Teodomiro Agúndez quería ir a Londres, pero no sabía inglés. Entonces se puso a pensar cuál sería el método más eficaz para aprender dicho idioma.
―Harmon Hall... no, es muy caro. Inglés sin barreras... no, voy a terminar hablando como pocho. ¡Ah, ya sé! Voy a sintonizar por radio la BBC de Londres.
Orgulloso de su brillante idea, Agúndez va a la tienda de electrónicos y se compra su radio de onda corta. Sintoniza entonces la BBC de Londres, y se pasa todo el día oyendo la radio, tomando apuntes, repitiendo lo que escucha, durante una semana, dos semanas, tres semanas, un mes, dos meses, tres meses... hasta que al cabo de medio año siente que ya domina perfectamente el idioma. Entonces va a la agencia de viajes y compra su boleto a Londres.
El avión aterriza entre la neblina, y Agúndez, con una maleta en cada, mano, desciende feliz. Pero antes de visitar el Big Ben o el Támesis, antes de conocer la Torre de Londres o el Palacio de Buckingham, quiere demostrarles a los británicos que sabe hablar inglés. Entonces camina unas cuadras hasta que da con una tabaquería abierta, entra y le dice a la encargada:
―iiiiiiiiiiiiuuuuuuuuuuuuuuuuuuuiiiiiiiiiiooooooooooooooooooooooooouuuuuuuuuuueeeeeeergshshshshshshshshshshhhhhhshshgrrrrrrrrrrrrrrrrrrriiiiiiiiiuiiiiiiiiiiiiouuuuuuuuuuuuuuuuuu…
(Es decir, reproduce vocalmente la interferencia. Es un chiste difícil de contar por escrito.)
enero 30, 2009
Educación superior
El kenyano llega a Estados Unidos para hacer su examen de ingreso a la universidad. La entrevista complació grandemente a los sinodales, del mismo modo que el examen de conocimientos generales realizado por el inmigrante. Para concluir la entrevista, la supervisora de intercambio le pregunta:
―Bueno, ¿y en qué rama le gustaría estudiar a usted?
A lo que el kenyano responde:
―¡No, señorita! ¡Yo ya no quiero nada de estudiar en ramas! ¡Yo quiero un pupitre, como los blancos!
―Bueno, ¿y en qué rama le gustaría estudiar a usted?
A lo que el kenyano responde:
―¡No, señorita! ¡Yo ya no quiero nada de estudiar en ramas! ¡Yo quiero un pupitre, como los blancos!
Esperanza
Primer acto: Sale la mamá de Barack Obama con tres meses de embarazo.
Segundo acto: Sale la mamá de Barack Obama con seis meses de embarazo.
Tercer acto: Sale la mamá de Barack Obama con nueve meses de embarazo.
¿Cómo se llamó la obra?
Un negro porvenir.
Segundo acto: Sale la mamá de Barack Obama con seis meses de embarazo.
Tercer acto: Sale la mamá de Barack Obama con nueve meses de embarazo.
¿Cómo se llamó la obra?
Un negro porvenir.
Reconocimiento
Dice George Bush en su última conferencia de prensa como presidente de Estados Unidos:
―¿Qué tiene de histórico lo de Obama? Si mi gobierno fue totalmente negro...
―¿Qué tiene de histórico lo de Obama? Si mi gobierno fue totalmente negro...
La dolce far niente
El paceño está en la sala de su casa, mientras su mujer lava los trastes de la comida. De pronto, el hombre pega un grito estruendoso:
―¡Vieja! ¡Pásame el antídoto contra veneno de alacrán!
Alarmada, la mujer da de alaridos mientras corre apresurada a la sala.
―¡¿Qué pasó viejo?! ¿Te picó un alacrán?
―No... pero ahí viene uno... míralo.
―¡Vieja! ¡Pásame el antídoto contra veneno de alacrán!
Alarmada, la mujer da de alaridos mientras corre apresurada a la sala.
―¡¿Qué pasó viejo?! ¿Te picó un alacrán?
―No... pero ahí viene uno... míralo.
Ahorro
Discuten un jarocho y un regiomontano. Dice el jarocho:
―Pues nosotros acá en Veracruz ahorramos todo el año, todo el año... y nos lo gastamos todo en el carnaval.
