-Oye, ¿es verdad que a Shostakóvich le robaron su auto?
-Sí, es verdad. Pero no fue a Shostakóvich, sino a Stravinsky. Y no fue su auto, fue su bicicleta. Y no se la robaron, se la compró.
-Ah...
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mayo 04, 2010
febrero 04, 2009
Vodka
Los mujics estaban felices porque la cosecha de papa se les había dado bien. Hicieron entonces una fiesta para toda la comunidad, celebrando la bondad de la temporada para con ellos. En la casa del más viejo de los labradores rusos se celebró el festín con manjares, bebida y todo tipo de diversiones desde muy temprano, y con miras a que se prolongara hasta la noche. Finalmente, se lo merecían. Los primeros invitados empezaron a irse cuando empezó a oscurecer, y otros se quedaron hasta pasada la media noche. Los más resistentes, incluso amanecieron al día siguiente en la casa del viejo labrador, con una botella de vodka medio vacía en la mano.
Uno de éstos, de nombre Iván Denísovich, se ha despertado a las seis de la mañana con la cruda de su vida, mientras el sol se asomaba entre los montes. Sale de la casa dispuesto a ir a la suya propia, con un dolor de cabeza apenas soportable, cuando de pronto, tropieza. En el suelo, se medio incorpora y ve la piedra que lo hizo caer. Al acercarse, descubre que esa piedra es en realidad la lámpara de Aladino. Como Iván Denísovich era aficionado a la literatura árabe antigua, conocía la historia, y decide frotar la lámpara. De ella emerge, como es previsible, un genio.
─Iván Denísovich ─clama el ente nebuloso─, por haberme liberado del encierro de la lámpara, te concederé tres deseos.
El campesino ruso, incrédulo aún, voltea a su alrededor en busca de ideas que puedan sugerirle su primer deseo, cuando de pronto, en la lejanía, ve correr al caudaloso río Volga, ondulado, vigoroso, bañando los prados y los montes. Y le dice al genio:
─Genio, quiero que el río Volga sea todo de vodka.
─¡Concedido!
El genio desaparece y nada parece haber cambiado. El campesino se acerca entonces a la orilla del Volga, mete la mano para sacar líquido y se lo lleva a la boca. ¡Vodka! Dichoso, se sumerge en el río, bebe tanto vodka como le place, como nunca antes ha bebido, nada a contracorriente para que el vodka le llene la boca y así se pasa todo el día, hasta que en la noche lo vence el sueño y la embriaguez y se recuesta a un lado del río.
Al despertar, ve a su alrededor: La cosecha se ha malogrado y los mujics maldicen su suerte. Lo han perdido todo. Las vacas, famélicas y muertas de sed, apenas pueden incorporarse. Las plantas y los árboles alrededor del río se han quemado. Los peces han muerto y convulsionan en las márgenes del cuerpo de agua. Arrepentido, el campesino se lamenta.
─¡Por Dios! ¿Qué he hecho? Por mi placer personal, por mi egoísmo, he pedido que el río Volga sea de vodka sin pensar en las consecuencias. Pensé sólo en mí, y ello ha llevado a la perdición de mi comunidad, que tanto prosperaba. Las cosechas, los animales, los peces, los prados... todo, todo, todo... se ha arruinado...
Frota entonces la lámpara y aparece el genio nuevamente.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu segundo deseo?
─Sí, genio. He visto que mi egoísmo le ha costado a mi comunidad su prosperidad. Estoy arrepentido. Mira la desgracia que hay a mi alrededor. Quiero que el río Volga vuelva a ser de agua.
─¡Concedido!
Nada parece cambiar, de modo que el campesino se acerca a la orilla del Volga; mete la mano, saca un poco de líquido y lo prueba. ¡Agua! En ese instante las cosechas comienzan a reverdecer, los árboles vuelven a dar frutos, las vacas se ponen de pie y comienzan a beber agua del río, los peces que quedaban medio vivos regresan al cauce del río... La comunidad agradece que la maldición ha terminado y regresan a sus labores del campo, a rescatar la cosecha de papa.
El pobre Iván Denísovich, meditabundo, se va a lo más alto de un cerro. Y frota nuevamente la lámpara, de la que emerge, como de costumbre, el genio.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu tercer deseo?
─Sí, genio. Ay... con mi primer deseo, convirtiendo en vodka las aguas del Volga, casi acabo con el futuro de mi comunidad y la dejo en la miseria... ¡qué desperdicio de deseo! Con el segundo, con el que el caudaloso Volga volvió a llenarse de agua, regresé todo a la normalidad. ¡Qué desperdicio de deseo! No puede ser... ¡Dos deseos desperdiciados de la manera más absurda! ¡Genio! ...tráeme una botella de vodka...
