Llega un caballo en la cantina, y se acerca a la barra ante la mirada atónita de todos. Llama al cantinero y le dice:
—Cantinero, déme una cerveza por favor.
El cantinero, asombrado, se la sirve. El caballo se la bebe, y dice:
—Muchas gracias. ¿Me sirve otra, por favor?
El cantinero se la sirve. El caballo bebe, y dice.
—Muchas gracias —y se va.
Los parroquianos, que habían guardado absoluto silencio, comienzan a hablar. Uno le dice a otro:
—Oiga, compadre... ¿vio eso?
—¡Sí, compadre! ¡Se fue sin pagar!
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junio 25, 2009
febrero 23, 2009
Borrachito
Sale de la cantina un borrachito, tambaleándose, y canturreando Paloma querida de José Alfredo Jiménez. Así va, zigzagueando por varias calles, hasta que un policía se cruza en su camino, y se dirige a él de la siguiente manera:
―Caballero, está usted detenido.
A lo que el borrachito responde.
―Muchas gracias, oficial... ya me iba yo a caer...
―Caballero, está usted detenido.
A lo que el borrachito responde.
―Muchas gracias, oficial... ya me iba yo a caer...
febrero 09, 2009
My kingdom for a horse!
Entra un caballo a la cantina, y le pregunta el cantinero:
―¿Qué pasó, amigo? ¿Por qué esa cara tan larga?
―¿Qué pasó, amigo? ¿Por qué esa cara tan larga?
febrero 04, 2009
Vodka
Los mujics estaban felices porque la cosecha de papa se les había dado bien. Hicieron entonces una fiesta para toda la comunidad, celebrando la bondad de la temporada para con ellos. En la casa del más viejo de los labradores rusos se celebró el festín con manjares, bebida y todo tipo de diversiones desde muy temprano, y con miras a que se prolongara hasta la noche. Finalmente, se lo merecían. Los primeros invitados empezaron a irse cuando empezó a oscurecer, y otros se quedaron hasta pasada la media noche. Los más resistentes, incluso amanecieron al día siguiente en la casa del viejo labrador, con una botella de vodka medio vacía en la mano.
Uno de éstos, de nombre Iván Denísovich, se ha despertado a las seis de la mañana con la cruda de su vida, mientras el sol se asomaba entre los montes. Sale de la casa dispuesto a ir a la suya propia, con un dolor de cabeza apenas soportable, cuando de pronto, tropieza. En el suelo, se medio incorpora y ve la piedra que lo hizo caer. Al acercarse, descubre que esa piedra es en realidad la lámpara de Aladino. Como Iván Denísovich era aficionado a la literatura árabe antigua, conocía la historia, y decide frotar la lámpara. De ella emerge, como es previsible, un genio.
─Iván Denísovich ─clama el ente nebuloso─, por haberme liberado del encierro de la lámpara, te concederé tres deseos.
El campesino ruso, incrédulo aún, voltea a su alrededor en busca de ideas que puedan sugerirle su primer deseo, cuando de pronto, en la lejanía, ve correr al caudaloso río Volga, ondulado, vigoroso, bañando los prados y los montes. Y le dice al genio:
─Genio, quiero que el río Volga sea todo de vodka.
─¡Concedido!
El genio desaparece y nada parece haber cambiado. El campesino se acerca entonces a la orilla del Volga, mete la mano para sacar líquido y se lo lleva a la boca. ¡Vodka! Dichoso, se sumerge en el río, bebe tanto vodka como le place, como nunca antes ha bebido, nada a contracorriente para que el vodka le llene la boca y así se pasa todo el día, hasta que en la noche lo vence el sueño y la embriaguez y se recuesta a un lado del río.
Al despertar, ve a su alrededor: La cosecha se ha malogrado y los mujics maldicen su suerte. Lo han perdido todo. Las vacas, famélicas y muertas de sed, apenas pueden incorporarse. Las plantas y los árboles alrededor del río se han quemado. Los peces han muerto y convulsionan en las márgenes del cuerpo de agua. Arrepentido, el campesino se lamenta.
─¡Por Dios! ¿Qué he hecho? Por mi placer personal, por mi egoísmo, he pedido que el río Volga sea de vodka sin pensar en las consecuencias. Pensé sólo en mí, y ello ha llevado a la perdición de mi comunidad, que tanto prosperaba. Las cosechas, los animales, los peces, los prados... todo, todo, todo... se ha arruinado...