A lo que el regiomontano responde.
―Ah, pues fíjese que allá en Monterrey nosotros hacemos lo mismo. Nada más que allá no hay carnaval.
―Pues nosotros acá en Veracruz ahorramos todo el año, todo el año... y nos lo gastamos todo en el carnaval.
A lo que el regiomontano responde.
―Ah, pues fíjese que allá en Monterrey nosotros hacemos lo mismo. Nada más que allá no hay carnaval.
Diplomacia
¿Por qué Margaret Tatcher no usaba zapatos de charol cuando se ponía falda?
Porque se le reflejaban los huevos.
Porque se le reflejaban los huevos.
Palenque
Era su primera quincena, y Teodomiro Agúndez se ha puesto eufórico, de modo que va al banco, retira todo, y se va a una cantina; bebe cuanto puede y se pone más eufórico. Sale de la cantina tambaleándose y decide ir al palenque, a donde nunca antes había ido. Presencia así una pelea de gallos y ve que la gente apuesta, y le entran ganas de apostar en la siguiente pelea, entre el pinto y el colorado. En busca de consejero, voltea hacia todos lados hasta que su mirada cae sobre un tipo vestido como entre Tin-Tan y Pedro Navaja, con el sombrero inclinado, bigote recortado, unas cadenas colgándole del chaleco, la colilla de un cigarro en la comisura de los labios y pasándose dinero de una bolsa a otra. Se le acerca y le pregunta:
―Disculpe, caballero, ¿sabe usted de gallos?
El hombre del sombrero apenas levanta la vista, se sonríe, y dice:
―¡Que si sé de gallos! ¡Que si sé de gallos! ¡Ja! Mira, muchacho, si no fuera por tu cara de simpático y porque me caíste bien, ya te habría puesto en el suelo de un solo golpe. Que si sé de gallos... ¡Claro que sé de gallos! Si de algo sé, es de gallos. Si a los gallos los conozco desde que eran huevos. ¡Claro que sé de gallos!
―Ah, qué bien. Y entonces, en la siguiente pelea, ¿a qué gallo debo apostarle?
―Pues mira... el bueno es el pinto.
―El pinto...
―El pinto es el bueno.
―Ah, bien. Muchas gracias, señor.
―Ándale.
Teodomiro Agúndez apuesta entonces el resto de su quincena al gallo pinto. Salen a la arena los dos gallos, y apenas los sueltan el colorado se le va encima al pinto que ni mete las manos, lo agarra a picotazos, a alazos, lo araña todo... y a los treinta segundos el gallo pinto yace degollado en el terreno de combate, y su sangre se esparce sobre la arena. Enojadísimo, Agúndez le reclama a su consejero:
―¡Oiga, caballero! ¿Pues no me dijo usted que el pinto era el bueno?
―Pues sí... el pinto era el bueno... Lo que pasa es que el colorado es un desgraciado...
―Disculpe, caballero, ¿sabe usted de gallos?
El hombre del sombrero apenas levanta la vista, se sonríe, y dice:
―¡Que si sé de gallos! ¡Que si sé de gallos! ¡Ja! Mira, muchacho, si no fuera por tu cara de simpático y porque me caíste bien, ya te habría puesto en el suelo de un solo golpe. Que si sé de gallos... ¡Claro que sé de gallos! Si de algo sé, es de gallos. Si a los gallos los conozco desde que eran huevos. ¡Claro que sé de gallos!
―Ah, qué bien. Y entonces, en la siguiente pelea, ¿a qué gallo debo apostarle?
―Pues mira... el bueno es el pinto.
―El pinto...
―El pinto es el bueno.
―Ah, bien. Muchas gracias, señor.
―Ándale.
Teodomiro Agúndez apuesta entonces el resto de su quincena al gallo pinto. Salen a la arena los dos gallos, y apenas los sueltan el colorado se le va encima al pinto que ni mete las manos, lo agarra a picotazos, a alazos, lo araña todo... y a los treinta segundos el gallo pinto yace degollado en el terreno de combate, y su sangre se esparce sobre la arena. Enojadísimo, Agúndez le reclama a su consejero:
―¡Oiga, caballero! ¿Pues no me dijo usted que el pinto era el bueno?
