Llega al puerto de Veracruz un barco de Estados Unidos con mercancía, listo para desembarcar. Como hubo tormenta, los estibadores del puerto hacen algunas advertencias a los tripulantes del navío:
—¡Suelten las anclas! —dice uno.
—What do you say? —le contestan desde el buque— I can’t understand you!
—¡Que suelten las anclas!
—I can’t undersand!
Pronto se dan cuenta de que en el barco no hablan español y buscan a un estibador que hable inglés. Dan con él, y éste se dirige a los botes:
—Hey, there, do you speak English?
—Yes, we do!
—Ah... ¡pues que suelten las anclas!
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septiembre 02, 2009
febrero 04, 2009
Malentendido
Teodomiro Agúndez se ganó en una rifa un viaje en crucero por el Caribe. Feliz, fue a reclamar su premio y abordó al día siguiente. Según otro sorteo, Agúndez había de compartir la mesa con un francés durante el viaje. El primer día, en el desayuno, Agúndez llegó primero y empezó a comer, cuando el francés llega. Y antes de sentarse, le dice a su comensal:
─Bon apetit!
Agúndez quiere devolver la cortesía y se pone de pie, diciendo:
─Teodomiro Agúndez.
Ambos se sientan y, como hablan distintos idiomas, se comunican con muecas. Se pasan el pan, la sal, los aderezos; hacen muecas con las que demuestran que la comida les gustó; se comunican que el crucero se inclina a uno u otro lado. Acaba la comida, y cada cual vuelve a su camarote.
Al día siguiente, de nuevo Agúndez llega primero a la mesa. El francés, al encontrarlo, le dice antes de tomar asiento:
─Bon apetit!
─Teodomiro Agúndez ─replica Agúndez.
Al día siguiente tiene lugar la misma situación. El francés llega cuando Agúndez estaba ya comiendo y le dice:
─Bon apetit!
─Teodomiro Agúndez ─repite Agúndez, con cierto fastidio.
Al cuarto día, de nuevo llega el francés en segundo lugar y, con una sonrisa en el rostro, dice:
─Bon apetit!
─Teodomiro Agúndez ─repite Agúndez.
Harto de la situación, Agúndez pide hablar con el capitán de meseros, quien le atiende de buen grado.
─Diga usted.
─Mire, quisiera ver si es posible que me cambiaran de mesa.
─Por supuesto, señor; si ése es su deseo, lo haremos. ¿Hay algún problema?
─Sí, verá usted, ocurre que mi comensal es un obsesivo compulsivo, desesperante, que cada vez que nos sentamos a comer, se presenta a sí mismo. Y yo también, por cortesía, me presento. Pero ya es insostenible esta situación, capitán.
─Ah, muy bien. ¿Sabe usted cuál es el nombre de su comensal?
─¡Bah! ¡Claro que lo sé! ¿No le digo que no hace otra cosa que repetir su nombre? Es el señor Bon Apetit.
─¡No, caballero! ─exclama el capitán de meseros─ Para nada... Ocurre que bon apetit en francés significa buen provecho.
─¿En serio?
─Sí, en serio.
─Hombre, pero qué pena... De haberlo sabido... Aquel hombre tan gentil, tan cortés, tan amable deseándome buen provecho, y yo con mis majaderías... No es posible...
─Pero si gusta, lo cambiamos de...
─No, no, no... No es necesario. Olvídelo todo.
Al día siguiente, Teodomiro Agúndez se sienta a desayunar; ya se ha puesto la servilleta en el cuello cuando ve al francés acercarse a la mesa. Antes de que el francés diga nada, Agúndez se pone de pie, y le exclama al francés:
─Bon apetit!
El francés sonríe todo lo que puede sonreír un ser humano, se le ilumina el rostro, y con eufórico desenfreno e incontenible emoción, contesta:
─Théodomirò Agundesse!
─Bon apetit!
Agúndez quiere devolver la cortesía y se pone de pie, diciendo:
─Teodomiro Agúndez.
Ambos se sientan y, como hablan distintos idiomas, se comunican con muecas. Se pasan el pan, la sal, los aderezos; hacen muecas con las que demuestran que la comida les gustó; se comunican que el crucero se inclina a uno u otro lado. Acaba la comida, y cada cual vuelve a su camarote.
Al día siguiente, de nuevo Agúndez llega primero a la mesa. El francés, al encontrarlo, le dice antes de tomar asiento:
─Bon apetit!
─Teodomiro Agúndez ─replica Agúndez.
Al día siguiente tiene lugar la misma situación. El francés llega cuando Agúndez estaba ya comiendo y le dice:
─Bon apetit!
─Teodomiro Agúndez ─repite Agúndez, con cierto fastidio.
Al cuarto día, de nuevo llega el francés en segundo lugar y, con una sonrisa en el rostro, dice:
─Bon apetit!
─Teodomiro Agúndez ─repite Agúndez.
