!
El tercer deseo
―Por haberme liberado de la maldición de la lámpara, te concederé tres deseos.
―Bueno... caray... quiero que mi hacienda sea toda de oro.
―¡Concedido! Cuando regreses a tu hacienda, la encontrarás hecha de oro.
―Quiero también tener la pinta de Robert Redford en sus mejores tiempos.
―¡Concedido! Cuando vuelvas a tu hacienda y te veas al espejo, reconocerás a Robert Redford.
―Y quiero que mi órgano sexual sea como el de mi corcel.
―¡Concedido! Cuando vuelvas a tu hacienda y te quites los pantalones, verás la transformación.
Regresa entonces el hacendado a todo galope a sus propiedades, y todavía no llega cuando ve que algo refulge en el horizonte: es su hacienda de oro. Entra a su hacienda, corre al baño y al verse en el espejo, se ve idéntico a Robert Redford. Entonces se baja los pantalones y, sorprendido, exclama:―¡Puta madre! ¡Me llevé a la yegua!
Roman Polanksi
―Sergio ―dice la mujer―, haz algo para que se calle ese degenerado.
―Pero, ¿qué quieres que yo haga, Marta?
―No sé... tú eres hombre, haz algo.
El hombre se levanta y denuncia el hecho con la taquillera, quien se asoma a la sala y ve al sujeto retorcido en la butaca, y gimiendo sin parar.
―Ah, comprendo ―dice la joven―. Le avisaré al gerente.
Transcurre menos de un minuto y el gerente baja.
―Una pareja ―le informa la taquillera― se queja de que un sujeto está emitiendo unos gemidos impropios durante la proyección.
El gerente se asoma a la sala de cine y ve al sujeto.
―Ah... comprendo.
Se acerca cautelosamente al tipo, por detrás, sin ser visto, hasta ubicarse a su lado. El hombre no deja de gemir. El gerente le dice:
―Caballero, ¿podría mostrarme su boleto, por favor?
Sin dejar de gemir un solo instante, el hombre hace una contorsión, libera una de sus manos, la mete en su saco, saca el boleto y se lo muestra al gerente. El gerente examina el boleto, y dice:
―Caballero, pero éste es un boleto de palco.
Sin dejar de gemir, el hombre dice:―Sí... Me caí...
Cherry
―¿Cereza yo?
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Picasso
―Pues verá, maestro, es que yo creo que el arte debe retratar las cosas como son. En ello consiste la destreza, el desarrollo de la técnica. En imitar la realidad, la naturaleza. Y lo que usted pinta está muy lejos de asemejarse a la realidad. La fotografía, por ejemplo, retrata a la realidad tal cual es. Por ejemplo, mire ―dice el discípulo al tiempo que saca de su cartera una foto de su novia―: ésta es una foto de mi novia, y así es ella, exactamente.
Picasso toma la foto y la examina. Entonces pregunta:
―¿Exactamente así es tu novia?
―Sí. Exactamente así.
―Ah. Pues que chiquita y qué plana...
Vacas locas
―Oye, ¿y tú no tienes miedo de la enfermedad de las vacas locas?
Aquélla contesta:
―¿Y yo por qué... si soy cocodrilo?
febrero 23, 2009
Atila
―¡Atila! Qué bueno que vienes a la fiesta.
―Sí, hombre... No podía faltar si recibí tu invitación.
El general tracio hace una seña a los comensales y éstos siguen comiendo y bebiendo
―Qué bien, qué bien ―le dice el general a Atila―. Pasa, ponte cómodo.
―Muchas gracias, Godofredo.
―¿Te sirvo algo?
―Por el momento no, gracias. Estoy bien.
―Oye, ¿y trajiste amigos?
―Bueno... pues… traje hunos...
Borrachito
―Caballero, está usted detenido.
A lo que el borrachito responde.
―Muchas gracias, oficial... ya me iba yo a caer...
Raza superior
―¡Pero señor! ¡Cómo es posible que usted, en pleno día, en un vuelo en el que hay niños, esté viendo esas porquerías! Qué barbaridad... ¡Azafata! ¡Azafata!
Llega en eso la azafata:
―Diga usted, señora.
―Quisiera que me cambien de lugar ¡inmediatamente! No quiero estar al lado de este pervertido...
―En seguida buscaremos otro sitio para usted.
Y se va la azafata.