―Pues sí... el pinto era el bueno... Lo que pasa es que el colorado es un desgraciado...
¡Olé!
No era tiempo de elecciones y Consulta Mitofsky no tenía nada que hacer, de modo que se les ocurre hacer una encuesta acerca de quiénes creía la gente que eran los tres personajes más importantes de la historia universal. Un encuestador de pronto se encuentra con un gallego, y lo aborda de la siguiente manera:
―Disculpe, caballero, vengo representando a la empresa Consulta Mitofsky, y me gustaría saber si nos permite hacerle una sencilla pregunta.
―¡Claro, hombre! Si yo no tengo nada que ocultar. Usted pregunte.
―Muy bien. Nos gustaría saber, en su opinión, ¿cuáles son los tres personajes más importantes en la historia de la humanidad?
―Lo tre personaje má importante en la historia de la humanidá, me pregunta usté. Ya verá. Ponga atenció a lo que le vo a decir. Lo tre personaje má importante en la historia de la humanidá, son... Y ponga bien atenció, jovenzuelo. Son: Cagancho, el Manolete y Ervitti.
―¿Cómo dice usted?
―Sí, hombre. Que lo tre personaje má importante en la historia de la humanidá, son: Cagancho, el Manolete y Ervitti.
Desconcertado, el encuestador pregunta:
―Pero, caballero, ¿Y dónde deja usted a personajes como Napoleón, como Marx, como Einstein, como Pasteur?
Pensativo, el gallego cavila:
―¿Napoleó, dice usté? ¿Marr... Aistan... Paster...? No, hombre, fíjese que no los tengo presentes. Han de haber sido picadores.
*Otra versión del chiste, según la cual el encuestado es un economista, hace que éste afirme que los tres personajes más importantes de la historia de la humanidad sean Keynes, Blanchard y Stiglitz, en tanto que hace pasar a Napoleón, Marx, Einstein y Pasteur por contadores.
―Disculpe, caballero, vengo representando a la empresa Consulta Mitofsky, y me gustaría saber si nos permite hacerle una sencilla pregunta.
―¡Claro, hombre! Si yo no tengo nada que ocultar. Usted pregunte.
―Muy bien. Nos gustaría saber, en su opinión, ¿cuáles son los tres personajes más importantes en la historia de la humanidad?
―Lo tre personaje má importante en la historia de la humanidá, me pregunta usté. Ya verá. Ponga atenció a lo que le vo a decir. Lo tre personaje má importante en la historia de la humanidá, son... Y ponga bien atenció, jovenzuelo. Son: Cagancho, el Manolete y Ervitti.
―¿Cómo dice usted?
―Sí, hombre. Que lo tre personaje má importante en la historia de la humanidá, son: Cagancho, el Manolete y Ervitti.
Desconcertado, el encuestador pregunta:
―Pero, caballero, ¿Y dónde deja usted a personajes como Napoleón, como Marx, como Einstein, como Pasteur?
Pensativo, el gallego cavila:
―¿Napoleó, dice usté? ¿Marr... Aistan... Paster...? No, hombre, fíjese que no los tengo presentes. Han de haber sido picadores.
*Otra versión del chiste, según la cual el encuestado es un economista, hace que éste afirme que los tres personajes más importantes de la historia de la humanidad sean Keynes, Blanchard y Stiglitz, en tanto que hace pasar a Napoleón, Marx, Einstein y Pasteur por contadores.
Hallazgo
Teodomiro Agúndez había bebido de más y deambulaba por las calles de la ciudad de México, tambaleándose, cuando de pronto se encuentra con un cadáver. En un arranque de prudencia, decide reportar el hallazgo a la policía, y hace uso de un teléfono público.
―Bueno... hic... ¿polecía...?
―Sí, la policía. Diga usted.
―Quiero reportar, hic, que me encontré a un hombre muerto.
―¿Cuál es su ubicación, caballero?
―Ah, pues estoy en la calle... Regggviggviggvigdillilledo...
―¿Cómo dice?
―Que estoy en la calle Virgirvirgirgirdilledo...
―Caballero, está usted ebrio, le ruego que no nos importune, tenemos trabajo que hacer.
Y la policía le cuelga al bienintencionado Agúndez, quien pronto vuelve a marcar.
―¡Polecía...!
―Diga usted...