Harto de la situación, Agúndez pide hablar con el capitán de meseros, quien le atiende de buen grado.
─Diga usted.
─Mire, quisiera ver si es posible que me cambiaran de mesa.
─Por supuesto, señor; si ése es su deseo, lo haremos. ¿Hay algún problema?
─Sí, verá usted, ocurre que mi comensal es un obsesivo compulsivo, desesperante, que cada vez que nos sentamos a comer, se presenta a sí mismo. Y yo también, por cortesía, me presento. Pero ya es insostenible esta situación, capitán.
─Ah, muy bien. ¿Sabe usted cuál es el nombre de su comensal?
─¡Bah! ¡Claro que lo sé! ¿No le digo que no hace otra cosa que repetir su nombre? Es el señor Bon Apetit.
─¡No, caballero! ─exclama el capitán de meseros─ Para nada... Ocurre que bon apetit en francés significa buen provecho.
─¿En serio?
─Sí, en serio.
─Hombre, pero qué pena... De haberlo sabido... Aquel hombre tan gentil, tan cortés, tan amable deseándome buen provecho, y yo con mis majaderías... No es posible...
─Pero si gusta, lo cambiamos de...
─No, no, no... No es necesario. Olvídelo todo.
Al día siguiente, Teodomiro Agúndez se sienta a desayunar; ya se ha puesto la servilleta en el cuello cuando ve al francés acercarse a la mesa. Antes de que el francés diga nada, Agúndez se pone de pie, y le exclama al francés:
─Bon apetit!
El francés sonríe todo lo que puede sonreír un ser humano, se le ilumina el rostro, y con eufórico desenfreno e incontenible emoción, contesta:
─Théodomirò Agundesse!
enero 30, 2009
Radio
Teodomiro Agúndez quería ir a Londres, pero no sabía inglés. Entonces se puso a pensar cuál sería el método más eficaz para aprender dicho idioma.
―Harmon Hall... no, es muy caro. Inglés sin barreras... no, voy a terminar hablando como pocho. ¡Ah, ya sé! Voy a sintonizar por radio la BBC de Londres.
Orgulloso de su brillante idea, Agúndez va a la tienda de electrónicos y se compra su radio de onda corta. Sintoniza entonces la BBC de Londres, y se pasa todo el día oyendo la radio, tomando apuntes, repitiendo lo que escucha, durante una semana, dos semanas, tres semanas, un mes, dos meses, tres meses... hasta que al cabo de medio año siente que ya domina perfectamente el idioma. Entonces va a la agencia de viajes y compra su boleto a Londres.
El avión aterriza entre la neblina, y Agúndez, con una maleta en cada, mano, desciende feliz. Pero antes de visitar el Big Ben o el Támesis, antes de conocer la Torre de Londres o el Palacio de Buckingham, quiere demostrarles a los británicos que sabe hablar inglés. Entonces camina unas cuadras hasta que da con una tabaquería abierta, entra y le dice a la encargada:
―iiiiiiiiiiiiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuiiiiiiiiiiooooooooooooooooooooooooouuuuuuuuuuueeeeeeergshshshshshshshshshshhhhhhshshgrrrrrrrrrrrrrrrrrrriiiiiiiiiuiiiiiiiiiiiiouuuuuuuuuuuuuuuuuu…
(Es decir, reproduce vocalmente la interferencia. Es un chiste difícil de contar por escrito.)
―Harmon Hall... no, es muy caro. Inglés sin barreras... no, voy a terminar hablando como pocho. ¡Ah, ya sé! Voy a sintonizar por radio la BBC de Londres.
Orgulloso de su brillante idea, Agúndez va a la tienda de electrónicos y se compra su radio de onda corta. Sintoniza entonces la BBC de Londres, y se pasa todo el día oyendo la radio, tomando apuntes, repitiendo lo que escucha, durante una semana, dos semanas, tres semanas, un mes, dos meses, tres meses... hasta que al cabo de medio año siente que ya domina perfectamente el idioma. Entonces va a la agencia de viajes y compra su boleto a Londres.
El avión aterriza entre la neblina, y Agúndez, con una maleta en cada, mano, desciende feliz. Pero antes de visitar el Big Ben o el Támesis, antes de conocer la Torre de Londres o el Palacio de Buckingham, quiere demostrarles a los británicos que sabe hablar inglés. Entonces camina unas cuadras hasta que da con una tabaquería abierta, entra y le dice a la encargada:
―iiiiiiiiiiiiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuiiiiiiiiiiooooooooooooooooooooooooouuuuuuuuuuueeeeeeergshshshshshshshshshshhhhhhshshgrrrrrrrrrrrrrrrrrrriiiiiiiiiuiiiiiiiiiiiiouuuuuuuuuuuuuuuuuu…
(Es decir, reproduce vocalmente la interferencia. Es un chiste difícil de contar por escrito.)
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