―Qué vergüenza... ―termina la mujer su perorata.
El hombre reacciona, cierra su revista y la guarda.
―Oh, señora, le ruego me disculpe. No me di cuenta de su presencia... Es que estaba yo abstraído en la lectura.
―¿Qué? ¿Pero qué dice usted? ¿Acaso a esas porquerías infamantes les llama usted lectura?
―Por supuesto, señora. Verá... Ocurre que yo soy sexólogo.
―¿Sexólogo? ―pregunta la mujer sintiendo que el hombre se burla de ella― ¿Pero acaso existe una profesión semejante?
―Por supuesto, señora, permítame decirle. Y es, dentro de la medicina, una de los campos más interesantes y respetados, la sexología. Claro que sí.
―Bueno... y me quiere usted decir, ¿qué estudia la sexología?
―Sí... claro... estudia muchas cosas. Estudiamos, por ejemplo, las enfermedades de transmisión sexual, los métodos para prevenirlas y tratarlas, las relaciones de pareja, las zonas erógenas del cuerpo, el comportamiento humano a partir de su instinto sexual... en fin... muchas cosas.
En ese momento regresa la azafata:
―Señora, ya tenemos otro lugar que puede usted ocupar.
―No... gracias... ya no es necesario... todo fue un malentendido. Muchas gracias ―y se retira la aeromoza.
―Por ejemplo ―continúa el hombre―, ¿se ha preguntado usted qué raza es la que tiene el pene más largo?
Llena de curiosidad, la mujer pregunta:
―No... no... nunca me lo había planteado de esa manera.
―Ah. Pues son los árabes.
―¿Los árabes? Oh, pero qué interesante.
―Y se ha preguntado usted, por ejemplo, ¿cuál es la raza que tiene el pene más ancho?
―No... no... nunca me lo había preguntado. Es muy interesante... Y, ¿cuál sería esa raza?
―Ah. Pues son los suecos.
―Los suecos... Oh, pues me ha dejado usted pasmada, señor...
―Doctor... doctor, por favor.
―Oh, disculpe, doctor... doctor...―Doctor Mohammed Johansen... para lo que se le ofrezca.
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Ética
―Por Dios... ¿qué hice? Hice el amor con mi paciente... ¡Qué cosa tan baja, tan detestable! ¿Dónde quedó mi ética profesional? ¿Mi seriedad? ¿La honra de mi trabajo? Oh, por Dios... Pero, después de todo... ¿quién no lo hace?...
Así cavilaba cuando en su hombro izquierdo aparece un diablito, quien le dice:
―Tú no te preocupes, hombre. Es algo que todos los médicos hacen. Además, te proporcionó placer, ¿no? Y a tu paciente igual. ¿Qué más da? Es más, en cuanto tengas otra oportunidad, hazlo otra vez.
Y en su hombro derecho aparece un angelito, que le dice:
―Recuerda que eres veterinario...
Plural
―Miren, muchacho’. Lo que hoy vamo’ a ve’ e’ muy importante para la formación de u’tede’. Le vey a enseñá’ la diferencia entre singulá’ y plural. Miren bien. Cuando u’tede’ dicen en singulá, e’ La calaca; pero cuando u’tede’ hablan en plural, e La’ calaca’. ¿Quedó claro?
Zapatero
―Disculpe, ¿se acordará usted de mí?
―No ―responde el zapatero―, ¿debería?
―Bueno, mire... Lo que sucede es que hace veinte años dejé aquí unos zapatos para que los reparara, y se me pasó el tiempo y no pude recogerlos. Mire, aquí tengo la factura... pagué un adelanto por el trabajo.
El zapatero revisa la factura y entra a su almacén. Al cabo de unos minutos, regresa con una caja de zapatos.
―A ver caballero, los zapatos de los que usted habla, ¿son unas botas cafés, del número siete, a las cuales había que arreglarles las suelas?
―¡Sí, sí! ¡Ésas exactamente!
―Bien... Pase por ellas el jueves.
febrero 14, 2009
Suspenso
―¡Señor Enrigue, es un placer leerlo y conocerlo! Yo soy su más grande admiradora... Me fascina su estilo, tu narrativa, sus recursos literarios... Me parece fascinante ese estilo que tiene usted de primero crear una atmósfera de suspenso... y luego dejar tres páginas en blanco...
Bouquet
―Por favor, un chateau saignant.