Frota entonces la lámpara y aparece el genio nuevamente.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu segundo deseo?
─Sí, genio. He visto que mi egoísmo le ha costado a mi comunidad su prosperidad. Estoy arrepentido. Mira la desgracia que hay a mi alrededor. Quiero que el río Volga vuelva a ser de agua.
─¡Concedido!
Nada parece cambiar, de modo que el campesino se acerca a la orilla del Volga; mete la mano, saca un poco de líquido y lo prueba. ¡Agua! En ese instante las cosechas comienzan a reverdecer, los árboles vuelven a dar frutos, las vacas se ponen de pie y comienzan a beber agua del río, los peces que quedaban medio vivos regresan al cauce del río... La comunidad agradece que la maldición ha terminado y regresan a sus labores del campo, a rescatar la cosecha de papa.
El pobre Iván Denísovich, meditabundo, se va a lo más alto de un cerro. Y frota nuevamente la lámpara, de la que emerge, como de costumbre, el genio.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu tercer deseo?
─Sí, genio. Ay... con mi primer deseo, convirtiendo en vodka las aguas del Volga, casi acabo con el futuro de mi comunidad y la dejo en la miseria... ¡qué desperdicio de deseo! Con el segundo, con el que el caudaloso Volga volvió a llenarse de agua, regresé todo a la normalidad. ¡Qué desperdicio de deseo! No puede ser... ¡Dos deseos desperdiciados de la manera más absurda! ¡Genio! ...tráeme una botella de vodka...
Uno de éstos, de nombre Iván Denísovich, se ha despertado a las seis de la mañana con la cruda de su vida, mientras el sol se asomaba entre los montes. Sale de la casa dispuesto a ir a la suya propia, con un dolor de cabeza apenas soportable, cuando de pronto, tropieza. En el suelo, se medio incorpora y ve la piedra que lo hizo caer. Al acercarse, descubre que esa piedra es en realidad la lámpara de Aladino. Como Iván Denísovich era aficionado a la literatura árabe antigua, conocía la historia, y decide frotar la lámpara. De ella emerge, como es previsible, un genio.
─Iván Denísovich ─clama el ente nebuloso─, por haberme liberado del encierro de la lámpara, te concederé tres deseos.
El campesino ruso, incrédulo aún, voltea a su alrededor en busca de ideas que puedan sugerirle su primer deseo, cuando de pronto, en la lejanía, ve correr al caudaloso río Volga, ondulado, vigoroso, bañando los prados y los montes. Y le dice al genio:
─Genio, quiero que el río Volga sea todo de vodka.
─¡Concedido!
El genio desaparece y nada parece haber cambiado. El campesino se acerca entonces a la orilla del Volga, mete la mano para sacar líquido y se lo lleva a la boca. ¡Vodka! Dichoso, se sumerge en el río, bebe tanto vodka como le place, como nunca antes ha bebido, nada a contracorriente para que el vodka le llene la boca y así se pasa todo el día, hasta que en la noche lo vence el sueño y la embriaguez y se recuesta a un lado del río.
Al despertar, ve a su alrededor: La cosecha se ha malogrado y los mujics maldicen su suerte. Lo han perdido todo. Las vacas, famélicas y muertas de sed, apenas pueden incorporarse. Las plantas y los árboles alrededor del río se han quemado. Los peces han muerto y convulsionan en las márgenes del cuerpo de agua. Arrepentido, el campesino se lamenta.
─¡Por Dios! ¿Qué he hecho? Por mi placer personal, por mi egoísmo, he pedido que el río Volga sea de vodka sin pensar en las consecuencias. Pensé sólo en mí, y ello ha llevado a la perdición de mi comunidad, que tanto prosperaba. Las cosechas, los animales, los peces, los prados... todo, todo, todo... se ha arruinado...
Frota entonces la lámpara y aparece el genio nuevamente.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu segundo deseo?
─Sí, genio. He visto que mi egoísmo le ha costado a mi comunidad su prosperidad. Estoy arrepentido. Mira la desgracia que hay a mi alrededor. Quiero que el río Volga vuelva a ser de agua.