Uno de éstos, de nombre Iván Denísovich, se ha despertado a las seis de la mañana con la cruda de su vida, mientras el sol se asomaba entre los montes. Sale de la casa dispuesto a ir a la suya propia, con un dolor de cabeza apenas soportable, cuando de pronto, tropieza. En el suelo, se medio incorpora y ve la piedra que lo hizo caer. Al acercarse, descubre que esa piedra es en realidad la lámpara de Aladino. Como Iván Denísovich era aficionado a la literatura árabe antigua, conocía la historia, y decide frotar la lámpara. De ella emerge, como es previsible, un genio.
─Iván Denísovich ─clama el ente nebuloso─, por haberme liberado del encierro de la lámpara, te concederé tres deseos.
El campesino ruso, incrédulo aún, voltea a su alrededor en busca de ideas que puedan sugerirle su primer deseo, cuando de pronto, en la lejanía, ve correr al caudaloso río Volga, ondulado, vigoroso, bañando los prados y los montes. Y le dice al genio:
─Genio, quiero que el río Volga sea todo de vodka.
─¡Concedido!
El genio desaparece y nada parece haber cambiado. El campesino se acerca entonces a la orilla del Volga, mete la mano para sacar líquido y se lo lleva a la boca. ¡Vodka! Dichoso, se sumerge en el río, bebe tanto vodka como le place, como nunca antes ha bebido, nada a contracorriente para que el vodka le llene la boca y así se pasa todo el día, hasta que en la noche lo vence el sueño y la embriaguez y se recuesta a un lado del río.
Al despertar, ve a su alrededor: La cosecha se ha malogrado y los mujics maldicen su suerte. Lo han perdido todo. Las vacas, famélicas y muertas de sed, apenas pueden incorporarse. Las plantas y los árboles alrededor del río se han quemado. Los peces han muerto y convulsionan en las márgenes del cuerpo de agua. Arrepentido, el campesino se lamenta.
─¡Por Dios! ¿Qué he hecho? Por mi placer personal, por mi egoísmo, he pedido que el río Volga sea de vodka sin pensar en las consecuencias. Pensé sólo en mí, y ello ha llevado a la perdición de mi comunidad, que tanto prosperaba. Las cosechas, los animales, los peces, los prados... todo, todo, todo... se ha arruinado...
Frota entonces la lámpara y aparece el genio nuevamente.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu segundo deseo?
─Sí, genio. He visto que mi egoísmo le ha costado a mi comunidad su prosperidad. Estoy arrepentido. Mira la desgracia que hay a mi alrededor. Quiero que el río Volga vuelva a ser de agua.
─¡Concedido!
Nada parece cambiar, de modo que el campesino se acerca a la orilla del Volga; mete la mano, saca un poco de líquido y lo prueba. ¡Agua! En ese instante las cosechas comienzan a reverdecer, los árboles vuelven a dar frutos, las vacas se ponen de pie y comienzan a beber agua del río, los peces que quedaban medio vivos regresan al cauce del río... La comunidad agradece que la maldición ha terminado y regresan a sus labores del campo, a rescatar la cosecha de papa.
El pobre Iván Denísovich, meditabundo, se va a lo más alto de un cerro. Y frota nuevamente la lámpara, de la que emerge, como de costumbre, el genio.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu tercer deseo?
─Sí, genio. Ay... con mi primer deseo, convirtiendo en vodka las aguas del Volga, casi acabo con el futuro de mi comunidad y la dejo en la miseria... ¡qué desperdicio de deseo! Con el segundo, con el que el caudaloso Volga volvió a llenarse de agua, regresé todo a la normalidad. ¡Qué desperdicio de deseo! No puede ser... ¡Dos deseos desperdiciados de la manera más absurda! ¡Genio! ...tráeme una botella de vodka...
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enero 30, 2009
Fronteras
Concluida la segunda guerra mundial, la Unión Soviética delimita sus nuevas fronteras. Un comando del Ejército Rojo se encarga de estable los límites con Polonia. De pronto, un oficial increpa al teniente Korolenko:
―¡Teniente Korolenko!
―Dígame, oficial.
―Pues mire, ya trazamos en el mapa la línea divisoria. El problema es que la frontera pasa exactamente por aquella casa, en donde vive una viejita. ¿Qué hacemos, teniente? ¿Partimos la casa para trazar la frontera?
―¡No sea salvaje, oficial! ―le replica indignado el teniente Korolenko― ¡Nosotros no somos ningunos inhumanos! Vaya a la casa de aquella viejita y pregúntele dónde quiere vivir, si en Polonia, o en la gran Rusia, y depende de lo que le diga, mueva la frontera tantito para un lado, o tantito para otro.