―Excelente decisión señor. Y, ¿para acompañar?
―Tráigame por favor un vino, tinto, por supuesto, un beaujolais, de la región de Lorena, cosecha 1979, del viñedo 14.
―Al instante, caballero.
Regresa al poco tiempo el mesero y le hace a su cliente la siguiente observación:
―Señor, nos ha de disculpar, pero no tenemos exactamente el vino que pide; pero tenemos, en cambio, uno de la misma cosecha, del mismo tipo, de la misma región, pero es del viñedo 15. ¿Lo apetece?
―¿Qué? Ah, no... no, gracias. Tráigame un vaso de agua.
―Pero, caballero ―se sorprende el mesero―, pero si el vino que le ofrecemos tiene el mismo cuerpo, el mismo tiempo de conservación... al momento de la cosecha las uvas las recogieron las mismas manos, los mismos pies de doncellas vírgenes pisaron las uvas, el sol golpeó igualmente a los viñedos, las lluvias les cayeron por igual... son acaso cien metros los que separaban al viñedo 14 del 15...
―Cien metros... ¿Cien metros le parece poco? Mire, le voy a decir algo. Una mujer tiene dos orificios de placer, dos orificios prodigadotes de los mayores placeres jamás conocidos por el hombre. ¿Usted me habla de cien metros de distancia? Yo le hablo de cuatro centímetros de distancia. ¡Cuatro centímetros! Y, sin embargo, el bouquet es muy distinto.
Lupe
―¿Qué va a querer, señor?
―Ah, un filete mignon, por favor.
Le traen el plateillo, el chef lo huele apenas, y deduce:
―La carne está un poco seca, la salsa que la baña más agria de lo necesario, le falta sal y tiene demasiado tomillo.
El camarero va con el chef que preparó el platillo y le dice:
―Disculpe, un cliente le hizo estas observaciones a su platillo.
Enfurecido, este segundo chef se plantea hacer para la próxima visita de aquel cliente un preparado irreconocible.
Al día siguiente, el primer chef se presenta en el restaurante.
―¿Qué va a ordenar el señor? ―le pregunta el camarero.
―Un fetuccini, por favor.
―¿Con alguna salsa en especial?
―La tradicional, bolognesa.
Le traen el platillo, apenas lo huele y dice:
―Bien... la pasta está un poco seca, no está al dente, debió hervir un minuto y medio más, tiene exceso de cebolla, y la salsa la prepararon con demasiado laurel, además de que para ella usaron dos botellas de vino abiertas con por lo menos doce horas de diferencia, lo cual afecta la consistencia del preparado.
Nuevamente, el camarero le hace notar al chef que preparó el platillo la observaciones del cliente; este chef, la próxima vez, hará un platillo imposible de reconocer.
Al día siguiente, el primer chef vuelve en plan de comensal.
―¿Desea algo el caballero? ―le pregunta el camarero.
―Probaré el pato a la naranja, por favor.
―En seguida.
Le traen el platillo, apenas lo huele, y concluye:
―Las naranjas del preparado están agrias, la carne reseca y el vino que le inyectaron para contrarrestar ese efecto es de poca calidad. El ave no se marinó lo suficiente y su uso de la albahaca es inadecuado e insuficiente.
Harto de las exigencias del cliente, el chef decide jugarle una treta. Al día siguiente, el primer chef vuelve al restaurante en plan de comensal.
―¿Qué va a ordenar el señor?
―Deseo un sirlón, por favor.
En la cocina, el chef del restaurante prepara el platillo, y se vuelve hacia la trabajadora de limpieza.
―¡Lupe! Necesito pedirte un favor.
―Diga usted.
―Mira, llegó con nosotros un cliente muy exigente y nos ha pedido una peculiaridad para su platillo. Mira... nos ha pedido que, por favor, pues... necesitamos que te pases este corte de carne por todo el cuerpo.
―¡Pero, señor...!
―Bueno, es la exigencia del cliente, uno de nuestros mejores clientes, y tú sabes que el cliente es primero.
Luego de amplias discusiones, la Lupe accede y se pasa el sirlón por todo el cuerpo, hecho lo cual el chef lo pone en el plato para que se lo lleven al comensal. Éste, cuando recibe en su mesa su orden, apenas la huele, y dice:―Le falta tomillo y... y... y... ¿Aquí trabaja Lupe?
febrero 09, 2009
La boda del Calacas
─¡Pégame!