─¡Concedido!
Nada parece cambiar, de modo que el campesino se acerca a la orilla del Volga; mete la mano, saca un poco de líquido y lo prueba. ¡Agua! En ese instante las cosechas comienzan a reverdecer, los árboles vuelven a dar frutos, las vacas se ponen de pie y comienzan a beber agua del río, los peces que quedaban medio vivos regresan al cauce del río... La comunidad agradece que la maldición ha terminado y regresan a sus labores del campo, a rescatar la cosecha de papa.
El pobre Iván Denísovich, meditabundo, se va a lo más alto de un cerro. Y frota nuevamente la lámpara, de la que emerge, como de costumbre, el genio.
─Iván Denísovich, ¿estás listo para pedir tu tercer deseo?
─Sí, genio. Ay... con mi primer deseo, convirtiendo en vodka las aguas del Volga, casi acabo con el futuro de mi comunidad y la dejo en la miseria... ¡qué desperdicio de deseo! Con el segundo, con el que el caudaloso Volga volvió a llenarse de agua, regresé todo a la normalidad. ¡Qué desperdicio de deseo! No puede ser... ¡Dos deseos desperdiciados de la manera más absurda! ¡Genio! ...tráeme una botella de vodka...
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Lo conozco...
Después de que lo corrieron de toda las cantinas, Teodomiro Agúndez entra a la de peor facha de toda la ciudad y se sienta en la barra. El cantinero se le acerca, y antes de que diga nada, solicita:
─Un tequila solo, for pavor.
─En seguida.
El cantinero le sirve el trago y Agúndez se queda viendo fijamente detrás del cantinero, a los espejos en los que están incrustadas las repisas sobre las que descansan las botellas. Y se dirige al cantinero de la siguiente manera:
─Cantinero, le voy a pedir un favor. Voltee cautelosamente, cautelosamente, porque hay un hombre detrás de usted al que yo conozco, pero no recuerdo dónde pude haberlo visto. Así que voltee despacito, despacito, y dígame de dónde lo conozco.
El mozo frunce el seño, voltea y ve los espejos. Reprende así al pobre Agúndez:
─Señor, está usted muy bebido. Por favor, déjeme trabajar; tengo otros clientes.
─¡Cantinero! ¡Cantinero!
Agúndez se queda viendo a aquel misterioso sujeto, y alza la mano. Deduce entonces que:
─Ah caray... lo saludé y él me saludó. Entonces él también me conoce... ¡Cantinero! ¡Cantinero! Un favor: A ese hombre que está detrás de usted, invítele de mi parte, otro trago de lo que esté tomando.
El cantinero voltea, intrigado, y ve nuevamente los espejos.
─Caballero, le ruego; no me haga perder mi tiempo. Bébase su tequila y váyase.
Agúndez se queda viendo una vez más al misterioso sujeto, y de pronto, recuerda:
─¡Cantinero! ¡Cantinero! Venga para acá inmediatamente. ¿Qué cree? ¡Ya sé de dónde conozco a ese sujeto!
El cantinero, intrigado, osa preguntarle a su cliente:
─Bueno, ¿y de dónde lo conoce?
─¡De la peluquería!
─Un tequila solo, for pavor.
─En seguida.
El cantinero le sirve el trago y Agúndez se queda viendo fijamente detrás del cantinero, a los espejos en los que están incrustadas las repisas sobre las que descansan las botellas. Y se dirige al cantinero de la siguiente manera:
─Cantinero, le voy a pedir un favor. Voltee cautelosamente, cautelosamente, porque hay un hombre detrás de usted al que yo conozco, pero no recuerdo dónde pude haberlo visto. Así que voltee despacito, despacito, y dígame de dónde lo conozco.
El mozo frunce el seño, voltea y ve los espejos. Reprende así al pobre Agúndez:
─Señor, está usted muy bebido. Por favor, déjeme trabajar; tengo otros clientes.
─¡Cantinero! ¡Cantinero!
Agúndez se queda viendo a aquel misterioso sujeto, y alza la mano. Deduce entonces que:
─Ah caray... lo saludé y él me saludó. Entonces él también me conoce... ¡Cantinero! ¡Cantinero! Un favor: A ese hombre que está detrás de usted, invítele de mi parte, otro trago de lo que esté tomando.