―Hablo para reportar un muerto en la calle Regirvirgirllellilledo.
―¿Cómo dice?
―Que hay un muerto en la calle Girvirgirgirllilledo...
―Ah, es usted otra vez. Le ruego nos deje trabajar.
No pasan cinco minutos cuanto Agúndez llama de nuevo.
―¡Polecía! ¡Que hay un muerto en la calle... ay Dios... Revirgirgerdirgirlledo!
―Señor, está usted pasado de copas; le ruego que no nos distraiga, pues tenemos asuntos serios de los que ocuparnos.
Pasa media hora sin que suene el teléfono de la policía, cuando Agúndez vuelve a marcar.
―¡Polecía! Quiero reportar que hay un muerto, hic, en la calle, hic, Pino Suárez.
―Ah, muy bien caballero. ¿Ya ve cómo si nos habla en sobriedad sí le entendemos?
―Pues sí, hic... pero tuve que arrastrar al muertito por diez cuadras... hic...
*Nota: La calle en la que originalmente se encontraba el cadáver no era otra que Revillagigedo.
―Bueno... hic... ¿polecía...?
―Sí, la policía. Diga usted.
―Quiero reportar, hic, que me encontré a un hombre muerto.
―¿Cuál es su ubicación, caballero?
―Ah, pues estoy en la calle... Regggviggviggvigdillilledo...
―¿Cómo dice?
―Que estoy en la calle Virgirvirgirgirdilledo...
―Caballero, está usted ebrio, le ruego que no nos importune, tenemos trabajo que hacer.
Y la policía le cuelga al bienintencionado Agúndez, quien pronto vuelve a marcar.
―¡Polecía...!
―Diga usted...
―Hablo para reportar un muerto en la calle Regirvirgirllellilledo.
―¿Cómo dice?
―Que hay un muerto en la calle Girvirgirgirllilledo...
―Ah, es usted otra vez. Le ruego nos deje trabajar.
No pasan cinco minutos cuanto Agúndez llama de nuevo.
―¡Polecía! ¡Que hay un muerto en la calle... ay Dios... Revirgirgerdirgirlledo!
―Señor, está usted pasado de copas; le ruego que no nos distraiga, pues tenemos asuntos serios de los que ocuparnos.
Pasa media hora sin que suene el teléfono de la policía, cuando Agúndez vuelve a marcar.
―¡Polecía! Quiero reportar que hay un muerto, hic, en la calle, hic, Pino Suárez.
―Ah, muy bien caballero. ¿Ya ve cómo si nos habla en sobriedad sí le entendemos?
―Pues sí, hic... pero tuve que arrastrar al muertito por diez cuadras... hic...
*Nota: La calle en la que originalmente se encontraba el cadáver no era otra que Revillagigedo.
Robin Hood
Bosque se Sherwood, Inglaterra, siglo XIV.
Un pobre hombre va de regreso a casa, con la carreta vacía. Regresa de la feria, en donde vendió toda su mercancía. Con las ganancias dará de comer a sus hijos. De pronto, escucha un alboroto en los arbustos, al que no da importancia, y continúa su camino. Pocos metros más adelante, algo se mueve de nuevo entre los arbustos, y le brinca un tipo vestido de verde, con una pluma en el sombrero, el bigote incipiente, que saca el florete y coloca la punta de éste en el cuello del pobre aldeano, a quien increpa de aquesta manera.
―¡Deteneos, bellaco! ¡Yo soy Robin Hood, el azote de los ricos, la bendición de los pobres, los desamparados me besan la mano! ¡Así que dadme todo el dinero que tenéis, si no queréis que vuestros días terminen en la espesura de aqueste bosque!
―¡Pero Robin Hood! ―implora el aldeano― Si yo soy pobre, muy pobre. El dinero de lo que vendí en la feria es para darle de comer a mis hijos, para comprarle un vestido a mi esposa, para arreglar mi casa que se cae a pedazos...
―¡Nada, nada, granuja! ¡Que me deis el dinero que lleváis!
El pobre aldeano, temeroso de perder la vida, le da a Robin Hood su bolsa de dinero.
―Sabia decisión ―dice el héroe―-. Habéis salvado la vida, malandrín.