Y el Calacas contesta:
─No...
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Fe
―¡Tenemos fe! ¡Tenemos fe! ―grita eufórico el charlatán, e insta a su público a que repita su lema. El público grita al unísono:
―¡Tenemos fe! ¡Tenemos fe!
El charlatán continúa con su monólogo:
―¡Y yo aquí, gracias al poder que me confiere el Señor, les voy a demostrar que con la sola fuerza de la fe es posible curar los peores males de la humanidad! ¡Usted, señor... el de las muletas! Repita conmigo: ¡Tengo fe!
―¡Tengo fe! ―repite el otro.
―Ahora, ¡tire una muleta! ―Y el hombre tira una muleta― ¡Tire la otra! ―Y el hombre tira la otra! ―¡Tenemos fe! ¡Tenemos fe! A ver, y usted, el gangoso, ¡diga algo!
Y observa el gangoso:
―¡Ya je caió ej de as mu’etas!
My kingdom for a horse!
―¿Qué pasó, amigo? ¿Por qué esa cara tan larga?
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El Calacas & friends
Dice el zoofílico.
―¡Ya sé! Nos cogemos al gato.
Dice el pirómano:
―Y luego le prendemos fuego.
Dice el Calacas:
―Y luego lo torturamos.
Dice el masoquista:
―Miau...
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Visconti
―Querida, pues la crisis ha empezado a afectarnos. Nos podríamos ahorrar lo del chef si aprendieras a cocinar.
La mujer, sin inmutarse, suelta una bocanada de humo y le contesta a su marido, con toda displicencia:
―Sí. Es verdad. Y nos podríamos ahorrar lo del chofer y lo del mayordomo si tú aprendieras a hacer el amor.
De familia
―Oye, Venancio, lo que le leído en este libro.
―Hombre, ¿pues qué has leído?
―Bueno, ¿y tú sabes quién ha inventado el automóvil?
―No, hombre. ¿Quién ha sido?
―Nada menos que Henry Ford...
―Mira nada más lo que son las cosas. Y su hermano Roque inventó el queso.
Zoo
Segundo acto: Aparece en escena el mismo hipopótamo con ocho meses de edad.
Tercer acto: Aparece el mismo hipopótamo con dos años de edad.
¿Cómo se llamó la obra?
Hipocresía.
George Bernard Shaw
―También nos gustaría, maestro Shaw, que pronunciara usted el discurso de bienvenida del almuerzo.
―Sí, encantado. Sólo que me voy a tener que ver en la necesidad de pedirle un favor.
―Lo que usted disponga, maestro.
―Mire, ocurre que yo nunca he estado en una comida nudista. Así que le ruego que si yo llego a decir o a hacer algo impertinente, me lo haga notar al instante.
―Por supuesto, maestro Shaw. Aunque estamos seguros de que no habrá necesidad.
Llega el día del almuerzo y están todos los beats desnudos; llega George Bernard Shaw, cuyo asiento en la cabeza de la mesa está reservado, y se dirige así a su público, mientras Allen Ginsberg está a su lado:
―Queridos colegas. Es un verdadero placer... ―y en ese momento, Ginsberg le da un codazo―. Perdón. Es un placer... ―y recibe otro codazo de Ginsberg―. Oh, lo siento. Es un gran honor... ―otro codazo―. Disculpen, disculpen... Es en realidad un honor... ―un codazo más por parte de Ginsberg.
En ese momento, Shaw se vuelve hacia Ginsberg, y le pregunta.
―Bueno... por favor... ¿en dónde estoy metiendo la pata?
―Pues la pata, quién sabe. Pero el pito, en la sopa.
El Calacas
―Calacas ―le dice uno de ellos―, dice el jefe que a este cabrón te lo encules.
―Órale. Ahí déjamelo. Me encargo.
Se van los tipos, y el hombre tumefacto empieza a volver en sí, abre los ojos, intenta incorporarse, y le implora al Calacas:
―Señor Calacas... ¡por el amor de Dios! ¡Apiádese de mí! ¡No me haga eso, por favor, no me lo haga! ¡¿Qué va a ser de mí, de mi dignidad?! ¡¿Con qué cara voy a volver a ver a mi mujer y a mis hijos a los ojos?! Si es usted creyente, por favor, tenga compasión...
