enero 30, 2009

Palenque

Era su primera quincena, y Teodomiro Agúndez se ha puesto eufórico, de modo que va al banco, retira todo, y se va a una cantina; bebe cuanto puede y se pone más eufórico. Sale de la cantina tambaleándose y decide ir al palenque, a donde nunca antes había ido. Presencia así una pelea de gallos y ve que la gente apuesta, y le entran ganas de apostar en la siguiente pelea, entre el pinto y el colorado. En busca de consejero, voltea hacia todos lados hasta que su mirada cae sobre un tipo vestido como entre Tin-Tan y Pedro Navaja, con el sombrero inclinado, bigote recortado, unas cadenas colgándole del chaleco, la colilla de un cigarro en la comisura de los labios y pasándose dinero de una bolsa a otra. Se le acerca y le pregunta:
―Disculpe, caballero, ¿sabe usted de gallos?
El hombre del sombrero apenas levanta la vista, se sonríe, y dice:
―¡Que si sé de gallos! ¡Que si sé de gallos! ¡Ja! Mira, muchacho, si no fuera por tu cara de simpático y porque me caíste bien, ya te habría puesto en el suelo de un solo golpe. Que si sé de gallos... ¡Claro que sé de gallos! Si de algo sé, es de gallos. Si a los gallos los conozco desde que eran huevos. ¡Claro que sé de gallos!
―Ah, qué bien. Y entonces, en la siguiente pelea, ¿a qué gallo debo apostarle?
―Pues mira... el bueno es el pinto.
―El pinto...
―El pinto es el bueno.
―Ah, bien. Muchas gracias, señor.
―Ándale.
Teodomiro Agúndez apuesta entonces el resto de su quincena al gallo pinto. Salen a la arena los dos gallos, y apenas los sueltan el colorado se le va encima al pinto que ni mete las manos, lo agarra a picotazos, a alazos, lo araña todo... y a los treinta segundos el gallo pinto yace degollado en el terreno de combate, y su sangre se esparce sobre la arena. Enojadísimo, Agúndez le reclama a su consejero:
―¡Oiga, caballero! ¿Pues no me dijo usted que el pinto era el bueno?
―Pues sí... el pinto era el bueno... Lo que pasa es que el colorado es un desgraciado...

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