Y en diciendo esto, Robin Hood toma su liana, dispuesto a partir, cuando escucha el llanto del aldeano:
―¡Oh Dios, ¿qué haré ahora?! Soy pobre, estoy en la miseria... no tengo un solo doblón para dar de comer a mis niños... mi esposa anda en harapos, y mi casa no se sostendrá de pie en la temporada de lluvias. ¿Qué haré? ¡Qué pobre soy!
―Pero, ¿cómo? ―reacciona Robin Hood― ¿Acaso sois pobre?
―Sí, Robin Hood. Soy muy pobre.
―Ah, pues haberlo dicho antes. Tened aquí vuestra bolsa de dinero. Y es más, tened otra bolsa de dinero.
Eufórico, el aldeano exclama:
―¡De veras, Robin Hood!
―Por supuesto. Si yo soy Robin Hood, el azote de los ricos, la bendición de los pobres, los desamparados me besan la mano.
―Oh, muchas gracias. ¡Muchas gracias! ¡Soy rico! ¡Soy rico!
―¡Ah, con que sois rico! ¡Pues yo soy Robin Hood, el azote de los ricos, la bendición de los pobres...!
(El chiste continúa indefinidamente.)
Un pobre hombre va de regreso a casa, con la carreta vacía. Regresa de la feria, en donde vendió toda su mercancía. Con las ganancias dará de comer a sus hijos. De pronto, escucha un alboroto en los arbustos, al que no da importancia, y continúa su camino. Pocos metros más adelante, algo se mueve de nuevo entre los arbustos, y le brinca un tipo vestido de verde, con una pluma en el sombrero, el bigote incipiente, que saca el florete y coloca la punta de éste en el cuello del pobre aldeano, a quien increpa de aquesta manera.
―¡Deteneos, bellaco! ¡Yo soy Robin Hood, el azote de los ricos, la bendición de los pobres, los desamparados me besan la mano! ¡Así que dadme todo el dinero que tenéis, si no queréis que vuestros días terminen en la espesura de aqueste bosque!
―¡Pero Robin Hood! ―implora el aldeano― Si yo soy pobre, muy pobre. El dinero de lo que vendí en la feria es para darle de comer a mis hijos, para comprarle un vestido a mi esposa, para arreglar mi casa que se cae a pedazos...
―¡Nada, nada, granuja! ¡Que me deis el dinero que lleváis!
El pobre aldeano, temeroso de perder la vida, le da a Robin Hood su bolsa de dinero.
―Sabia decisión ―dice el héroe―-. Habéis salvado la vida, malandrín.
Y en diciendo esto, Robin Hood toma su liana, dispuesto a partir, cuando escucha el llanto del aldeano:
―¡Oh Dios, ¿qué haré ahora?! Soy pobre, estoy en la miseria... no tengo un solo doblón para dar de comer a mis niños... mi esposa anda en harapos, y mi casa no se sostendrá de pie en la temporada de lluvias. ¿Qué haré? ¡Qué pobre soy!
―Pero, ¿cómo? ―reacciona Robin Hood― ¿Acaso sois pobre?
―Sí, Robin Hood. Soy muy pobre.
―Ah, pues haberlo dicho antes. Tened aquí vuestra bolsa de dinero. Y es más, tened otra bolsa de dinero.
Eufórico, el aldeano exclama:
―¡De veras, Robin Hood!
―Por supuesto. Si yo soy Robin Hood, el azote de los ricos, la bendición de los pobres, los desamparados me besan la mano.
―Oh, muchas gracias. ¡Muchas gracias! ¡Soy rico! ¡Soy rico!
―¡Ah, con que sois rico! ¡Pues yo soy Robin Hood, el azote de los ricos, la bendición de los pobres...!
(El chiste continúa indefinidamente.)
Drama
Primer acto: El buen Teodomiro Agúndez ve el bóiler desde un lado.
Segundo acto: Teodomiro Agúndez ve el mismo bóiler, pero desde otro lado.
Tercer acto: Teodomiro Agúndez ve el mismo bóiler, pero ahora desde abajo.
¿Cómo se llamó la obra?
¿Y dónde está el piloto?
Segundo acto: Teodomiro Agúndez ve el mismo bóiler, pero desde otro lado.
Tercer acto: Teodomiro Agúndez ve el mismo bóiler, pero ahora desde abajo.