El Calacas levanta la mirada, lo ve de reojo, y sigue arreglándose las uñas. A los pocos minutos regresan los dos tipos que trajeron al primer hombre, arrastrando a otro pobre diablo que se encuentra en las mismas condiciones que el primero.
―Calacas, a éste, dice el jefe que le cortes la lengua y las manos, para que no ande de soplón.
―Órale. Ahí déjamelo.
Se van los tipos, y regresan al poco rato, arrastrando a otro sujeto.
―Calacas, a éste, que le saques los ojos y le cortes la verga, para que no se ande metiendo con nuestras mujeres.
―Órale. Ahí déjamelo. Yo me encargo al rato de él. Hay mucha chamba hoy, ¿no?
―Sí, pues es lunes.
―Ah, mira.
Se van los tipos, y regresan con otro hombre, igual que los anteriores.
―Calacas, a éste, dice el jefe que lo partas en cachitos y te manda esta lista de sus familiares, que a cada uno le mandes una parte del cuerpo.
El Calacas toma la lista y la revisa.
―Órale. Ahí déjamelo. Al ratito me encargo. ¿Los envíos los hago por DHL?
―Sí, como quieras. Presentas la factura y te la reembolsamos.
―Órale.
Y se van los tipos. En ese momento se levanta el primero de los sujetos, y se dirige así al Calacas:
―Señor Calacas... Disculpe... No quisiera interrumpirlo, ¿verdad? Nada más para recordarle... No se vaya usted a confundir: Yo soy al que tiene que encular.
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febrero 04, 2009
Segundo acto
Segundo acto: Ay... ¡ya no hay telón!
Vodka
Uno de éstos, de nombre Iván Denísovich, se ha despertado a las seis de la mañana con la cruda de su vida, mientras el sol se asomaba entre los montes. Sale de la casa dispuesto a ir a la suya propia, con un dolor de cabeza apenas soportable, cuando de pronto, tropieza. En el suelo, se medio incorpora y ve la piedra que lo hizo caer. Al acercarse, descubre que esa piedra es en realidad la lámpara de Aladino. Como Iván Denísovich era aficionado a la literatura árabe antigua, conocía la historia, y decide frotar la lámpara. De ella emerge, como es previsible, un genio.
─Iván Denísovich ─clama el ente nebuloso─, por haberme liberado del encierro de la lámpara, te concederé tres deseos.
El campesino ruso, incrédulo aún, voltea a su alrededor en busca de ideas que puedan sugerirle su primer deseo, cuando de pronto, en la lejanía, ve correr al caudaloso río Volga, ondulado, vigoroso, bañando los prados y los montes. Y le dice al genio:
─Genio, quiero que el río Volga sea todo de vodka.
─¡Concedido!
El genio desaparece y nada parece haber cambiado. El campesino se acerca entonces a la orilla del Volga, mete la mano para sacar líquido y se lo lleva a la boca. ¡Vodka! Dichoso, se sumerge en el río, bebe tanto vodka como le place, como nunca antes ha bebido, nada a contracorriente para que el vodka le llene la boca y así se pasa todo el día, hasta que en la noche lo vence el sueño y la embriaguez y se recuesta a un lado del río.
Al despertar, ve a su alrededor: La cosecha se ha malogrado y los mujics maldicen su suerte. Lo han perdido todo. Las vacas, famélicas y muertas de sed, apenas pueden incorporarse. Las plantas y los árboles alrededor del río se han quemado. Los peces han muerto y convulsionan en las márgenes del cuerpo de agua. Arrepentido, el campesino se lamenta.
─¡Por Dios! ¿Qué he hecho? Por mi placer personal, por mi egoísmo, he pedido que el río Volga sea de vodka sin pensar en las consecuencias. Pensé sólo en mí, y ello ha llevado a la perdición de mi comunidad, que tanto prosperaba. Las cosechas, los animales, los peces, los prados... todo, todo, todo... se ha arruinado...
Frota entonces la lámpara y aparece el genio nuevamente.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu segundo deseo?
─Sí, genio. He visto que mi egoísmo le ha costado a mi comunidad su prosperidad. Estoy arrepentido. Mira la desgracia que hay a mi alrededor. Quiero que el río Volga vuelva a ser de agua.
─¡Concedido!
