Un señor pidé un café en el restaurante después de haber allí comido. El mesero se lo sirve y el comensal, a punto de dar el primer sorbo, ve una mosca nadando en su bebida. Le hace una seña al mesero, y éste acude a la mesa. El comensal, indignado, increpa así al mesero:
―¡¿Me quiere usted decir qué es esto?!
El mesero se asoma a la taza y responde:
―Es estilo mariposa.
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diciembre 01, 2010
febrero 14, 2009
Bouquet
El experto en vinos llega al restaurante, y ordena:
―Por favor, un chateau saignant.
―Excelente decisión señor. Y, ¿para acompañar?
―Tráigame por favor un vino, tinto, por supuesto, un beaujolais, de la región de Lorena, cosecha 1979, del viñedo 14.
―Al instante, caballero.
Regresa al poco tiempo el mesero y le hace a su cliente la siguiente observación:
―Señor, nos ha de disculpar, pero no tenemos exactamente el vino que pide; pero tenemos, en cambio, uno de la misma cosecha, del mismo tipo, de la misma región, pero es del viñedo 15. ¿Lo apetece?
―¿Qué? Ah, no... no, gracias. Tráigame un vaso de agua.
―Pero, caballero ―se sorprende el mesero―, pero si el vino que le ofrecemos tiene el mismo cuerpo, el mismo tiempo de conservación... al momento de la cosecha las uvas las recogieron las mismas manos, los mismos pies de doncellas vírgenes pisaron las uvas, el sol golpeó igualmente a los viñedos, las lluvias les cayeron por igual... son acaso cien metros los que separaban al viñedo 14 del 15...
―Cien metros... ¿Cien metros le parece poco? Mire, le voy a decir algo. Una mujer tiene dos orificios de placer, dos orificios prodigadotes de los mayores placeres jamás conocidos por el hombre. ¿Usted me habla de cien metros de distancia? Yo le hablo de cuatro centímetros de distancia. ¡Cuatro centímetros! Y, sin embargo, el bouquet es muy distinto.
―Por favor, un chateau saignant.
―Excelente decisión señor. Y, ¿para acompañar?
―Tráigame por favor un vino, tinto, por supuesto, un beaujolais, de la región de Lorena, cosecha 1979, del viñedo 14.
―Al instante, caballero.
Regresa al poco tiempo el mesero y le hace a su cliente la siguiente observación:
―Señor, nos ha de disculpar, pero no tenemos exactamente el vino que pide; pero tenemos, en cambio, uno de la misma cosecha, del mismo tipo, de la misma región, pero es del viñedo 15. ¿Lo apetece?
―¿Qué? Ah, no... no, gracias. Tráigame un vaso de agua.
―Pero, caballero ―se sorprende el mesero―, pero si el vino que le ofrecemos tiene el mismo cuerpo, el mismo tiempo de conservación... al momento de la cosecha las uvas las recogieron las mismas manos, los mismos pies de doncellas vírgenes pisaron las uvas, el sol golpeó igualmente a los viñedos, las lluvias les cayeron por igual... son acaso cien metros los que separaban al viñedo 14 del 15...
―Cien metros... ¿Cien metros le parece poco? Mire, le voy a decir algo. Una mujer tiene dos orificios de placer, dos orificios prodigadotes de los mayores placeres jamás conocidos por el hombre. ¿Usted me habla de cien metros de distancia? Yo le hablo de cuatro centímetros de distancia. ¡Cuatro centímetros! Y, sin embargo, el bouquet es muy distinto.
Lupe
El chef, por hacerle la vida imposible a la competencia, va a comer siempre al restaurante que está enfrente de aquél en donde él mismo trabaja. Una tarde se presenta y ordena.
―¿Qué va a querer, señor?
―Ah, un filete mignon, por favor.
Le traen el plateillo, el chef lo huele apenas, y deduce:
―La carne está un poco seca, la salsa que la baña más agria de lo necesario, le falta sal y tiene demasiado tomillo.
El camarero va con el chef que preparó el platillo y le dice:
―Disculpe, un cliente le hizo estas observaciones a su platillo.
Enfurecido, este segundo chef se plantea hacer para la próxima visita de aquel cliente un preparado irreconocible.