El cantinero voltea, intrigado, y ve nuevamente los espejos.
─Caballero, le ruego; no me haga perder mi tiempo. Bébase su tequila y váyase.
Agúndez se queda viendo una vez más al misterioso sujeto, y de pronto, recuerda:
─¡Cantinero! ¡Cantinero! Venga para acá inmediatamente. ¿Qué cree? ¡Ya sé de dónde conozco a ese sujeto!
El cantinero, intrigado, osa preguntarle a su cliente:
─Bueno, ¿y de dónde lo conoce?
─¡De la peluquería!
enero 30, 2009
Hallazgo
Teodomiro Agúndez había bebido de más y deambulaba por las calles de la ciudad de México, tambaleándose, cuando de pronto se encuentra con un cadáver. En un arranque de prudencia, decide reportar el hallazgo a la policía, y hace uso de un teléfono público.
―Bueno... hic... ¿polecía...?
―Sí, la policía. Diga usted.
―Quiero reportar, hic, que me encontré a un hombre muerto.
―¿Cuál es su ubicación, caballero?
―Ah, pues estoy en la calle... Regggviggviggvigdillilledo...
―¿Cómo dice?
―Que estoy en la calle Virgirvirgirgirdilledo...
―Caballero, está usted ebrio, le ruego que no nos importune, tenemos trabajo que hacer.
Y la policía le cuelga al bienintencionado Agúndez, quien pronto vuelve a marcar.
―¡Polecía...!
―Diga usted...
―Hablo para reportar un muerto en la calle Regirvirgirllellilledo.
―¿Cómo dice?
―Que hay un muerto en la calle Girvirgirgirllilledo...
―Ah, es usted otra vez. Le ruego nos deje trabajar.
No pasan cinco minutos cuanto Agúndez llama de nuevo.
―¡Polecía! ¡Que hay un muerto en la calle... ay Dios... Revirgirgerdirgirlledo!
―Señor, está usted pasado de copas; le ruego que no nos distraiga, pues tenemos asuntos serios de los que ocuparnos.
Pasa media hora sin que suene el teléfono de la policía, cuando Agúndez vuelve a marcar.
―¡Polecía! Quiero reportar que hay un muerto, hic, en la calle, hic, Pino Suárez.
―Ah, muy bien caballero. ¿Ya ve cómo si nos habla en sobriedad sí le entendemos?
―Pues sí, hic... pero tuve que arrastrar al muertito por diez cuadras... hic...
*Nota: La calle en la que originalmente se encontraba el cadáver no era otra que Revillagigedo.
―Bueno... hic... ¿polecía...?
―Sí, la policía. Diga usted.
―Quiero reportar, hic, que me encontré a un hombre muerto.
―¿Cuál es su ubicación, caballero?
―Ah, pues estoy en la calle... Regggviggviggvigdillilledo...
―¿Cómo dice?
―Que estoy en la calle Virgirvirgirgirdilledo...
―Caballero, está usted ebrio, le ruego que no nos importune, tenemos trabajo que hacer.
Y la policía le cuelga al bienintencionado Agúndez, quien pronto vuelve a marcar.
―¡Polecía...!
―Diga usted...
―Hablo para reportar un muerto en la calle Regirvirgirllellilledo.
―¿Cómo dice?
―Que hay un muerto en la calle Girvirgirgirllilledo...
―Ah, es usted otra vez. Le ruego nos deje trabajar.
No pasan cinco minutos cuanto Agúndez llama de nuevo.
―¡Polecía! ¡Que hay un muerto en la calle... ay Dios... Revirgirgerdirgirlledo!
―Señor, está usted pasado de copas; le ruego que no nos distraiga, pues tenemos asuntos serios de los que ocuparnos.
Pasa media hora sin que suene el teléfono de la policía, cuando Agúndez vuelve a marcar.
―¡Polecía! Quiero reportar que hay un muerto, hic, en la calle, hic, Pino Suárez.
―Ah, muy bien caballero. ¿Ya ve cómo si nos habla en sobriedad sí le entendemos?
―Pues sí, hic... pero tuve que arrastrar al muertito por diez cuadras... hic...
*Nota: La calle en la que originalmente se encontraba el cadáver no era otra que Revillagigedo.
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