Nada parece cambiar, de modo que el campesino se acerca a la orilla del Volga; mete la mano, saca un poco de líquido y lo prueba. ¡Agua! En ese instante las cosechas comienzan a reverdecer, los árboles vuelven a dar frutos, las vacas se ponen de pie y comienzan a beber agua del río, los peces que quedaban medio vivos regresan al cauce del río... La comunidad agradece que la maldición ha terminado y regresan a sus labores del campo, a rescatar la cosecha de papa.
El pobre Iván Denísovich, meditabundo, se va a lo más alto de un cerro. Y frota nuevamente la lámpara, de la que emerge, como de costumbre, el genio.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu tercer deseo?
─Sí, genio. Ay... con mi primer deseo, convirtiendo en vodka las aguas del Volga, casi acabo con el futuro de mi comunidad y la dejo en la miseria... ¡qué desperdicio de deseo! Con el segundo, con el que el caudaloso Volga volvió a llenarse de agua, regresé todo a la normalidad. ¡Qué desperdicio de deseo! No puede ser... ¡Dos deseos desperdiciados de la manera más absurda! ¡Genio! ...tráeme una botella de vodka...
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Homenaje a san Francisco de Asís
─Disculpe, ¿qué tiene bueno para las moscas?
─DDT.
─¡No sea bruto! ¡Eso las mata!
Una noche en la ópera
Llega el domingo para el recién jubilado y no sabe qué hacer: Todos los domingos de su vida, desde que tenía 22 años, tocaba en la ópera. De pronto, tiene una idea:
─¡Voy a ir a la ópera! Pero voy como espectador. Por primera vez la veré desde los palcos.
Esa noche presentaban Carmen de Bizet, y el contrabajista invita a su esposa, y van juntos. Entran al teatro y el jubilado queda maravillado con la música que escucha, con la manera en que tocan sus excolegas contrabajistas. En el intermedio, decide ir a felicitarlos.
─¡Teodomiro! ¡Qué gusto verte por aquí!
─No, muchachos, el gusto es mío. Además, quiero felicitarlos. ¡Qué manera tan maravillosa de tocar!
─Muchas gracias, Teodomiro...
─No, es en serio. Ustedes se están llevando la noche... la gente les aplaude con desenfreno. Es más, ¿se acuerdan del acto II, el compás 128?
─¡Por supuesto! Lo sabemos de memoria...
─Bueno, pues ahí, donde nosotros hacemos: “Bom... bom... brrrrom... Bom... bom... brrrrom”, ¿saben cómo se oye desde el palco?
─No... no lo hemos oído nunca desde el palco. ¿Cómo se oye?
─Se oye: “Toréador, en garde! Toréador! Toréador!...”
Amén
─Oye, Teodomiro... corre un rumor. ¿Por qué te persignas en la calle después de haber estado con una prostituta?
─¿Persignarme yo? ─Pregunta Agúndez, sorprendido─ No, hombre. Lo que pasa es que hago una revisión: Me acomodo los lentes, me acomodo la hebilla del cinturón, checo el marcapasos, me aseguro de que mi cartera esté en el saco y me acomodo la dentadura postiza.
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Rorschach
─¿Qué ve usted aquí?
─Veo, doctor... ¡unos senos!
─Ah, muy bien. Y en esta otra, ¿qué ve?
─Veo, doctor... ¡unas nalgas!
─Ajá. Y en esta otra, ¿qué ve usted?
─¡Un pene erecto!
─Veo, veo... y... ¿aquí?
─¡Una vagina abierta!
─Ah... ¿y en esta otra?
─¡Un caballo echándose a un cerdo!
─Muy bien. Señor Agúndez, temo decirle que tiene usted una muy fuerte obsesión con el sexo.
─¿Yo, doctor? ¡Usted y sus dibujos obscenos!
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Brócoli
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene brócoli?
─¿Brócoli? No, conejo; no tengo brócoli.
─Ah, bueno. Gracias, señor. Disculpe, señor. Buenas tardes, señor.
A los quince minutos vuelve el conejo:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene brócoli?
─Que no, conejo. No tengo brócoli. Ya se me acabó.
─Ah, bueno. Gracias, señor. Disculpe, señor. Buenas tardes, señor.
Pasan diez minutos y regresa el conejo:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene brócoli?
─¡Que no tengo brócoli! ¡Entiende! ¡Se me acabó!
─Ah, bueno. Gracias, señor. Disculpe, señor. Buenas tardes, señor.
Quince minutos después, vuelve el conejo:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene brócoli?