Obediente, va el oficial con la viejita y le explica la situación:
―Mire señora, ocurre que estamos trazando la nueva frontera entre Rusia y Polonia; entre la Unión Soviética y Polonia. Pero la frontera pasa exactamente por su casa. Sin embargo, el teniente Korolenko, con la magnanimidad típica del carácter ruso, me ha mandado a preguntarle a usted dónde quiere vivir, si en Rusia o si en Polonia. Y en función de ello, trazaremos la frontera a uno u otro lado de su casa.
―Ay, joven ―dice la viejita―, ¿de verdad puedo elegir?
―Por supuesto, babushka. Ésa ha sido la instrucción. Que usted decida.
―Ay, joven, pues... no se vaya a ofender, pero... me gustaría vivir en Polonia.
―¿Perdón...? ¿En Polonia ha dicho usted?
―Sí, joven... en Polonia.
Desconcertado, el oficial vuelve con el teniente Korolenko y le da cuenta de lo sucedido.
―¿En Polonia dijo?
―Así es, teniente.
―Bueno, pues entonces muevan la frontera tantito para acá.
Desconcertado, el teniente Korolenko llama al oficial.
―Oficial, una cosa más. Vaya a la casa de la viejita e infórmele que ha quedado del lado polaco. Y pregúntele, ya que se va a entrevistar con ella, por qué prefirió estar del lado de Polonia.
―Como usted diga, teniente.
Va el oficial a la casa de la viejita, y le dice:
―Señora, sus deseos han sido cumplidos. Por instrucciones del teniente Korolenko hemos trazado la frontera de modo tal que su casa quedó del lado de Polonia.
―Ay, joven, pues muchas gracias.
―Sólo... si me permite una pregunta... ¿por qué eligió usted permanecer del lado de Polonia, y no en nuestra portentosa Rusia?
―Ay, joven... pues lo que sucede es que me han dicho que los inviernos en Rusia son muy crudos.
―¡Teniente Korolenko!
―Dígame, oficial.
―Pues mire, ya trazamos en el mapa la línea divisoria. El problema es que la frontera pasa exactamente por aquella casa, en donde vive una viejita. ¿Qué hacemos, teniente? ¿Partimos la casa para trazar la frontera?
―¡No sea salvaje, oficial! ―le replica indignado el teniente Korolenko― ¡Nosotros no somos ningunos inhumanos! Vaya a la casa de aquella viejita y pregúntele dónde quiere vivir, si en Polonia, o en la gran Rusia, y depende de lo que le diga, mueva la frontera tantito para un lado, o tantito para otro.
Obediente, va el oficial con la viejita y le explica la situación:
―Mire señora, ocurre que estamos trazando la nueva frontera entre Rusia y Polonia; entre la Unión Soviética y Polonia. Pero la frontera pasa exactamente por su casa. Sin embargo, el teniente Korolenko, con la magnanimidad típica del carácter ruso, me ha mandado a preguntarle a usted dónde quiere vivir, si en Rusia o si en Polonia. Y en función de ello, trazaremos la frontera a uno u otro lado de su casa.
―Ay, joven ―dice la viejita―, ¿de verdad puedo elegir?
―Por supuesto, babushka. Ésa ha sido la instrucción. Que usted decida.
―Ay, joven, pues... no se vaya a ofender, pero... me gustaría vivir en Polonia.
―¿Perdón...? ¿En Polonia ha dicho usted?
―Sí, joven... en Polonia.
Desconcertado, el oficial vuelve con el teniente Korolenko y le da cuenta de lo sucedido.
―¿En Polonia dijo?
―Así es, teniente.
―Bueno, pues entonces muevan la frontera tantito para acá.
Desconcertado, el teniente Korolenko llama al oficial.
―Oficial, una cosa más. Vaya a la casa de la viejita e infórmele que ha quedado del lado polaco. Y pregúntele, ya que se va a entrevistar con ella, por qué prefirió estar del lado de Polonia.
―Como usted diga, teniente.
Va el oficial a la casa de la viejita, y le dice:
―Señora, sus deseos han sido cumplidos. Por instrucciones del teniente Korolenko hemos trazado la frontera de modo tal que su casa quedó del lado de Polonia.
―Ay, joven, pues muchas gracias.
―Sólo... si me permite una pregunta... ¿por qué eligió usted permanecer del lado de Polonia, y no en nuestra portentosa Rusia?
―Ay, joven... pues lo que sucede es que me han dicho que los inviernos en Rusia son muy crudos.
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