¿Cómo se llamó la obra?
¿Y dónde está el piloto?
Fronteras
Concluida la segunda guerra mundial, la Unión Soviética delimita sus nuevas fronteras. Un comando del Ejército Rojo se encarga de estable los límites con Polonia. De pronto, un oficial increpa al teniente Korolenko:
―¡Teniente Korolenko!
―Dígame, oficial.
―Pues mire, ya trazamos en el mapa la línea divisoria. El problema es que la frontera pasa exactamente por aquella casa, en donde vive una viejita. ¿Qué hacemos, teniente? ¿Partimos la casa para trazar la frontera?
―¡No sea salvaje, oficial! ―le replica indignado el teniente Korolenko― ¡Nosotros no somos ningunos inhumanos! Vaya a la casa de aquella viejita y pregúntele dónde quiere vivir, si en Polonia, o en la gran Rusia, y depende de lo que le diga, mueva la frontera tantito para un lado, o tantito para otro.
Obediente, va el oficial con la viejita y le explica la situación:
―Mire señora, ocurre que estamos trazando la nueva frontera entre Rusia y Polonia; entre la Unión Soviética y Polonia. Pero la frontera pasa exactamente por su casa. Sin embargo, el teniente Korolenko, con la magnanimidad típica del carácter ruso, me ha mandado a preguntarle a usted dónde quiere vivir, si en Rusia o si en Polonia. Y en función de ello, trazaremos la frontera a uno u otro lado de su casa.
―Ay, joven ―dice la viejita―, ¿de verdad puedo elegir?
―Por supuesto, babushka. Ésa ha sido la instrucción. Que usted decida.
―Ay, joven, pues... no se vaya a ofender, pero... me gustaría vivir en Polonia.
―¿Perdón...? ¿En Polonia ha dicho usted?
―Sí, joven... en Polonia.
Desconcertado, el oficial vuelve con el teniente Korolenko y le da cuenta de lo sucedido.
―¿En Polonia dijo?
―Así es, teniente.
―Bueno, pues entonces muevan la frontera tantito para acá.
Desconcertado, el teniente Korolenko llama al oficial.
―Oficial, una cosa más. Vaya a la casa de la viejita e infórmele que ha quedado del lado polaco. Y pregúntele, ya que se va a entrevistar con ella, por qué prefirió estar del lado de Polonia.
―Como usted diga, teniente.
Va el oficial a la casa de la viejita, y le dice:
―Señora, sus deseos han sido cumplidos. Por instrucciones del teniente Korolenko hemos trazado la frontera de modo tal que su casa quedó del lado de Polonia.
―Ay, joven, pues muchas gracias.
―Sólo... si me permite una pregunta... ¿por qué eligió usted permanecer del lado de Polonia, y no en nuestra portentosa Rusia?
―Ay, joven... pues lo que sucede es que me han dicho que los inviernos en Rusia son muy crudos.
―¡Teniente Korolenko!
―Dígame, oficial.
―Pues mire, ya trazamos en el mapa la línea divisoria. El problema es que la frontera pasa exactamente por aquella casa, en donde vive una viejita. ¿Qué hacemos, teniente? ¿Partimos la casa para trazar la frontera?
―¡No sea salvaje, oficial! ―le replica indignado el teniente Korolenko― ¡Nosotros no somos ningunos inhumanos! Vaya a la casa de aquella viejita y pregúntele dónde quiere vivir, si en Polonia, o en la gran Rusia, y depende de lo que le diga, mueva la frontera tantito para un lado, o tantito para otro.
Obediente, va el oficial con la viejita y le explica la situación:
―Mire señora, ocurre que estamos trazando la nueva frontera entre Rusia y Polonia; entre la Unión Soviética y Polonia. Pero la frontera pasa exactamente por su casa. Sin embargo, el teniente Korolenko, con la magnanimidad típica del carácter ruso, me ha mandado a preguntarle a usted dónde quiere vivir, si en Rusia o si en Polonia. Y en función de ello, trazaremos la frontera a uno u otro lado de su casa.
―Ay, joven ―dice la viejita―, ¿de verdad puedo elegir?
―Por supuesto, babushka. Ésa ha sido la instrucción. Que usted decida.