─¡Oh, pues! ¡No, no tengo brócoli! ¡Ya lo vendí todo! Ven mañana, mañana me surten.
─Ah, bueno. Gracias, señor. Disculpe, señor. Buenas tardes, señor.
A los diez minutos, regresa el conejo:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene brócoli?
─¡Me lleva la chingada contigo, conejo! ¡No, no tengo brócoli, ya te dije mil veces que no tengo brócoli! ¡Y si te vuelves a parar en mi tienda pidiendo brócoli, te agarro por las orejas, te clavo en la pared y te dejo como Santo Cristo!
─Ah, bueno. Gracias, señor. Disculpe, señor. Buenas tardes, señor.
Pasan veinte minutos y regresa el conejo a la tienda. Se asoma, y entra con cautela. Entonces le pregunta al encargado:
─Buenas tardes, señor. Disculpe, señor, ¿tiene clavos?
─¿Clavos? No, no tengo clavos.
─Ah. ¿Y brócoli?
Caperucita
─¡Déjame ir, hada madrina!
─No, que estás muy chamaca todavía para esas cosas.
─¡Quiero ir al baile!
─¡Que no! ¡Que es el baile del príncipe y la Cenicienta tiene que ir, y ni modo que lleve chaperona!
Total, que se va la Cenicienta al baile, mientras la Caperucita le sigue insistiendo al hada madrina, hasta que le colma la paciencia.
─¡Ah, qué bien chingas! Está bien, te voy a dejar ir. Pero tienes que volver antes de la media noche, porque si no, ahí entre las piernas, aquello se te va a convertir en una mitad de melón.
─¡Gracias, hada madrina! ¡Te prometo regresar antes de la media noche!
Va la caperucita al baile y llega cerca de las 9:30, y ahí se encuentra a la Cenicienta.
─¡Caperucita, qué bueno qué viniste! Oye, ¿hasta qué hora vas a estar por acá?
─Pues yo creo que me voy temprano, porque si no, a las doce se me va a hacer una mitad de melón ahí donde tú sabes, y...
─Ah, no te preocupes, nos vamos juntas. Yo también tengo que volver antes de las doce.
Suenan las diez de la noche y aún no empieza el baile ni baja el príncipe, y la Caperucita empieza a desesperarse.
─No, yo creo que ya me voy, porque mira qué hora es y esto todavía no empieza.
─Espérate, esto es rápido.
En ese momento baja el príncipe, se hace la ceremonia de recepción y a las 10:30 empieza el baile.
─Ahora sí me voy, apenas van a bailar...
─No, que te esperes... nos vamos juntas.
Bailan las dos con el príncipe, cada cual en su oportunidad, y llaman para la cena a las 11:00.
─No, ora sí ya me voy, Cenicienta, mira la hora.
─Que no te preocupes, yo traigo carro, llegamos en diez minutos.
Sirven la cena, la Caperucita se apresura a comer, y cuando ve que han dado las 11:30, le anuncia a la Cenicienta:
─Ya me voy, ya me voy, ya es muy tarde...
─Espérate, que todavía falta el postre.
─El postre...
Sirven el postre, y para acabarla de joder, es melón.
─¡Melón! ¡Ay, Dios!
No ha empezado la Caperucita a comer su melón, cuando escucha unos ruidos como si un cerdo estuviera comiendo en su chiquero. Voltea, y encuentra que quien emite tales ruidos es el príncipe comiendo su melón. Ve al príncipe que le mete unos lengüetazos a su mitad de melón, mete la cara completa, la saca y se le ven los ojitos en blanco.
La Cenicienta, que ya había terminado su postre, le pregunta a la Caperucita.
─Oye, Caperucita, ¿Cómo a qué hora dices que te vas a ir?
─Pues... como a las dos o tres de la mañana, yo creo.
Luna de miel
─Amiga, ¿cómo te fue en tu luna de miel?
─Ay, muy bien, amiga, fue un viaje maravilloso.
─Y, ¿adónde fuiste?
─Eh... no me acuerdo.
─¿Cómo que no te acuerdas? ¿Hacía calor, era un lugar templado...?
─No me acuerdo...
─Pero, pero... ¿era un lugar con playa, con costa?
─No me acuerdo.
─¿Alguna iglesia, algún monumento...?
─No me acuerdo...
─Bueno, ¿pues de qué te acuerdas?
