Estaban Mario Molina, Silvio Rodríguez y José Emilio Pacheco en una cantina, y de repente dice Mario Molina:
—No, pues la verdad es que nosotros los químicos, en particular, y los científicos, en general, tenemos mala suerte con las mujeres. Nuestro trabajo es muy absorbente, nos exige mucho, le dedicamos mucho tiempo... nuestras mujeres se sienten abandonadas y terminan yéndose con otros. De modo que nosotros los científicos tenemos muy mala suerte con las mujeres.
—Eso no es nada —dice Silvio Rodríguez—: Para mala suerte con las mujeres, nosotros los cantautores. Muchas se enamoran de nosotros, sí, quedan seducidas con nuestro arte, nuestra música, pero a los dos días nos abandonan y nos olvidan. Muchas nos llegan a querer, pero todas nos terminan rompiendo el corazón, y no tenemos más remedio que convertirlas en canciones. De modo que somos nosotros los cantautores los que realmente tenemos mala suerte con las mujeres.
—Nada de eso —dice José Emilio Pacheco—. Los que sí tenemos mala suerte con las mujeres, y vaya que tenemos mala suerte con las mujeres, somos nosotos los escritores: Casi todos somos casados...
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octubre 01, 2010
febrero 14, 2009
Suspenso
En la firma de autógrafos de un conocido escritor, una mujer hace fila. Cuando toca su turno, presenta su ejemplar ante su autor favorito, a quien elogia de la siguiente manera:
―¡Señor Enrigue, es un placer leerlo y conocerlo! Yo soy su más grande admiradora... Me fascina su estilo, tu narrativa, sus recursos literarios... Me parece fascinante ese estilo que tiene usted de primero crear una atmósfera de suspenso... y luego dejar tres páginas en blanco...
―¡Señor Enrigue, es un placer leerlo y conocerlo! Yo soy su más grande admiradora... Me fascina su estilo, tu narrativa, sus recursos literarios... Me parece fascinante ese estilo que tiene usted de primero crear una atmósfera de suspenso... y luego dejar tres páginas en blanco...
febrero 09, 2009
George Bernard Shaw
El gran George Bernard Shaw fue invitado un día por Allen Ginsberg a un almuerzo nudista, que se verificaría en casa de William S. Burroughs, al cual asistiría como invitado de honor de los jóvenes beats. Luego de varias horas de insistencia de Ginsberg, Shaw accedió.
―También nos gustaría, maestro Shaw, que pronunciara usted el discurso de bienvenida del almuerzo.
―Sí, encantado. Sólo que me voy a tener que ver en la necesidad de pedirle un favor.
―Lo que usted disponga, maestro.
―Mire, ocurre que yo nunca he estado en una comida nudista. Así que le ruego que si yo llego a decir o a hacer algo impertinente, me lo haga notar al instante.
―Por supuesto, maestro Shaw. Aunque estamos seguros de que no habrá necesidad.
Llega el día del almuerzo y están todos los beats desnudos; llega George Bernard Shaw, cuyo asiento en la cabeza de la mesa está reservado, y se dirige así a su público, mientras Allen Ginsberg está a su lado:
―Queridos colegas. Es un verdadero placer... ―y en ese momento, Ginsberg le da un codazo―. Perdón. Es un placer... ―y recibe otro codazo de Ginsberg―. Oh, lo siento. Es un gran honor... ―otro codazo―. Disculpen, disculpen... Es en realidad un honor... ―un codazo más por parte de Ginsberg.
En ese momento, Shaw se vuelve hacia Ginsberg, y le pregunta.
―Bueno... por favor... ¿en dónde estoy metiendo la pata?
―Pues la pata, quién sabe. Pero el pito, en la sopa.
―También nos gustaría, maestro Shaw, que pronunciara usted el discurso de bienvenida del almuerzo.
―Sí, encantado. Sólo que me voy a tener que ver en la necesidad de pedirle un favor.
―Lo que usted disponga, maestro.
―Mire, ocurre que yo nunca he estado en una comida nudista. Así que le ruego que si yo llego a decir o a hacer algo impertinente, me lo haga notar al instante.
―Por supuesto, maestro Shaw. Aunque estamos seguros de que no habrá necesidad.
Llega el día del almuerzo y están todos los beats desnudos; llega George Bernard Shaw, cuyo asiento en la cabeza de la mesa está reservado, y se dirige así a su público, mientras Allen Ginsberg está a su lado:
―Queridos colegas. Es un verdadero placer... ―y en ese momento, Ginsberg le da un codazo―. Perdón. Es un placer... ―y recibe otro codazo de Ginsberg―. Oh, lo siento. Es un gran honor... ―otro codazo―. Disculpen, disculpen... Es en realidad un honor... ―un codazo más por parte de Ginsberg.
En ese momento, Shaw se vuelve hacia Ginsberg, y le pregunta.
―Bueno... por favor... ¿en dónde estoy metiendo la pata?
―Pues la pata, quién sabe. Pero el pito, en la sopa.
enero 30, 2009
Argentinos
Discuten Ástor Piazzolla y Jorge Luis Borges:
―Yo soy el hijo de Dios.
―No, pibe, si yo soy el hijo de Dios.
―¿Vos? ¡Qué bah, che! Si es bien sabido que el hijo de Dios soy yo.
―Para nada... yo soy el hijo de Dios.
―Mirá, Jorge, ¿te parece si resolvemos este dilema? Le preguntamos al primero que pase quién de nosotros dos es el hijo de Dios, y problema resuelto. ¿Te parece?
―Mirá que has tenido una buena idea, Ástor.
En eso, enfrente de los dos pasa Julio Cortázar.
―¡Che Julio! Vení un momento y sacanos de una duda de una vez por todas. ¿Quién de nosotros dos es el hijo de dios?
Julio Cortázar responde:
―Che, no me metás en líos. Yo no tengo hijos.
―Yo soy el hijo de Dios.
―No, pibe, si yo soy el hijo de Dios.
―¿Vos? ¡Qué bah, che! Si es bien sabido que el hijo de Dios soy yo.
―Para nada... yo soy el hijo de Dios.
―Mirá, Jorge, ¿te parece si resolvemos este dilema? Le preguntamos al primero que pase quién de nosotros dos es el hijo de Dios, y problema resuelto. ¿Te parece?
―Mirá que has tenido una buena idea, Ástor.
En eso, enfrente de los dos pasa Julio Cortázar.
―¡Che Julio! Vení un momento y sacanos de una duda de una vez por todas. ¿Quién de nosotros dos es el hijo de dios?
Julio Cortázar responde:
―Che, no me metás en líos. Yo no tengo hijos.
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