―Ay, joven, pues... no se vaya a ofender, pero... me gustaría vivir en Polonia.
―¿Perdón...? ¿En Polonia ha dicho usted?
―Sí, joven... en Polonia.
Desconcertado, el oficial vuelve con el teniente Korolenko y le da cuenta de lo sucedido.
―¿En Polonia dijo?
―Así es, teniente.
―Bueno, pues entonces muevan la frontera tantito para acá.
Desconcertado, el teniente Korolenko llama al oficial.
―Oficial, una cosa más. Vaya a la casa de la viejita e infórmele que ha quedado del lado polaco. Y pregúntele, ya que se va a entrevistar con ella, por qué prefirió estar del lado de Polonia.
―Como usted diga, teniente.
Va el oficial a la casa de la viejita, y le dice:
―Señora, sus deseos han sido cumplidos. Por instrucciones del teniente Korolenko hemos trazado la frontera de modo tal que su casa quedó del lado de Polonia.
―Ay, joven, pues muchas gracias.
―Sólo... si me permite una pregunta... ¿por qué eligió usted permanecer del lado de Polonia, y no en nuestra portentosa Rusia?
―Ay, joven... pues lo que sucede es que me han dicho que los inviernos en Rusia son muy crudos.
In Memoriam Juan Camilo Mouriño
En un avión viajan Felipe Calderón, Fernando Gómez Mont, Elba Esther Gordillo, Josefina Vázquez Mota, César Nava, Andrés Manuel López Obrador, Jesús Ortega, Mario Marín, Beatriz Paredes, Agustín Carstens, Manuel Bartlett, toda la Cámara de Diputados y toda la Cámara de Senadores. De pronto, choca ese avión. ¿Quién se salva?
¡El país!
¡El país!
Ciclismo
La prueba de ciclismo a contrarreloj en los Juegos Olímpicos de Barcelona ’92, por razones ajenas a la organización, tuvo que realizarse de noche. El entrenador del contingente gallego da las últimas instrucciones s sus pupilos:
―Miren, hombre... que cuando vean una luz frente a ustedes, seguramente es un vehículo, un coche... así que en cuanto la tengan frente a ustedes, háganse a un lado. ¿Entendido?
―¡Entendido, coach! ―exclaman los ciclistas. Y arranca la competencia.
Al día siguiente en la mañana va todo el contingente gallego a ver al Pacorro, que estaba en el hospital. Había chocado. Furioso, el entrenador le recrimina.
―¡Hombre! ¿Pero qué, no os dije que si veíais una luz en el camino, os hicierais a un lado?
―Sí, coach, eso me quedó muy claro... Lo que pasa es que vi dos, y me fui por en medio.
―Miren, hombre... que cuando vean una luz frente a ustedes, seguramente es un vehículo, un coche... así que en cuanto la tengan frente a ustedes, háganse a un lado. ¿Entendido?
―¡Entendido, coach! ―exclaman los ciclistas. Y arranca la competencia.
Al día siguiente en la mañana va todo el contingente gallego a ver al Pacorro, que estaba en el hospital. Había chocado. Furioso, el entrenador le recrimina.
―¡Hombre! ¿Pero qué, no os dije que si veíais una luz en el camino, os hicierais a un lado?
―Sí, coach, eso me quedó muy claro... Lo que pasa es que vi dos, y me fui por en medio.
Cuba
El cronista de la primera carrera de lanchas de motor en veinte años en La Habana, Cuba, narra lo siguiente:
―¡La bandera a cuadros marca el inicio de la carrera! ¡La lancha número cuatro toma rápidamente la delantera, seguida de cerca por la lancha número siete, perseguidas por la número dos...! ¡La número cinco se acerca peligrosamente por la derecha mientras la lancha número ocho... la lancha número ocho...! ¿Qué le pasa a la lancha número ocho? ¡Epa! ¡Que se va pa’ Miami...!
―¡La bandera a cuadros marca el inicio de la carrera! ¡La lancha número cuatro toma rápidamente la delantera, seguida de cerca por la lancha número siete, perseguidas por la número dos...! ¡La número cinco se acerca peligrosamente por la derecha mientras la lancha número ocho... la lancha número ocho...! ¿Qué le pasa a la lancha número ocho? ¡Epa! ¡Que se va pa’ Miami...!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)