─Hm... El techo de la habitación del hotel era rosa.
Sentido contrario
─Un peligroso loco acaba de escapar del manicomio estatal, de modo que rogamos a todos los conductores que tengan mucho cuidado, pues este peligroso maniaco suele conducir en sentido contrario...
El radioescucha al volante ve hacia enfrente, y deduce:
─Ah, ¡pues todos están locos!
The Greatest
─Buenas tardes, padre.
─Buenas tardes, hijo. Cuéntame tus pecados y arrepiéntete.
─Bueno... es que... no vine precisamente por eso... es más bien que tengo una duda.
─Anda, hijo. Pregunta, entonces.
─Padre, ¿cómo es Dios?
─Ay, hijo... me pones en un predicamento... verás... Dios no es hombre... y tampoco es mujer. Dios no es blanco... y tampoco es negro. Dios no es bueno... y tampoco es malo...
─¡Padre! ¡Usted me está hablando de Michael Jackson!
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Rayos catódicos
─Oye, papá, ¿tú sabes cuáles son los rayos catódicos?
─Eh... ¿los rayos catódicos, hijo? Los rayos catódicos son... verás... Pues los rayos catódicos son Fernando de Aragón e Isabel de Castilla.
─Ah... Oye, papá, ¿y entonces cuáles son los reyes católicos?
─Los reyes católicos... Pues verás... Los reyes católicos son... Bueno, pues los reyes católicos son Melchor, Gaspar y Baltasar.
─Oye, papá, ¿y entonces quiénes son los reyes magos?
─Los reyes magos... Los reyes magos son... Ay, bueno, ya estás grandecito: Somos tu mamá y yo.
Búhos
─¡Ah, pero esto no se va a quedar así! ¡De ninguna manera! ¡Si Agúndez es un irresponsable! ¡No sabe hacer nada! ¡Ah, pero me va a oír! ¡Esto no se va a quedar así! ¡Voy a hacer que se meta su reporte por el culo!
En ese momento, su pequeño hijo de cinco años, oportuno como todos los niños, entraba a la sala.
─¿Qué dijiste, papá?
─Ah... hijo... este... ¡búho! Dije “búho”. Es que en la oficina vamos a comprar un búho.
─¡¿Un búho, papá?! ¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y los búhos se casan, papá?
─Sí, hijo. Los búhos se casan.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman las esposas de los búhos?
─Se llaman búhas, hijo.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Las búhas, papá. Oye papá, ¿y los búhos tienen hijos, papá?
─Sí, hijo. Los búhos tienen hijos.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman los hijos de los búhos, papá?
─Ah. Se llaman buhítos.
─¡Buhítos papá! ¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! ¡Los buhítos, papá! Oye, papá, ¿y los buhítos se casan, papá?
─Sí, hijo. Los buhítos se casan.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman las esposas de los buhítos?
─Se llaman buhítas, hijo.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Las buhítas, papá. Oye papá, ¿y los buhítos tienen hijos, papá?
─Sí, hijo. Los buhítos tienen hijos.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman los hijos de los buhítos, papá?
─Ah. Se llaman buhititos.
─¡Buhititos papá! ¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! ¡Los buhititos, papá! Oye, papá, ¿y los buhititos se casan, papá?
─Sí, hijo. Los buhititos se casan.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman las esposas de los buhititos?
─Se llaman buhititas, hijo.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Las buhititas, papá. Oye papá, ¿y los buhititos tienen hijos, papá?
─Sí, hijo. Los buhititos tienen hijos.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman los hijos de los buhititos, papá?
─Ah. Se llaman buhitititos.
─¡Buhitititos papá! ¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! ¡Los buhitititos, papá! Oye, papá, ¿y los buhitititos se casan, papá?
─Sí, hijo. Los buhitititos se casan.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman las esposas de los buhitititos?
─Se llaman buhitititas, hijo.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Las buhitititas, papá. Oye papá, ¿y los buhitititos tienen hijos, papá?
─Sí, hijo. Los buhitititos tienen hijos.
─¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! Oye papá, ¿y cómo se llaman los hijos de los buhitititos, papá?
─Ah. Se llaman buhititititos.
─¡Buhititititos papá! ¡Ay qué bonito, papá... qué bonito! ¡Los buhitititos, papá! Oye, papá, ¿y los buhitititititos...?
─¡Bueno, ya, chingá! ¡Dije “culo”!