Al día siguiente, el primer chef se presenta en el restaurante.
―¿Qué va a ordenar el señor? ―le pregunta el camarero.
―Un fetuccini, por favor.
―¿Con alguna salsa en especial?
―La tradicional, bolognesa.
Le traen el platillo, apenas lo huele y dice:
―Bien... la pasta está un poco seca, no está al dente, debió hervir un minuto y medio más, tiene exceso de cebolla, y la salsa la prepararon con demasiado laurel, además de que para ella usaron dos botellas de vino abiertas con por lo menos doce horas de diferencia, lo cual afecta la consistencia del preparado.
Nuevamente, el camarero le hace notar al chef que preparó el platillo la observaciones del cliente; este chef, la próxima vez, hará un platillo imposible de reconocer.
Al día siguiente, el primer chef vuelve en plan de comensal.
―¿Desea algo el caballero? ―le pregunta el camarero.
―Probaré el pato a la naranja, por favor.
―En seguida.
Le traen el platillo, apenas lo huele, y concluye:
―Las naranjas del preparado están agrias, la carne reseca y el vino que le inyectaron para contrarrestar ese efecto es de poca calidad. El ave no se marinó lo suficiente y su uso de la albahaca es inadecuado e insuficiente.
Harto de las exigencias del cliente, el chef decide jugarle una treta. Al día siguiente, el primer chef vuelve al restaurante en plan de comensal.
―¿Qué va a ordenar el señor?
―Deseo un sirlón, por favor.
En la cocina, el chef del restaurante prepara el platillo, y se vuelve hacia la trabajadora de limpieza.
―¡Lupe! Necesito pedirte un favor.
―Diga usted.
―Mira, llegó con nosotros un cliente muy exigente y nos ha pedido una peculiaridad para su platillo. Mira... nos ha pedido que, por favor, pues... necesitamos que te pases este corte de carne por todo el cuerpo.
―¡Pero, señor...!
―Bueno, es la exigencia del cliente, uno de nuestros mejores clientes, y tú sabes que el cliente es primero.
Luego de amplias discusiones, la Lupe accede y se pasa el sirlón por todo el cuerpo, hecho lo cual el chef lo pone en el plato para que se lo lleven al comensal. Éste, cuando recibe en su mesa su orden, apenas la huele, y dice:―Le falta tomillo y... y... y... ¿Aquí trabaja Lupe?
―¿Qué va a querer, señor?
―Ah, un filete mignon, por favor.
Le traen el plateillo, el chef lo huele apenas, y deduce:
―La carne está un poco seca, la salsa que la baña más agria de lo necesario, le falta sal y tiene demasiado tomillo.
El camarero va con el chef que preparó el platillo y le dice:
―Disculpe, un cliente le hizo estas observaciones a su platillo.
Enfurecido, este segundo chef se plantea hacer para la próxima visita de aquel cliente un preparado irreconocible.
Al día siguiente, el primer chef se presenta en el restaurante.
―¿Qué va a ordenar el señor? ―le pregunta el camarero.
―Un fetuccini, por favor.
―¿Con alguna salsa en especial?
―La tradicional, bolognesa.
Le traen el platillo, apenas lo huele y dice:
―Bien... la pasta está un poco seca, no está al dente, debió hervir un minuto y medio más, tiene exceso de cebolla, y la salsa la prepararon con demasiado laurel, además de que para ella usaron dos botellas de vino abiertas con por lo menos doce horas de diferencia, lo cual afecta la consistencia del preparado.
Nuevamente, el camarero le hace notar al chef que preparó el platillo la observaciones del cliente; este chef, la próxima vez, hará un platillo imposible de reconocer.
Al día siguiente, el primer chef vuelve en plan de comensal.
―¿Desea algo el caballero? ―le pregunta el camarero.
―Probaré el pato a la naranja, por favor.
―En seguida.
Le traen el platillo, apenas lo huele, y concluye:
―Las naranjas del preparado están agrias, la carne reseca y el vino que le inyectaron para contrarrestar ese efecto es de poca calidad. El ave no se marinó lo suficiente y su uso de la albahaca es inadecuado e insuficiente.
Harto de las exigencias del cliente, el chef decide jugarle una treta. Al día siguiente, el primer chef vuelve al restaurante en plan de comensal.
―¿Qué va a ordenar el señor?
―Deseo un sirlón, por favor.
En la cocina, el chef del restaurante prepara el platillo, y se vuelve hacia la trabajadora de limpieza.
―¡Lupe! Necesito pedirte un favor.
―Diga usted.
―Mira, llegó con nosotros un cliente muy exigente y nos ha pedido una peculiaridad para su platillo. Mira... nos ha pedido que, por favor, pues... necesitamos que te pases este corte de carne por todo el cuerpo.
―¡Pero, señor...!
―Bueno, es la exigencia del cliente, uno de nuestros mejores clientes, y tú sabes que el cliente es primero.
Luego de amplias discusiones, la Lupe accede y se pasa el sirlón por todo el cuerpo, hecho lo cual el chef lo pone en el plato para que se lo lleven al comensal. Éste, cuando recibe en su mesa su orden, apenas la huele, y dice:―Le falta tomillo y... y... y... ¿Aquí trabaja Lupe?
febrero 04, 2009
Pulgar
Teodomiro Agúndez llega a un restaurante, se sienta en una mesa, y espera a que el mesero lo atienda. Éste llega presuroso.
─A sus órdenes.
─Bueno, mire, para empezar me gustaría una crema de calabaza.
─En seguida, caballero.
Luego de unos minutos, el mesero llega a la mesa de Agúndez, tomando el plato de tal forma que su pulgar está sumergido en la sopa. El hecho incomoda a Agúndez, quien, tolerante como es, lo pasa por alto. Cuando termina su sopa, el mesero regresa.
─¿Desea usted algo más?
─Sí. Quisiera un T-Bone término medio, por favor.
─En seguida, caballero.
Luego de unos minutos, el mesero regresa, tomando el plato de modo tal que su pulgar queda debajo del T-Bone. Agúndez se enfurece, pero no dice nada. Cuando hubo terminado su carne, vuelve el mesero.
─¿Desea usted algo más?
─Sí. Quisiera un café, por favor.
─En seguida, caballero.
Al cabo de unos minutos, vuelve el mesero, con el pulgar dentro del café. Teodomiro Agúndez ya no tiene paciencia, y se dirige así al mesero.
─Disculpe... me quiere usted decir, ¿por qué diablos mete usted su pulgar en mi comida?
─Verá usted, caballero ─responde el mesero─, sucede que tuve un accidente y me lesioné el pulgar, y el médico me recomendó que lo mantuviera siempre en un lugar caliente.
─Ah, muy bien. ¿Y por qué no va usted y se lo mete en el culo?
─Sí, caballero... Ahí lo tengo entre servicio y servicio.
─A sus órdenes.
─Bueno, mire, para empezar me gustaría una crema de calabaza.
─En seguida, caballero.
Luego de unos minutos, el mesero llega a la mesa de Agúndez, tomando el plato de tal forma que su pulgar está sumergido en la sopa. El hecho incomoda a Agúndez, quien, tolerante como es, lo pasa por alto. Cuando termina su sopa, el mesero regresa.
─¿Desea usted algo más?
─Sí. Quisiera un T-Bone término medio, por favor.
─En seguida, caballero.
Luego de unos minutos, el mesero regresa, tomando el plato de modo tal que su pulgar queda debajo del T-Bone. Agúndez se enfurece, pero no dice nada. Cuando hubo terminado su carne, vuelve el mesero.
─¿Desea usted algo más?
─Sí. Quisiera un café, por favor.
─En seguida, caballero.
Al cabo de unos minutos, vuelve el mesero, con el pulgar dentro del café. Teodomiro Agúndez ya no tiene paciencia, y se dirige así al mesero.
─Disculpe... me quiere usted decir, ¿por qué diablos mete usted su pulgar en mi comida?
─Verá usted, caballero ─responde el mesero─, sucede que tuve un accidente y me lesioné el pulgar, y el médico me recomendó que lo mantuviera siempre en un lugar caliente.
─Ah, muy bien. ¿Y por qué no va usted y se lo mete en el culo?
─Sí, caballero... Ahí lo tengo entre servicio y servicio.
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